AVANCE JURIDICO O RETROCESO SOCIAL?

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Recientemente el Presidente de la Republica sancionó la Ley 1696 de 2.013, por medio de la cual se dictaron disposiciones penales y administrativas para sancionar la conducción bajo el influjo del alcohol u otras sustancias psicoactivas, o si se traduce popularmente, para sancionar a los conductores ebrios.

Como es un hecho notorio, dicha iniciativa surgió en el Congreso, no como un mecanismo preventivo dentro del ordenamiento jurídico colombiano, sino antes bien, como reacción a la multiplicidad de accidentes, homicidios y lesiones de conductores y transeúntes, que a diario tenían que enfrentarse ante el surgimiento de un verdadero fenómeno social.

Así las cosas, resulta inaudito que casi todos los días estábamos ante la mirada perpleja de las constantes imágenes de muertos, heridos y mutilados en diferentes ciudades del país; y a pesar de ello muchas personas todavía consideraban de manera irresponsable, conducir un vehículo después de haber consumido alcohol y creer inocentemente que en tales condiciones no les sucedería nada, contrario sensu, al parecer tendrían súper poderes que les permitirían ir por las calles sin ningún riesgo personal o atentado contra sus congéneres, que su único pecado era estar en la hora y la vía menos indicada.

Pero más sorprendente es, que tal proceder en ocasiones, sea reiterativo, basta con leer la mencionada Ley, para darnos cuenta que la conducta que se pretende sancionar con ella, va más allá de lo imaginado, cuando el legislador prevé según el grado de alcoholemia y de reincidencia, sanciones que van desde la suspensión de la licencia de conducción hasta su cancelación, acciones comunitarias preventivas, inmovilización del vehículo y aumento en el valor de las multas y penas de prisión; esto quiere, decir, que en potencia, los infractores no solo están en capacidad de cometer la falta una sola vez, sino varias veces, por lo que resultó necesario legislarlo de esa manera.

Lo anterior, se convierte en preocupante, porque llegamos a concluir que aún no somos conscientes del valor de la vida propia y ajena, de la integridad y salud de nuestro propio cuerpo, o será que acaso no dimensionamos lo costoso en dinero que puede resultar esa “ imprudencia”, que hasta podría llegar a derrumbar en unos minutos el patrimonio que ha durado años en construirse, o es tal vez, que unas horas de placer son lo suficientemente buenas para exponerse a perder años en una cárcel, sin tomar en cuenta los problemas familiares que sobrevienen.

La verdad no logro, como la mayoría de colombianos, comprender qué impide entregar las llaves, tomar un taxi, llamar a un amigo o familiar para que los recojan después de haber consumido alcohol, y aunque mi propósito no es juzgar a nadie, si es reflexionar, o llamar la atención, ante lo que denomino un retroceso social, porque si analizamos, la mayoría de los conductores sorprendidos o por lo menos, los que vemos en las noticias, es gente de bien, profesionales exitosos, estudiantes universitarios, empresarios, funcionarios públicos, entre otros.

Por qué tenemos que aprender a las malas, no es mejor, que desde los hogares, centros de formación de la niñez hasta la edad adulta, nos enfoquemos en la esencia de la vida, a no enfatizar tanto en el ser reflejado en cuánto tenemos o cuánto lleguemos a alcanzar, sino en los valores y las virtudes que allanarán el camino a una juventud y sociedad más respetuosa de los derechos de los demás, tolerante y consciente de las libertades y responsabilidades de vivir en comunidad.

De esta forma, no estaremos avocados a aumentar las sanciones, multas y años de prisión en una o dos décadas más, porque cabe resaltar que nuestra legislación ya las contemplaba muchas años atrás, pero la conducta no era tan frecuente como ahora, solo que debieron ser endurecidas para frenar esa ola de víctimas a las que era habitual ver todos los días.

Esto sin contar, con el desgaste administrativo que genera al interior de las autoridades policivas, de tránsito y demás entidades competentes de investigar y judicializar actos que son eminentemente culturales, que con un cambio de pensamiento y hábitos, podría evitarse tanta catástrofe, desmembramiento de hogares y múltiples consecuencias lamentables. Mi aporte constructivo es volver la mirada a lo básico, pero en realidad a lo más valioso, el respeto a la vida y a la integridad de nosotros mismos y los demás, si cuidamos y valoramos nuestra vida, familia y patrimonio, muy seguramente, ese estilo de conducta, repercutirá positivamente en toda la sociedad, porque lo que aparentemente parece un logro del ordenamiento jurídico colombiano, es a su vez, la evidencia de una alteración de los valores primordiales de una sociedad, es más loable avanzar como sociedad aunque el sistema normativo quede rezagado, eso equivaldría a crecer como seres humanos y no proveernos de normas duras para madurar a la fuerza.

Escritor: MARTHA INES OSPINO BARROS

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