Por qué soy docente.

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Hace “algunos” años, cuando todavía asistía como estudiante de Licenciatura a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, era muy frecuente escuchar a mis maestros decir que la mayor parte de los egresados de mi carrera (Lengua y Literaturas Hispánicas) seguramente se dedicaría a la docencia. “¿Profesora yo?”, pensaba, “por supuesto que no. Prefiero abordar el campo de la investigación, el de la edición o, quizá, el de la escritura pero, de ninguna manera estoy dispuesta a tratar con adolescentes porque es una edad sumamente difícil.” Esa era, en el momento, mi forma de pensar. No tenía idea de lo equivocada que estaba.

El tiempo siguió su curso y llegó el 6 de enero de 1979, día en el que recibí la llamada de una de mis mejores maestras de la Facultad, quien en ese tiempo fungía como Directora en la Secundaria de un prestigiado colegio en la Ciudad de México, pidiéndome que la apoyara, supliendo a una profesora que había tenido que dejar el ciclo escolar inconcluso por motivos de salud. Fue difícil negarme porque Cristina, mi maestra, había hecho mucho por mí cuando fui su alumna. Gracias a ella pude reafirmar el gusto por la lectura y logré apreciar plenamente el privilegio de tener la posibilidad de asistir a un aula universitaria para aprender, no sólo sobre temas literarios sino acerca de la vida misma, oportunidad a la que, desafortunadamente, en este mundo nuestro no todos tienen acceso. Tuve, entonces, que aceptar y fue así como dio inicio en mi vida una de las experiencias más gratificantes y conmovedoras que he tenido hasta el día de hoy.

Han pasado veintinueve años desde aquel 6 de enero (así es, el tiempo se pasa en un suspiro) y aún sigo agradecida por haber recibido la llamada pues, a partir de ese momento, mi vida ha estado llena de satisfacciones en el ámbito profesional. Gracias a Cristina, persona ejemplar en todos los sentidos, pude ingresar al mundo de la educación y fue en dicho espacio donde descubrí mi verdadera vocación: la docencia.

Viviendo en ese mundo, lo que más me llena y me hace crecer es el día a día que me da la posibilidad de ser testigo y cómplice del inspirador crecimiento de mis alumnos. Y es que, no hay nada más gratificante que el gesto de un joven cuando descubre que es capaz de aprender, de equivocarse, de corregir, de crear, de disfrutar, de vivir…

Hoy puedo decir con absoluta certeza que no cambiaría por nada todos y cada uno de los momentos que he podido estar en un salón de clases, atestiguando los eventos suscitados frente a un grupo de jóvenes ávidos de ser. Puedo asegurar que, precisamente, gracias a esos jóvenes, cada instante de mi vida como profesora ha sido una experiencia digna de ser disfrutada y recordada.

Mención aparte merecen los grupos de alumnos con los que he tenido el privilegio de trabajar durante estos dos últimos años. Es por esos alumnos que inicié esta aventura de crear una revista en la que tuvieran cabida las distintas manifestaciones literarias y artísticas creadas por ellos. Yo sabía que no existía el riesgo de fallar porque cuento con la mejor materia prima, sin embargo, debo decir que estos maravillosos jóvenes han superado con creces todas mis expectativas y me han dado la posibilidad, si cabe, de sentirme todavía más orgullosa y satisfecha. Me han dado la oportunidad de ser feliz.

Gracias, corazones, por poner en mis manos todos los elementos que me han hecho confirmar que estoy en el camino correcto! ¡Gracias por haber respondido, como lo hicieron, a mi propuesta de embarcarnos en esta aventura! ¡Gracias, en fin, por ser como son! Tengan por seguro que su vida estará marcada por la satisfacción de cumplir de manera exitosa con todos los objetivos que se propongan alcanzar, tal como lo han hecho ahora.

Escritor: Magdalena Rivas Fuentes

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