COMPETENCIAS Y COMPETITIVIDAD. UNA DICOTOMIA POSTMODERNA DE LA EDUCACION SUPERIOR

Aludir al concepto de competencia en los procesos educativos, ya no constituye ninguna novedad. Es más, el término ha sido tan usado que las definiciones sugeridas, además de ambiguas y abundantes, son increíblemente dispares. Al parecer el problema para los involucrados en la formación profesional ya no radica en definir claramente este noción ni en circunscribirla al ámbito educativo. Sino en orientar la concepción general que se tiene de competencia para responder a intereses particulares.

Hemos llegado a tal punto de manipulación de la palabra competencia que en esta posmodernidad gobernada por el libre mercado, podríamos asumir irónicamente que uno de sus sinónimos es la competitividad. para cubrir sus expectativas de producción. Así lo manifiesta Barnett . Además; esta demanda va ligada al imperativo de competitividad que asumen los que postulan a un puesto de trabajo y los que se preparan en los centros de formación superior.

Cabe aclarar que no denostamos a la competitividad per se, pero si a su desmedida prevalencia en el quehacer educativo. Incluso, esta corriente ya se ha instalado en centros de educación básica regular, entre los cuales por ejemplo; se ha difundido el pernicioso hábito de promover “colegios preuniversitarios”, como si el único objetivo de la escuela fuese el de formar postulantes a la universidad y no el de formar ciudadanos. Otra evidente práctica falaz, es la de medir competencias tomando pruebas de admisión con carácter selectivo a niños preescolares. Esta errada concepción de competencia (avalada generalmente por los padres de familia), se torna pues en rivalidad (competitividad) entre niños que deberían estar preparándose para la vida en valores y no ser arrastrados por esta salvaje concepción mercantil de la educación. Resulta entonces predecible que los niños, jóvenes y después los adultos se caractericen por poseer un alto grado de individualismo, lo cual repercute en la degradación social que percibimos.

Para dar sustento a estas aparentes digresiones sobre el tema, podemos señalar un ejemplo clarísimo del uso los conceptos de competencia y competitividad en la formación profesional y la forma como se entienden en su aplicación. Pero, he aquí el grave error en el que se incurre, porque según el mismo autor; estas competencias requieren como factores indispensables de su consecución, el conocer y el tener una actitud favorable hacia el conocimiento. Lamentablemente este facilismo docente tiene gran acogida por parte de los estudiantes que se preparan para ser técnicos dentales ya que es evidente que en muchos casos, sus expectativas poseen un carácter exclusivamente económico, dejando de lado la naturaleza primigenia de esta profesión, que .es la de servicio.

Vemos pues, que aquí prevalece el individualismo (competitividad) por querer ser parte de este sistema en el cual se nos han programado para creer que el profesional exitoso es aquel que produce, vende y consume más. Dicho esto; podemos esbozar a partir de este ejemplo, una conclusión: En el sistema educativo que prevalece en nuestros días; se puede advertir claramente la existencia de una dualidad que involucra a las nociones de competencia y de competitividad, pero ésta dicotomía se transmuta en una maliciosa fusión de sus conceptos.

Escritor: Carlos Antonio Requena Cordero

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