LA TECNOLOGÍA Y EL HECHO DE VIVIR

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 Un día cualquiera, salir a caminar sin llevar mi celular se ha convertido de cierta forma en una experiencia “paralela al mundo real”. Me ha permitido encontrar cosas que antes había pasado por alto, como la pintura azul del edificio de bachillerato de mi viejo colegio o la esquina donde acechan las palomas sobre los cables de luz para bendecir a cualquier incauto que cruce por ahí. Me ha sido posible observar personas riéndose mientras miran una pequeña pantalla al mismo tiempo que uno de sus hijos resbala y cae en un amarillo charco de agua lodosa o a otros esquivar por un pelo la muerte gracias a aquel mensaje que llegó justo cuando el semáforo cambió a verde…

Incluso andar en bicicleta desconectado por completo ha sido, por no decir más, alucinante. Cada traqueteo del vehículo, cada luz roja que no me paso, cada panadería abierta en la mañana… descubrimiento: ¡el mundo tiene otro color cuando se observa con los cinco sentidos! Además, me puedo dar cuenta de que tan desbaratada está mi bici antes de que por su gracia termine siendo parte del pavimento (casos se han visto). Pero por ahora basta de hipocresía. No voy a decir que, al menos para mí, el mundo sería mejor sin este ente omnipresente o que iniciaré una cruzada anti-tecnológica con pancartas, marchas y tablets quemadas en medio de una plaza pública. De hecho, sería “el fin del mundo como lo conocemos” y sólo allanaría el terreno para que una u otra mafia aprovecharan los 10 minutos de caos. También estaría negando parte de mí porque me encanta mi celular, escribo muchos correos electrónicos a diario y soy amante asiduo de los juegos de video y los libros digitales. No, el truco está en saber organizar las cosas estratégicamente en la balanza de modo que no pesen más de lo que la mente está en capacidad de sostener. Para encontrar este delicado equilibrio es necesario, creo, conocer el origen de este mundo real.

Hasta ahora no he podido saber qué fue primero: el huevo (las telecomunicaciones digitales, las redes sociales y las amistades virtuales) o la gallina (la necesidad de tenerlas y/o usarlas). La teoría económica clásica concibe que “cada producto genera su demanda” siendo así, yo usaría mi teléfono para algo más que hacer llamadas, ya que el mismo producto así lo permite. Y hasta ahora es verdad: puedo buscar mi ubicación en un mapa, saber llegar desde A hasta B de cuatro y más formas diferentes, jugar al pinball mientras espero en cualquier lado, consultar por Internet cuanta cosa se me ocurre y, de vez en cuando, saludar a alguien que esté en línea. Nada de esto implica hacer llamadas, ahora que lo vuelvo a leer…

Por otro lado, un mundo tan grande, o en mi caso, una ciudad tan grande (para alguien que anda en bicicleta la ciudad es inmensa) requiere de una herramienta que facilite, por ejemplo, el simple hecho de reportarle a mi esposa que estoy perdido. Las diferentes lecturas de mercados dicen que para crear un producto es necesario identificar una necesidad y desde ese origen desplegar una serie de estrategias que materialicen el producto que satisfaga de la mejor manera dicha necesidad. Si estoy perdido (necesidad) puedo llegar a donde necesite porque tengo un mapa que por GPS me indica la mejor ruta (producto).

Ahora bien: siguiendo esta lógica, es válido preguntarse si las ciudades son grandes porque la tecnología lo permite o la tecnología existe porque las ciudades son grandes. Y no hablemos sólo de Internet y sus allegados. La forma de construir un edificio, de escribir un libro, de entrenar a tu perro, de trabajar, incluso de disfrutar de un buen almuerzo son causa y a la vez consecuencia del crecimiento práctico de la curiosidad humana por lo nuevo y el ciclo se repetirá, según mis cálculos, eternamente, al menos hasta el próximo oscurantismo o hasta el final de todo.

Como conclusión, usemos las cosas para lo que se supone debemos usarlas. Utilicemos las ayudas tecnológicas como lo que son: ayudas. Si salimos a cenar con amigos y estamos apostando la cuenta, pongamos nuestros celulares sobre la mesa y el primero que tome el equipo paga. Hablemos personal y sinceramente frente a frente en lugar de escribir por la espalda y enviemos tarjetas de felicitación y postales virtuales a nuestra familia en el extranjero. No nos dejemos convencer de que las redes sociales son un estilo de vida; por definición no son más que álbumes de fotos que se pueden comentar. Disfrutemos de un atardecer y al volver a casa, de una película o un video juego.

Escritor: JAIRO ANDRÉS HERNÁNDEZ

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