En mi casa veíamos Don Chinche

Durante toda su vida José, mi papá, tuvo bigote negro, espeso y siempre extendido más allá de la comisura de los labios, es el único miembro de mi familia que lo usa. Mi tía Graciela no cuenta porque no le gustaría que siendo una tía tan querida, comente la notoriedad de ese bigote ralo sobre su lápiz labial rojo y denso. Creo que a partir de esa relación entre la figura paternal y el bigote durante mi infancia y juventud, desarrollé un tipo de admiración hacia los bigotudos; así, en mi mente habitan las imágenes intactas de Luis Carlos Galán, Salvador Dalí, Vicente Fernández, René Higuita, Ramón Valdés y Don Chinche. Cuando mis padres conversaban sobre esta serie transmitida los fines de semana entre 1982 y 1989 decían cosas como:

-¿Se acuerda de Don Chinche?, ¡cómo se reía uno con ese programa!

-Uno se pasaba los domingos riendo y riendo viendo Don Chinche…

-Esos programas ya no los sacan en televisión, esos sí eran programas.

Mientras conversaban sus risas se detenían en sus bocas como estrelladas contra un vidrio oscuro mientras sus ojos poseían una mirada muda. Nunca hablaban de un personaje en particular o de alguna anécdota ocurrida en los capítulos. Nada. Como si hablar de Don Chinche fuera como hablar de un familiar muerto que si se recuerda mucho despierta nostalgias inconsolables. Por fortuna hace un par de años, Señal Colombia retransmitió la serie completa todos los días y los domingos en la noche presentaban los capítulos de toda la semana. Juiciosamente, tratando de apropiarme de un pasado ajeno, me senté a verla, evitando los programas nuevos de los otros canales, las novelas que nadie ha visto pero que todos sabemos cómo terminan.

Al comienzo veía el programa solo, me reía solo y a carcajadas. Pero pronto cada carcajada desperezó sus alas y empezaron a volar por la casa, abatieron a mi hermana y sus clases de tejido, abrazaron a mi mamá con todo y delantal y a mi papá le sacudieron un bigote ahora canoso. Ver Don Chinche en familia me emocionaba bastante y mis papás se entretenían como si fuera la primera vez. Entonces me preguntaba cómo se les había olvidado un programa que vieron por casi diez años, era como si dentro de un tiempo a mí se me olvidaran los nombres de la familia Simpson.

Pero una mañana gris y fresca, mientras veía las fotografías borrosas o con cabezas cortadas que tomaba mi papá, comencé a reunir los pedacitos de la historia familiar y descubrí el engaño: mi papá nunca vio ni un capítulo de Don Chinche porque en los ochentas estuvo cortando caña y batiendo panela en un pueblo del Tolima en el que siempre faltaron los televisores. Se despertaba mientras el gallo roncaba, se paraba en la báscula que pesaba las cajas de panela y verificaba que no había engordado, se tomaba un tinto caliente y se iba a los sembrados a cortar caña, a bravearse contra el sol, a moverse rápido para que el trapiche no devorara sus dedos. No tenía tiempo para ver televisión, en las noches sus músculos tersos solo pedían descanso, dormido en un catre borracho de sudor soñaba con telenovelas que nadie ha visto.

De igual modo, mi mamá en su juventud estuvo tan ausente frente a una cámara como lo estuvo frente a un televisor: no conoció a Don Chinche ni a Eutimio Pastrana Polanía, ni a Pastora o a la señorita Elvia porque si bien durante esa década estuvo en Bogotá, durante las noches trabajaba cosiendo chaquetas de cuero para una empresa pequeña que en un apartamento igualmente pequeño, tenía a doce trabajadoras cortando, midiendo, remendando y cosiendo pieles negras, todas negras debajo de lámparas fluorescentes. Mi mamá se aprendió las canciones de Rocío Durcal y de Juan Gabriel que ahora canta cuando estaba sentada rematando botones y conoció a muchachas como ella que esperaron a sus futuros esposos mientras enhebraban agujas; el taller de costura era el castillo de las doncellas, el lugar donde doce máquinas de coser rugían como dragones.

Nunca vieron Don Chinche pero siempre hablaron bien de él, -como si fuera un familiar muerto que ahora ruega por ellos ante Dios con un sueldo de ánima bendita-. Tal vez para ellos comentar un programa que nunca vieron los hacía sentir parte de una generación, los incluía en el tejido histórico mayoritario y al mismo tiempo los alejaba de la incertidumbre individual; tal vez imaginar que vieron Don Chinche sentados en una habitación los domingos en la noche no los hacía sentir tan solos mientras picaban caña dulce o cosían chaquetas de cuero.

Escritor: Jerson Hernández de la Cru

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