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Con el cambio en el estatuto del saber anunciado por la filosofía en los ochenta, la educación atravesó un proceso de diseminación en los nuevos procesos de producción de una sociedad que se globalizaba. Si releemos hoy la teoría económica que proponía Marx de las fases de subsunción capitalista de la sociedad y sus análisis de la tendencia hacia el mercado mundial encontraremos una explicación de nuestras políticas educativas basadas fundamentalmente en la transformación de las relaciones sociales y productivas más que en factores financieros y gestiones económicas.

En términos educativos la subsunción real hace referencia justamente a la subordinación de la educación al trabajo, cuestión que describe muy claramente Echeverría en su trabajo Ontología del Lenguaje cuando establece las nuevas taxonomías del trabajo contemporáneo como la superación de la distinción clásica entre trabajo manual y no manual en base a una tridimensionalidad de las tareas del trabajador no manual (o intelectual). Sus funciones no deben limitarse a su individualidad, sino ser ampliadas a las actividades de coordinación y al trabajo reflexivo de aprendizaje para establecer un análisis de las “competencias conversacionales” como un modelo para solucionar el problema de la productividad del trabajo intelectual.

Esta nueva forma de organización del trabajo incentiva la creatividad y la comunicación, en vez de reprimirlas, codificándolas para luego transformarlas en tareas repetitivas, que permiten la elaboración de consignas y de rutinas que producen efectos subjetivos y, finalmente, la transformación real de las prácticas y acciones de los sujetos. En otros términos, la creatividad se hace rutina para ajustarla a las necesidades de la empresa. Es lo que Deleuze, y luego Negri, Hardt, Virno y Lazzarato entre otros filósofos, coinciden en conceptualizar como “sociedades de control”. Visualizamos en este trance, por una parte, la explosión del capitalismo en tanto captura la superficie total del territorio mundial (instalación de las democracias liberales globalizadas acordando TLCs por doquier), y por otra, la implosión del capitalismo pues intensifica su dominio y control en el estadio de la subjetividad, que es el territorio de acción de la educación. para controlar las acciones (no sólo en el trabajo, sino para toda la vida) de manera de optimizar la productividad permanentemente.

El trabajo, por tanto, requiere una nueva educación. Las reformas educativas entonces, surgen de este nuevo estatuto del saber, surgen de los cambios en los sistemas de producción, surgen de las transformaciones en el trabajo. Es así como en el Informe de la Comisión Scans para América 2000, documento del Departamento del Trabajo de los Estados Unidos, fechado en 1992 y titulado Lo que el trabajo requiere de las escuelas, se establece la necesidad de una reforma educacional capaz de formar competencias para los nuevos requerimientos que exige la transformación del ámbito del trabajo. Madrid, 2006).

¿Cómo abordar entonces el problema que supone enfrentar hoy la gestión de un espacio educativo desde la óptica de la empresa educativa sin preguntarse por la función de la educación en tiempos en que el mercado es el soporte y fundamento de toda acción humana? Si la educación como proceso de emancipación de los seres humanos se debatía en la aporía conservación/transformación, dialéctica que permitió a la historia de la humanidad cuestionarse constantemente los sistemas y procesos por los cuales se educaba, ¿por qué debemos asumir hoy acríticamente y acéfalamente la sumisión de los procesos educativos en función de la productividad de los nuevos mercados del trabajo? ¿Por qué pensamos unilateralmente que el bienestar de las personas y por ende, su felicidad material y espiritual se debe acotar a las competencias que desarrollen en su vida por (y para) el trabajo? ¿Por qué se asume la interpretación de la realidad democrática liberal globalizada como una verdad obvia y como el mejor de los mundos posibles, cuando constatamos que sólo algunos disfrutan de su progreso y muchos otros más bien lo padecen? ¿No nos ha enseñado la historia hace mucho tiempo que todas las sociedades que confunden realidad y verdad pierden la perspectiva y por lo tanto pierden la capacidad de cuestionar las condiciones que han posibilitado el estado del mundo en que viven?.

Escritor: Jorge Olivares

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