El señor de las moscas: La pérdida de la inocencia infantil, un cara y sello entre civilización y barbarie

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¿Hasta qué punto se puede vivir sin límites?; ¿tenemos la capacidad de crear nuestras propias reglas? ¿Qué acontece cuando quedamos a merced de nosotros mismos?, son algunas de las interrogantes que suscita el libro “El señor de las moscas”, un relato que más que una creación de ficción, es una radiografía del ser humano.

El avión se hunde. El impacto es letal para la mayoría de los viajeros. Sólo sobreviven los niños. Los adultos perecen entre las aguas y las rocas de una isla en el océano Pacífico. La muerte de los mayores es necesaria para dar lugar al escenario en el que transcurren los acontecimientos; la isla y la niñez desprendidas de la ciudad y la civilización adulta.

Este grupo de sobrevivientes, se compone de chicos cuyas edades fluctúan entre siete y trece años y representarán dos paradigmas de comportamientos diferentes ante la misma adversidad: la entrega a la racionalidad y la confianza en las reglas como garantes de actitudes lógicas y eficaces para la preservación y la busca del rescate; el otro: la crueldad, la regresión a la animalidad, el placer de la caza y un autoritario liderazgo tribal, estas dos posturas configuran dos tipos de comunidad: la de los individuos libres y racionales frente a la horda cohesionada por el juego de la cacería y lo primitivo.

En la isla se revela de la naturaleza humana bajo la presión extrema, lo que la sociedad disfraza tras fachadas hipócritas queda al desnudo, pero como se trata de niños se da una dinámica tal como si se tratase de un juego de dos equipos, uno que lo hace desde la liberación del orden; y el otro desde la racionalidad que quiere recuperar el orden perdido, en este marco se da el juego de la vida sin ley y el de la creación de nuevas normas que restablecen la continuidad del raciocinio.

No obstante, en medio de éste aflorarán una serie de sentimientos, el más fuerte será el miedo, que es la reacción emotiva más primaria del ser humano ante lo desconocido, el cual aparece desde el primer momento, por la inseguridad que experimentan los menores al ser arrojados a un espacio sin coordenadas, la isla es una geografía desconocida un lugar que tiene una serie de misterios por descubrir. En esa indefensión aparece la amenaza monstruosa que se materializa como la bestia, que vive en el mar primero, y en la tierra después, esta criatura extraña que emerge de las pesadillas de los más pequeños, siembra el temor, ya que es percibido como un mal presente y futuro difícil de ser superado y al cual no pueden resistir , ya que puede latir entre vegetaciones espesas, cuevas o arenas.

Una espiral ascendente hacia la amoralidad y el salvajismo

El tránsito del grupo de niños-náufragos hacia la amoralidad y el salvajismo se produce paulatinamente.
La situaciones límites trasforman al hombre, y lo llevan a actuar de forma muchas veces inesperada, aparece el salvaje que duerme bajo una delgada capa de civilización, se pierden los principios y el respeto por el otro.

En una circunstancia extrema surge la fascinación creciente por lo salvaje, encarnada en el grupo predador que manifiesta el sentimiento de fuerza y poder que aporta la cacería exitosa de cerdos salvajes. Este muestra la pérdida gradual de la memoria de lo civilizado y la falta de proyección hacia el futuro, ellos viven el presente, satisfacer su deseo de comer carne, la cual obtienen por medio de la caza, priorizan esto antes que colaborar con un plan para ser rescatados, se desentienden de la conservación del fuego, y el humo como señal de auxilio y no acatan a los constantes llamados del grupo que podríamos llamar “civilizado” al cual pertenecen Ralph y Piggy quienes luchan por preservar el orden y lograr el rescate.

La cacería evidencia el poder que detenta el grupo salvaje. Esto se ilustra cuando la cabeza de un jabalí es cortada y clavada en un palo rindiéndole honores al monstruo inexistente. Esta ofrenda entregada a la bestia no es más que la representación física del miedo a lo desconocido, la esfinge del cerdo es el centro de la ofrenda divina a algún ser superior que se teme y respeta. El “diálogo” de Simón con “El Señor de las moscas” lo refleja:
«Simón tenía la cabeza ligeramente alzada. Sus ojos no podían apartarse: frente a él, en el espacio, pendía el Señor de las Moscas.
-¿Qué haces aquí solo? ¿No te doy miedo?
Simón tembló.
-No hay nadie que te pueda ayudar. Solamente yo, Y yo soy la Fiera.
Los labios de Simón, con esfuerzo, lograron pronunciar palabras perceptibles:
-Cabeza de cerdo en un palo.
-¿Qué ilusión, pensar que la Fiera era algo que se podía cazar, matar? dijo la cabeza. Durante unos momentos, el bosque y todos los demás lugares apenas discernibles resonaron con la parodia de una risa – Tú lo sabías ¿verdad? ¿Qué soy parte de ti? ¡Caliente, caliente, caliente! ¿Qué soy la causa de que todo salga mal? ¿De que las cosas sean como son?
“Tal vez no hay bestia. Tal vez sólo somos nosotros.”- concluye Simón.
La reflexión de este personaje es acertada, hoy en día basta con sólo observar las noticias difundidas por los medios de comunicación y el comportamiento de las personas en diferentes situaciones para pensar al igual que Simón que nosotros somos las bestias, los monstruos, y que si tenemos algo que temer, es a nuestra naturaleza.

Escritor: Marcela Gutiérrez

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