En el principio existía la Palabra.

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No es de extrañar la fascinación en los estudios, buceando en las profundidades desde diversos puntos de vista, ante el acontecimiento crucial en el curso de la historia conocida: la aparición de la palabra en la voz del hombre que nombra y simboliza.
Propongo en este artículo una mirada ética, honesta y democrática, de esa palabra, con la certeza de no agotar el tema. Es apenas una brizna de rocío sobre el gran follaje del lenguaje religioso, antropológico, filosófico, psicológico, lingüístico, semántico, teológico, histórico….

Cuando al inicio de los tiempos el Dios del Génesis, del primer libro del Pentateuco dijo “Hágase” puso en movimiento la Palabra que ya existía en Él y sólo se dirigía a Él (Jn. 1,1). La sacó de sí haciendo presentes los seres y universos hasta ese momento inexistentes, a entidades contrarias y complementarias (luz-tiniebla), al movimiento, a la vida, a la transformación culminando con el varón y la mujer para que dominara y todo se pusiera a su servicio (Gen. 1,1-31). Fue más allá en la entrega de esas facultades a la pareja primigenia: les presentó los seres creados para ver qué nombres les ponía. Ellos, sin haber sido concebidos por el hombre, llevarían “el nombre que él les pusiera” (Gen. 2, 19)

Estas narraciones buscan descender hasta las fuentes y llaman la atención sobre el origen de la palabra en un buceo en medio del caos, de las cosas, de la luz, de las tinieblas, de los seres vivientes y de la misma muerte, cuando cesa la capacidad de expresar. Desencadenan relatos legendarios que aún hoy nos conectan con la vida y con el conocimiento que deseamos hacer transparentes e inteligibles.

Los sonidos articulados o representaciones gráficas, las palabras, expresan ideas y simbolizan realidades; se concretan en la voz y en la grafía de los hombres y se constituyen en virtudes éticas, en fuerzas propulsoras que se desenvuelven “en la práctica y que van encaminadas a la consecución de un fin” (Ferrater Mora : 1057) como las entendía Aristóteles. Resonancias y escrituras enuncian el nacimiento de la conciencia sobre las características físicas, emotivas, espirituales, intuitivas, intelectuales, la conciencia sobre sus simpatías y antipatías y sobre la utilidad de todo lo que lo rodea.

En el mismo ámbito, representan el descubrimiento y la necesidad de la creación, la aceptación de pautas, o la protesta frente a ciertas normas sociales que aún hoy son motivo de interés y de preocupación: las razones por las cuales se debe hablar, escribir, escuchar y leer de ciertas maneras. No interesa aquí el orden moral: si es bueno, si es verdadero no. No interesa en este instante el punto de vista dogmático o de la ciencia religiosa, sólo me refiero a honestidad y corrección lingüística.

Interesa aquí esa capacidad de nominar lo existente, de explicar sus relaciones y sus orígenes y, de dar a conocer lo que se percibe, se experimenta o se juzga como bueno o verdadero, porque dio nacimiento a la cultura y a la historia de la humanidad.

Colocados en el umbral de la vida humana nos percatamos de la nada: no había de dónde sacar el lenguaje. Desde el principio el hombre se vio abocado a crearlo para poder signar cada ser y referirse al mismo lenguaje en el relato mítico.

Al principio solo existía Dios y las criaturas a las que Él dio la existencia, pero no había una tradición, una palabra que imitar. Con gran vigor el hombre se levanta como señor de todo lo creado y cuenta como primer gran público con su Creador. Con Él entabla unas relaciones personales de gran protagonismo y de altísima responsabilidad: dar nombre y señorear el universo.

En este ejercicio de dominio surge la necesidad de crear reglas que rijan su actuar comunicativo: dar siempre el mismo nombre a las mismas cosas y, si se halla en la necesidad de cambiarlo, dar a conocer a los otros el origen de sus mudanzas, enseñar a quienes le sucedían sobre la cultura que fue creando y la forma como iba logrando periodos más complejos en su comunicación.

Así, la humanidad será esta especie viviente unida por un elemento común aún vigente: la capacidad de lenguaje por el que se crearon y reprimieron comportamientos, herejías, o se levantaron castillos, regiones, naciones, cofradías, mundos… es la capacidad que obedece y emerge sin distingo de linaje, región, medio social, país, hemisferio, creencia o ambición.

De esta fortuna lingüística y del esencial protagonismo surge el diálogo con los otros, con la Divinidad, con la historia y consigo mismo, en el que se hace indispensable una organización acordada (gramática) de las innumerables palabras y sus combinaciones, corrección en su presentación (ortografía y caligrafía) y en su sentido (semántica)y, honestidad, como profundo con un conocimiento técnico más desarrollado debemos ser modelo.

Por rectitud corresponde siempre dar a conocer las fuentes de conocimiento con las normas que rijan para cada ciencia y disciplina. Es, como lo diría algún escritor de quien se me escapa el nombre, dar cuenta de los amigos que han alimentado nuestra innata curiosidad intelectual.

A las reglas de la lingüística, de la oratoria, de la sintaxis… es necesario sumar honestidad y democracia. Significa garantizar a los que nos han antecedido, sus derechos; es reconocer el distintivo que han impreso en su particular mirada del mundo y que nadie puede suplantar porque nacieron en otro dominio, de otro gusto personal, en otra preferencia local o desde otra técnica…

Cada uno de nosotros cuenta con una suma de experiencias particulares que pueden conducirnos a la posibilidad de crear formas de gran originalidad y con un excelente nivel técnico. Nombrar lo creado por otros nos recuerda el momento primigenio en que nuestro público fue la divinidad y despierta en nosotros y los otros la “emoción del íntimo contacto con el pasado” (Woronowa : 8).

Escritor: Inés Fonseca Zamora
Magister Literatura – Universidad Javeriana. Bogotá.

Trabajos citados
Ferrater Mora, José. Diccionario de filosofía. Madrid: Alianza Editorial., 1979.
San-Jerónimo. «Carta al monje rústico. Espistola 125, 8-11.» Carvajal González, Helena. Manuscritos medievales iluminados en la biblioteca histórica de la Universidad Complutense (Siglos IX-XIV): estudio iconográfico y codicológico. Ed. Universidad Complutense de Madrid. Madrid, 2012. 541. 9 de 12 de 2013. <http://eprints.ucm.es/10656/1/T31606.pdf>.
Traducción dirigida por Schökel, Luis Alonso y Mateos, Juan., trad. Nueva Biblia Española. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1976.
Woronowa, Támara y Sterligow, Andrey. Manuscritos iluminados. Trad. Hernando Valencia Villa. Bogotá: Panamericana, 2007.

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