Des – Encuentros

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 Caminar por los jardines del recuerdo y encaminar mis pasos hacia mis primeros años escolares;  detenerme en las sensaciones  que me produce  la escuela,  mi escuela. El odioso uniforme que debía usar a diario, el tener que pedir permiso para ir al baño, el  comer únicamente en los  momentos indicados, el levantar la mano para poder hablar, el solo poder decir cosas inteligentes para evitar una mala mirada o un cometario destructor,  el desorden, la gritería, la voz del profesor que siempre nos mandaba a callar…Quizás no son los mejores recuerdos, pero estos me detienen a pensar:

deformación de seres humanos?  ¿En ese estamento en el que nos delimitan en lugar de abrirnos hacia la vida? eskolé) era para los griegos un sitio de recreo, de diversión en donde se practicaba el noble oficio del pensamiento, el sitio de regocijo en donde se podía soñar, aprender  y aprehender el mundo.

Pero se convirtió en una institución donde se maneja el poder y donde prima la ley del más fuerte: es el maestro la luz del conocimiento, quien tiene la verdad absoluta, quien discrimina de acuerdo a su ideal de inteligencia y a veces de acuerdo a su necedad.

Se le enseña al alumno (sin luz) que debe obedecer, compartir  y competir (¿será eso posible?), porque lo más importante no es el conocimiento sino la calificación;  se le enseña a saturar su cabeza de fechas, números e ideas  que por lo general no tienen ningún referente real para el estudiante, y también se pretende enseñar valores y modos de convivencia.

Pero a diferencia de todo o casi todo, esto se rompe desde su lado más fuerte: desde el docente,  que no tiene la capacidad de reconocer que en cada estudiante vive un mundo lleno de conocimiento, lleno de saberes; que muchas veces no necesita conceptos sino principalmente afecto, que necesita ser reconocido desde si mismo y hacia los demás.

Tradicionalmente la escuela fue concebida para la transformación de sociedades[1].  Y viendo la grave crisis social esta afirmación parece cada vez más cierta, pues el modelo de escuela tradicional  está determinada por el estrato social al que se pertenezca, influyendo de forma sustancial en los procesos de distanciamiento entre las clases sociales;  las escuelas igualitarias no existen,  se discrimina a los estudiantes de acuerdo a sus condiciones socioeconómicas  incluso se encuentran casos de racismo.

No se pensó en la escuela como una comunidad,  por eso es tan excluyente, no se pensó como un organismo  vivo sino más bien como un elemento tácito…

Pero vuelvo y me pregunto:

¿Algo bueno ha de tener?

Divago nuevamente por mis recuerdos y encuentro a mis compañeros, mis primeros amigos…

Son ellos quienes permiten que esboce una sonrisa, porque ellos; esos otros distintos a mi, a mi familia fueron los que dieron significado a la escuela, fueron los que permitieron mis primeros intentos de identificación y reconocimiento; fueron ellos con quienes me equiparé  y me permitieron aprender sobre ellos y  sobre mí.

Llegaron siendo desconocidos, totalmente extraños, casi enemigos que intentaban vulnerar el  espacio que quería para mi solo, que muchas veces lograban la atención que quería fuera solo para mí, que tenían cosas y juguetes diferentes a los míos, que decían palabras nuevas  para mi creciente léxico…

No los encontré, nos hallamos al tiempo cuando decidimos buscarnos y confrontar nuestras similitudes y diferencias permitiendo con esto crear lazos con ellos y conmigo mismo.

Ahora,  de renuevo,  que pienso en la escuela  le encuentro un nuevo sentido, ya no como estructura rígida en donde se intenta impartir conocimiento; sino como un ambiente de encuentro y desencuentro  con nos-otros,  en donde nuestros mundos fueron posibles a partir del difícil reconocimiento de lo disímiles que somos.

Si en los esquemas educativos la escuela se preocupara más por los individuos se convertiría en un espacio de resignificación y encuentro con nos-otros, siendo el maestro quien guíe estos procesos desde la perspectiva de el reconocimiento de esos otros que el también habita, en sus distintos roles,  para poder tener una apertura desde y hacia sus estudiantes en donde pueda descubrir significados nuevos, nuevas respuestas para su quehacer cotidiano. Pero en la mayoría de ocasiones el maestro no desciende de su pedestal, se siente erudito porque sabe (¿qué sabe?), distanciándose cada vez más de sus estudiantes, mejor sus alumnos;  sin intentar aprehender de ellos, de su diferencia.

“El infierno es la mirada del otro”; escribió alguna vez Sartre[2] y aunque la afirmación no nos guste,  en nuestras sociedades hemos hecho apología a esto, no abriéndonos hacia la diferencia;  a ese “alter” que nos permite otros puntos de vista. Vivimos sumidos en la individualidad, en la mismidad, en la ignorancia que no nos deja ver más allá de nosotros mismos. Por que el otro es nuestro competidor, aquel que debo pasar por encima para lograr mi meta, es otro obstáculo, una barrera.

La sociedad ha equivocado el rumbo al hablar de tolerancia,  no tolera  aguanta las diferencias, las soporta creyendo que con esto se construye unidad pero no es así, cada vez los hombres se alejan más de su prójimo, de su próximo;  generando lazos sociales cada vez más delgados que se rompen a diario, abriendo brechas cada vez más amplias en el respeto, en la convivencia. José Saramago en una entrevista después de ganar el premio Nobel comentó: “Los católicos tienen un gran problema porque dicen que deben amar al prójimo como así mismos. Yo no amo a mi prójimo, a muchos prójimos porque no quiero. Pero los respeto”.  Esa quizás es una de las mayores muestras de tolerancia y alteridad que se nos puede enseñar.  Considero que el tema ya no es tolerar sino compartir –nos con nos-otros, semejantes diferentes para reconocer y ser reconocidos como seres humanos.

El desafío, entonces, es transformar a la escuela en una comunidad; una comunidad en donde se vivencie la alteridad vista como la capacidad de aprehender del otro, sin necesidad de avasallarlo: “Aquí entra la perspectiva de la generosidad. Sólo existe generosidad en la medida en que percibo al otro como otro y la diferencia del otro en relación a mí.”[3]

Y esa generosidad tiene que ver con nosotros, con el reconocimiento de nuestros otros “otros”, con nuestra diferencia interior que nos permite asumir roles, que nos permite vivir en diferencia con nosotros mismos:

y una noche sin mar ni pesadilla los esos Otros que inventamoslos Otros nos inventan       nos recrean nos convencen de que al fin somos Otrosy somos Otros      claro por suerte somos Otros.

Escritor: Luis Fernando Martínez P.


 

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