QUÉ SON REALMENTE LOS VALORES

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En nuestros días se ha hecho necesario hablar de “educación de valores”. A poco que lo pensemos resulta claro que en esta expresión la especificación “de valores” es redundante. ¿Qué es lo que queda de “educación” si le restamos todo lo que tiene que ver en la formación de los niños y jóvenes con el aprendizaje de la justa valoración y adhesión a lo que realmente vale la pena en la vida (a lo que es valioso)?. Por eso nos atrevemos a decir que la educación o es, en última instancia, educación moral o no es educación.Lo que resta si quitamos esta dimensión esencial de la educación es instrucción o adiestramiento. Por eso me ha parecido que es preciso iniciar esta temática con la aclaración de lo que constituye la trama de la auténtica educación: los valores.

Lo primero que se nos ocurre pensar al hablar de los valores es que una cosa es valiosa, tiene valor, cuando nos agrada y en la medida en que nos agrada. Tiene valor negativo cuando nos desagrada y en esa misma medida. Por eso cada uno da valor a unas cosas y otros a otras. El valor es el cariz que sobre los objetos proyectan los sentimientos de agrado o desagrado. Las cosas no son por sí valiosas. Todo valor se origina en una valoración previa y ésta consiste en una concesión de dignidad y rango que hace el sujeto a las cosas según el placer o enojo que le causan y mas en estos días.
Sin embargo a poco que reparemos en nuestra propia experiencia del valor nos damos cuenta que las cosas no son así.

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Cuando contemplamos la belleza de un Velázquez o la justicia que resplandece en una acción nos damos cuenta que esa belleza o justicia no las vemos como siendo proyectadas sobre el cuadro o la acción, sino más bien como imponiéndosenos desde el cuadro o la acción. La justicia está en el acto como el verde en la hoja: son propiedades de ellas. Lejos de parecernos justa la acción porque nos agrada, resulta ser que nos agrada porque es justa. Este último “porque” no es una palabra al aire. Nuestro agrado no se produce simplemente después de haber advertido la justicia de la acción; no se trata de mera sucesión, sino que se presenta el agrado unido por un nexo consciente a esa justicia, del mismo modo que la conclusión no sólo se sigue de las premisas, sino que se funda en ellas o de ellas emerge. Esa complacencia o placer es un estado subjetivo, pero no nace del sujeto, sino que es suscitada y nutrida por lo valioso de la realidad. Algo no es valioso porque no agrada, sino que nos agrada porque es valioso. Solo hay una clase de particular de valores donde el fundamento del valor es el agrado: los valores sensibles de lo agradable y lo útil. Desde luego que el placer es un valor, pero no es verdad que el valor sea el placer.

Los valores no existen en el mundo por sí mismos. La dulzura, la arrogancia, la inteligencia o la estulticia no están ahí como están los hombres, los animales, las cosas. Los valores para existir en el mundo necesitan encarnarse en ciertos seres. Tal es la suerte también de lo que la metafísica tradicional llama accidentes (por ejemplo, los colores, las cantidades, las relaciones…). Existen paisajes apacibles, actos heroicos, actitudes arrogantes, … Las cosas o los seres en los que se encarnan los valores se llaman bienes. Téngase presente que un bien puede ser el soporte de varios valores y que una ley de esencias dice que ha de existir congruencia entre un valor y su portador. Así, por ejemplo, la generosidad no puede residir más que en personas. La generosidad de la rosa que nos regala su perfume sin pedir nada a cambio es una figura literaria (personificación).

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De acuerdo con los partidarios de la ética de los valores, la acción correcta es aquella que realiza el valor más alto de los posibles. Hoy en día y si miramos a nuestro alrededor, la comodidad es un valor, pero quien elige aquella situación que encarna la comodidad en vez de otra que implica generosidad, elige mal, pues elige el valor inferior de los dos que están en juego.

Escritor: Cristina Ortiz.