Platón y Sócrates en La carta postal de Jacques Derrida.

La concepción tradicional de la Historia encuentra su elemento basilar en una concepción lineal del tiempo concebido como unidad del devenir y tradición de la verdad siempre derivada de una presencia original. Sin embargo hay otra escena, una escena reprimida de la que 25 siglos de Filosofía no ha querido saber nada.

Derrida lo que hará es “recrear” ese texto bastardo de la Historia de la Filosofía a partir de sus dos figuras fundacionales, Sócrates, el ágrafo, y Platón, el gramático.  Sócrates representa el ideal del logocentrismo, él es como el rey del mito del Fedro, no precisa de la escritura, es el padre que habla y dicta, el sujeto del querer-decir, el dueño del logos incontaminado por nada ajeno a la conciencia y su contenido.

Lo reprimido por la Filosofía será la escritura descalificada por Platón como un mero “suplemento”, una técnica exterior a la conciencia y su contenido, a la viva voz que dice el logos inmanente, el pensamiento. Platón corre un destino paradójico, es el legatario de la palabra socrática, su deber será conservar su memoria para el porvenir y para ello se ve obligado a encriptarla, enclaustrar el significado en el significante, el trazo.  El fármacon remedio y veneno, peor el remedio que la enfermedad, el olvido. La escritura como lo otro, la presencia del pensamiento diferida, técnica auxiliar que preserva la memoria pero peligrosa, nos hace más olvidadizos, más ignorantes.

Al mismo tiempo, él como discípulo será el autor del personaje “Sócrates”, hijo del Sócrates histórico y autor del Sócrates de los Diálogos, en los que Platón le hace “decir” su palabra. Platón el parricida que suple el habla paterna en ausencia de ésta. Toda la escritura platónica comienza a partir de la muerte de Sócrates. Platón escribe su condena, huérfano o parricida.

La escritura se limita a consignar los significados de los que ya dispone el sujeto, no interviene en el conocimiento, el saber estaba ya siempre impreso en el alma que ha estado en presencia del eidos.
La tradición metafísica consagrada por el texto platónico ha priorizado la foné sobre la grama en el prejuicio de la inmediatez de la primera con la “presencia” del pensamiento. Sócrates, el ágrafo, encarna ese ideal “platónico”, el logos es inmanente a la palabra originaria, la foné, garante del sentido por su intimidad con la verdad es apropiada por la rúbrica del qué escribe como garante de su querer-decir.
Él, alumno y amanuense, conservará la palabra del maestro en el ejercicio de una técnica vicaria, un auxilio de la memoria, remedio y veneno aun tiempo. La escritura repite al logos, pero no del logos vivo, es una repetición hueca, imitadora muerta de la voz viva.
Derrida cuestiona la tradición occidental a partir de la genealogía estructurada de sus conceptos y descubre lo abismos textuales donde la filosofía deviene aporética; los síntomas, para develar el elemento reprimido la tradición logocéntrica.
El discurso metafísico encuentra asiento en la solidaridad entre la erección del logos paterno, el discurso, el nombre propio dinástico, la ley (nomos, nemein), voz y el falo como significante privilegiado. Ante la imagen apócrifa que ofrece la tarjeta se desata la reversibilidad, el remitente de estas postales se pregunta si el miniaturista habrá equivocado los nombres.

La deconstrucción muestra que las nociones de nombre y firma implican la quiebra de una noción metafísica de identidad y testimonian la desapropiación inherente a todo intento de exaltación de lo propio. Platón narra el Fedro el mito de Zeuz quien ofrece la escritura como remedio del olvido. Su naturaleza ambivalente se relaciona con el hecho de que el rey-padre-legislador que hablano sabe escribir, ni falta que le hace, él es el origen del logos, su palabra habla y dicta pero se verá traicionado por la escritura en cuanto se aleja de su autoridad y suprime su voz, por eso se relaciona con la ausencia del padre y el parricidio.

El habla es un poder creador mientras que la escritura se relaciona con la muerte. El texto es huérfano en la medida en que existe a costa de su autor. Pero muerto el padre desaparece la fuente de sentido de la palabra, el garante de su significado y degenera en mero significante arbitrario que no podrá volver a recrear ese origen creador, figura la ruptura genealógica y el alejamiento del origen. Por eso el padre que desconfía de la escritura ha de vigilarla. El logos se destruiría sin la presencia de su padre.
La lógica de la escritura es suplementar a otro, repitiéndolo, imitándolo.

Por Marco Antonio Núñez

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