La amistad en la Antigüedad: de Platón a Séneca (s. V a.C.-s. I d.C.).

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iPlatón dedicó uno de sus primeros diálogos enteramente a la amistad, el Lisis. Se trata del primer documento literario en el que se lleva a cabo una investigación acerca de la amistad en donde se superan, además, algunas concepciones tradicionales. Todo el diálogo es un intento de redefinir “amistad” (en griego “philía”) como un vínculo de amor en sentido amplio, entre seres humanos. Así pues, a lo largo del texto, cuatro jóvenes, Lisis, que da su nombre al diálogo, Menéxeno, Hipótales y Ctésipo discuten en presencia de Sócrates, que los guía con sus preguntas. Y si, como en otros diálogos platónicos, hacia el final del texto los participantes se muestran incapaces de decir qué es la amistad (Lisis, 223b), el precedente ha quedado marcado: el ir y venir de la argumentación abre el camino para las investigaciones de los que vendrán.

Aristóteles, discípulo de Platón, dedica a la amistad los libros VIII y IX de su Ética Nicomaquéa. Después de señalar que la amistad es necesaria para la vida, que nadie querría vivir sin amigos aunque tuviera todos los bienes, y de recorrer las concepciones naturalistas de Empédocles y Heráclito así como la del tragediógrafo Eurípides, llega a la conclusión de que ésta no consiste sino en un tipo de amor. Y, sigue, como las cosas se aman por uno de tres motivos, a saber, por ser útiles, por ser agradables, o por ser buenas, entonces tres serán también las clases de amistad.

Aquellos que se hacen amigos por utilidad, no buscan sino lo que no pueden obtener por sí mismos; de modo que la amistad no florece allí por el valor intrínseco de los hombres, sino por conveniencia. Los que basan su amistad en el mutuo agrado, soportan su relación en el placer, que por ser tan inestable como la utilidad, no logra mantener el reciproco amor por mucho tiempo. Tales amistades, comunes entre los jóvenes, son fáciles de disolver, pues al cesar la utilidad o el agrado, cesa todo vínculo y se rompe la amistad. La amistad perfecta, por su parte, es la de los hombres buenos e iguales en virtud (areté). Ésta es estable, perenne, pero rara, porque hay pocos hombres así (Ética Nicomaquéa,  1155a 5-1156b 30).

Algo más tarde y en un estilo que recuerda al de Platón, el orador romano Cicerón escribe un diálogo sobre la amistad, el Lelio. El texto ciceroniano, está hilvanado, como otros de sus escritos filosóficos, alrededor de la figura de un sabio de una generación anterior, Lelio. La obra, cuyos protagonistas son Quinto Mucio Escévola, Cayo Fanio y el propio Lelio, es un continuo ir y venir desde el pasado hasta el presente, en busca del significado de la amistad; no ya de la palabra “amistad” (“amicitia” en latín), sino más bien del hecho de ser amigo. La amistad, dice Cicerón en boca de Lelio, es el acuerdo absoluto y benevolente en todos los asuntos, tanto humanos como divinos. En el clímax del debate, el sabio anciano exhorta a los jóvenes, que lo escuchan con atención, a que por sobre todas las cosas humanas, prefieran la amistad. Nada hay tan conforme a la naturaleza, tan conveniente en las circunstancias adversas y en las favorables (Lelio, V.17). ¿Cómo puede ser digna de ser vivida, se pregunta, una vida que no reposa en la buena voluntad compartida por un amigo? ¿Qué será más agradable que tener alguien con quien atreverse a hablar de todo como ante uno mismo? ¿Quién se alegraría en las circunstancias felices si no tuviera alguien que se alegrara igual que uno mismo? Pero, dejando a un lado todas las ventajas de la amistad, innumerables por cierto, la más importante, remata, es que proyecta una luz de esperanza hacia el futuro y no permite que los ánimos se debiliten ni decaigan. En una palabra, sin los amigos se hace imposible sobrellevar los males y sin ellos tampoco es posible ser feliz.

Con todo, si el ritmo de las palabras del Arpinate tiene a cada momento la solemnidad de un final, todavía no lo ha dicho todo. Hay un factor psicológico de gran importancia para tejer una verdadera amistad: la proyección del yo. El que contempla, pues, a un verdadero amigo contempla a un doble de sí mismo. La verdadera amistad, remata el orador, no consiste sino en trasladar el amor propio a otra persona, como si se tratara de un segundo yo; ello, según él, explica cómo es posible que los amigos ausentes estén presentes (Lelio, VIII. 23).

Si Cicerón deja a un lado la amistad por utilidad para adentrarse por el camino de la interioridad hacia la que se basa en el mutuo afecto, el estoico Séneca, escrutador de los recónditos laberintos del alma, irá más lejos. En sus célebres Epístolas a Lucilio define la amistad como la unión de dos espíritus por la sincera voluntad de amarse. Se trata de un postulado que lo lleva  a afirmar la comunión en todo, aun en la adversidad: la alegría y tristeza reclaman por igual el vínculo de los amigos. Yo rechazaría la sabiduría, escribe, si se me diera con la única condición de mantenerla encerrada y no poder compartirla. En su espíritu, pues, nada es agradable si no se puede compartir con un amigo (Epístolas, I.VI.4). Pero si la amistad nace por el compartirlo todo, esto es una parte nada más. Tan solo es digno de ser llamado “amigo” aquél en quien uno tiene la misma confianza que deposita en uno mismo. Así, aclara, antes de la amistad se debe juzgar, después de ella, se debe ser fiel (Epístolas, I.III.2-3) y no huir cuando la prueba se presenta (Epístolas, I.IX.9). Por consiguiente, antes de a buscar amigos, invita a que cada uno se haga amigo de sí mismo; quien en ello se empeña, sentencia, nunca estará solo y será amigo de todos los hombres (Epístolas, I.VI.7).

Referencias

 Aristóteles, Ética Nicomaquéa, Ética Eudemia, trad. de Pallí Bonet, J., Madrid, Gredos, 1985.

Cicerón, M. T., Tratados Filosóficos I, trad. de Mainero, J., Buenos Aires, Losada, 2004.

Platón, Diálogos I, trad. de Calonge Ruiz, J.-Lledó Iñigo y E.-Garcia Gual, Madrid, Gredos, 1982.

Séneca, L. A., Cartas a Lucilio, trad. de Lopez Soto, V., Barcelona, EJ, 2006.

Escritor: Julián Barenstein

 

 

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