Los Museos de temática militar y su trascendencia.

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Cuando visite por primera vez los Museos Militar y de la Policía sentí instaurada por todos los rincones la institucionalidad, entendiéndose esto como una gran puesta en escena en donde cada elemento tiene una tarea específica, su objetivo primordial es implantar, inculcar o reafirmar por medio de la estética museal, principios y valores correspondientes a la estructura hegemónica propia.

El Museo en si es un dispositivo de poder muy fuerte (Canclini 2010) en donde sus dinámicas de exposición determinan quienes son merecedores de ser expuestos en sus salas y en qué condiciones, generando narrativas que dirigen el sentido y lo condicionan a temáticas puntuales, utilizando para este fin los diferentes objetos que se exhiben allí, en los que recaen cualidades intrínsecas que sobrepasan su propia existencia, “…los museos tienen que asumir que no son espacios neutrales en ningún caso, y que cada objeto que presentan, de equis o ye forma, está cargado de significados y simbolismos.”1

Esta manera de utilizar el material objetual como dinámica discursiva llega a crear verdades absolutas ya que no existe en este mismo espacio una confrontación con otras posibilidades, interpretaciones o sentidos, en donde dialógicamente se entrelacen sus historias, sus olvidos y silencios, para generar resultados con multiplicidad de miradas.

La visita a alguno de estos museos, compromete a los diferentes agentes sociales (espectadores) a generar unos juicios de valor que por lo general están afectados por toda una historia manipulada, la cual siempre ha otorgado tipologías positivas que hacen que se vaya construyendo como nos habla Bourdieu, un capital simbólico poderosísimo a su alrededor.

Este tipo de propiedades concedidas construyen un tipo de perfil idealista e inquebrantable que se traslada a sus propias identidades, viéndose ellos mismos representados en la mejor de las formas por el sujeto social que se ha construido.

Cuando este tipo de capital simbólico, hace referencia a particularidades que son esencialmente básicas y que deberían ser pilar estructural de cualquier agente social (como por ejemplo responsabilidad, honestidad, amistad), trasladan estas cualidades que ni siquiera deberían ser nombradas (ya que su origen fundacional las da por ende adoptadas) llegando a envestir con tal rimbombancia al ámbito militar que hacen muy difícil que otro actor social que este por fuera de la milicia, tenga la suficiente capacidad ética para albergar tan altos adjetivos.2

Sumado a lo anterior se sobredimensiona su caracterización y se adicionan más valores que potencializan al máximo su presencia, como la adjudicación de autoridad, respeto y honorabilidad que inmediatamente arrojan como resultado unas asignaciones valorativas que denotan prestigio, fama y notoriedad.

En el momento en el que el capital simbólico otorgado a estos museos tiene tanta fuerza inmersa en los agentes sociales que lo visitan, se está generando un denominador común, es allí donde el capital simbólico nace y adquiere su poderío, antes no.

Todos los objetos que atesoran los Museos Militar y de la Policía, son tan solo reliquias que tienen algún valor económico para los interesados en ellas, pero es hasta el momento en que sus visitantes (aquellos que tienen unas categorías de percepción muy parecidas como consecuencia de una memoria colectiva y unos imaginarios identitarios que han construido un discernimiento favorable con relación a la guerra) empiezan a conferirle un “valor” mucho más poderoso que el económico, es allí cuando empiezan a aparecer unas jerarquizaciones del poder (Foucault 2009) en donde se emiten juicios de valor tajantes y extremadamente radicales, apareciendo categorizaciones de lo que es bueno/malo, legal/ilegal, fuerte/débil, con relación a todos los elementos que conforman estos Museos y su comparación con otras posibilidades objetuales que están ajenas al ámbito militar, extralimitando estas opiniones sin permitir que quepa la discusión, la crítica y el análisis.

Este tipo de imposición del juicio por parte de los agentes sociales (espectadores) es generado por múltiples efectos pero en este caso específico inferido directamente por un poder arbitrario, que utiliza la dinámica cultural (El museo y sus recorridos temáticos) como canal comunicativo, en donde logra imponer significaciones legitimadas por la institucionalidad y que por su naturaleza cultural y pedagógica, camuflan todas las relaciones de fuerza que allí subsumen generando un arquetipo pleno de violencia simbólica (Fernández 2005).

La institucionalidad de estos dos espacios en donde el Estado se manifiesta con todo su poder simbólico es un claro ejemplo de su demostración de antonomasia.

Construyendo sentido
Paul Ricoeur nos habla de cómo el pasado ya fue y no puede ser cambiado, y por el contrario el futuro es incierto, pero lo que si puede llegar a ser transformado es el “sentido” que se le da a ese pasado3. En este caso la institución Museo genera interpretaciones de este “sentido” histórico que maneja en sus instalaciones con una intencionalidad claramente adoctrinante, en donde usa el pasado como una herramienta comunicativa que transmite una forma narrativa muy convincente.

En el proceso de construcción de memoria que realizan estos espacios museales, podemos encontrar diferentes actores que se vinculan de maneras muy diversas con el discurso allí presentado. Uno de estos actores es aquel que vivió la experiencia, y que rememora por medio de muchos de los objetos exhibidos, diferentes sucesos de la vida militar. Se convierte en un vocero oficial de la institución Museo, donde su relato tiene validez y muy seguramente sus comentarios fundamentaran una estetización de la violencia.

Otro de los actores encontrado en su rol de espectador de los Museos Militares, es aquel que heredo o está heredando, ese gusto por la estética militar. Dicha herencia puede ser infundada por un contacto directo con agentes sociales que han vivido la experiencia (soldados-policías) y que pueden tener gran relevancia en sus vidas (progenitor@s, ti@s, abuel@s), esto hace que su fascinación por lo militar, sea recurrente. Este tipo de herencia también puede ser formada por una manipulación mediática que ha promulgado las acciones bélicas y todo su aparato objetual de guerra, como iconos del mercado capitalista que generan un inmenso gusto y placer consumista.

De todo esto se alimentan este tipo de museos para incitar a los espectadores a mirar la violencia y los objetos que la componen, como objetos estéticos y el acto de observarlos, fotografiarlos, manipularlos dentro de un espacio museal, como una experiencia estética y de goce. Este proceso de estatización de la violencia obedece a unos ideales que pretenden crear “sus propias” percepciones de la guerra, en donde se muestran todos los objetos que hacen posible los conflictos violentos como plenamente convenientes, útiles y bellos.

En el proceso de estetización de la violencia, Antonio Reyes ha identificado algunas estrategias para lograr el reconocimiento de este fenómeno4, extrapolo dos de sus estrategias a los Museos Militares, ya que veo en sus características, similitudes en la forma de operar de estos espacios.

, en donde trasladándola al Museo podemos determinar cómo estas instituciones dejan de lado cualquier comportamiento ético hacia la forma de exhibir sus objetos militares, y dejan con amplia libertad (lo único que los restringe es el tamaño de los objetos para que no sean hurtados, por eso usan vitrinas) la manipulación del material bélico, allí los espectadores sienten gran agrado en lograr fotografiarse y palpar a su gusto diferentes tipos de armas, uniformes, transportes militares (esto crea gran empatía entre el público ya que se aleja de todas las restricciones de un Museo convencional, en donde se prohíbe tocar e interactuar con los objetos exhibidos por el riesgo y daño que esto conlleva). Esta estrategia hace que el espectador ya no sienta la representación de la violencia como un acto alegórico y lejano, sino que utiliza objetos reales, (poderosos en sí mismos por todo el capital simbólico que ha sido otorgado por la sociedad y los medios).

5. la cual aplica perfectamente al discurso museográfico que utilizan estos dos espacios, en donde la exhibición de una gran cantidad de objetos dan cuenta de los variadísimos y complejos detalles que utiliza el mundo militar, donde taxonómicamente cada uno de estos museos divide sus espacios por salas especializadas, haciendo una selección minuciosa por grados, fuerzas, especialidades, creando un sin número de posibilidades simbólicas, que engrandecen el discurso militar, y favorecen la espectacularización de estas instituciones y su misión.

Estos Museos “tienen la capacidad de bifurcar la puesta en escena de una manera muy particular, ya que en ellas se describe la naturaleza fragmentaria del acto violento”6 entregando como mensaje colectivo, una fascinación por el más mínimo elemento que hace parte de ese todo que conocemos como guerra.

Todas las estrategias que puedan utilizar estas instituciones Museo militares buscan lograr un “deseo de confort” (Janes 2011.) en doble vía, en donde ellos como institución recurren a la pasividad, conformidad y silencio en su estrategia y guion museal, ya que cualquier cambio en su statu quo como organismo contenedor de la historia oficial, acarrearía un desenmascaramiento de la violencia simbólica que efectúan.

Por el otro lado le generan ese estado de confort a los espectadores, convirtiéndose en agentes sociales que validan y enaltecen esa historia oficial sin querer verse envueltos en cuestionamientos conceptuales ni éticos, ya que es más cómodo seguir sin romper modelos ni paradigmas, ni mucho menos, preguntarse si lo que le están narrando por medio de los objetos expuestos en estos museos, corresponde a una verdad histórica.

Bibliografía
 Canclini, Néstor García. La sociedad sin relato. Mexico: Katz Editores, 2010.
 Fernández, J. Manuel. La noción de violencia simbólica en la obra de Pierre Bourdieu: una aproximación crítica. Cuadernos de Trabajo Social Vol. 18 (2005): 7-31, 2005.
 Foucault, Michel. Vigilar y castigar. Mexico: siglo xxi editores, s.a., 2009.
 Janes, Robert. “Museums and the end of materialism” en The Routledge Companion to Museum Ethics. New York, Oxon: Routledge. : Janet Marstine (ed). , 2011.
 Jelin, Elizabeth. LOS TRABAJOS DE LA MEMORIA. Barcelona.: Siglo Veintiuno de España Editores., 2002.
Webgrafía.
 Cristina Lleras en el artículo: Lo Que Pasó, Pasó. Barbies, Poder Y Museos en Colombia publicado en http://esferapublica.org/nfblog/?p=24253 el 2012/04/19.
 Video comercial del Ejercito Nacional de Colombia tomado de http://www.youtube.com/watch?v=ceXTN0h-60k.
 Carlos F. Márquez. La violencia, una experiencia estética, tomado de http://archivo.lajornadamichoacan.com.mx/2009/10/02/index.php?section=cultura&article=016n1cul
Imagengrafía.

Las imágenes utilizadas pertenecen a la colección particular de Oswaldo Enrique Rocha Díaz.

Autor: Oswaldo Enrique Rocha Díaz.

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