CONSCIENTES DEL ROCK:

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Nací casi al final de la dictadura militar que marcó profundamente la historia reciente de Chile. Desde pequeña, mis padres se encargaron de mostrarme, en la cotidianeidad, diversas visiones sobre el régimen; propaganda política, cuentos, cómics, pero por sobre todo música. En ese entonces, para mí eran canciones bonitas, en ocasiones graciosas, pero con el correr del tiempo se fueron transformando, primero en la banda sonora de mi vida, y luego en una forma de conocer, de acercarme y de oír el pasado. En ellas encontré la manifestación de diversas sensaciones, pues tenían enquistadas en sus acordes el pesar, el mal-estar, el sufrimiento: eran los testimonios de una historia dolorida, cantada por sus protagonistas. Me tardé en entender que a partir de sus letras podíamos re-crear o reconstruir esos momentos; en hacer consciente que a través de ellas yo había aprendido a ver el presente no sólo como un eslabón suelto o un resultado azaroso del devenir humano, sino que como un producto del actuar intencionado de sujetos. A raíz de esto, me pregunté sobre mi propia experiencia con este pasado, y recordé el colegio, la escuela.

¿Qué reacción habría causado en nuestras cabezas de estudiantes, si la profesora de Historia hubiera puesto en clases una canción de «Los Prisioneros», en vez de leer unas páginas del libro? ¿o si para conversar sobre las características del Chile de los 70’s hubiéramos escuchado a «Aguaturbia»? ¿Qué hubiéramos hecho mis compañeros y yo, si la profesora nos hubiera mostrado a «Los Tres» para ver el período de la transición democrática? ¿qué habría cambiado? ¿habría ayudado de alguna forma al proceso de la construcción conciencia histórica el simple hecho de acercar el pasado por medio de un elemento tan cotidiano como la música?Me planteo estas preguntas partiendo de una inquietud personal, porque paradójicamente, al intentar vincularla con parte de la realidad de la enseñanza de la Historia, surgió como un ruido generando ese tipo de cuestionamientos. Podría parecer algo pretencioso, hacer una tríada entre la construcción de la conciencia histórica, la música y la pedagogía. Sin embargo, no se trata de un planteamiento descabellado, tal vez poco abordado o incluso simple, porque viene de una inquietud diaria, o más bien del ejercicio de la escucha que se proyecta a través del tiempo por medio de algún son, que cada vez que se oye, trae el origen, o a ese ayer que constituye el ahora.

Siempre estamos recordando a través de diferentes herramientas, de diversos elementos y técnicas, y en ese sentido los docentes de Historia estamos llamados a facilitar ese ejercicio guiando a los estudiantes. Este proceso es mucho más expedito cuando se trata de un pasado reciente, es evidente que mientras más reciente un hecho (incluso banal) es menos complejo recordarlo.Por lo mismo, ese pasado debe ser accesible, amable al entendimiento de los estudiantes, para que su historización cobre sentido, se estructure y permita comprender el mundo, sus lógicas, sus estructuras, su misma posición, para tal vez ser capaz de modificarlo. Pero, como docentes, no sólo se deben plantear metas o entender la importancia del pensamiento histórico, sino que, como lo he planteado, es indispensable entregar y construir herramientas «amigables» para facilitar el logro de objetivos. El mismo currículum propone en segundo medio, que para investigar la historicidad del tiempo presente es posible hacerlo:»a través de recopilaciones de testimonios históricos que se encuentren en su entorno próximo (…) y de relatos de personas de su comunidad.” (MINEDUC, 2005:102).

Estos testimonios, son en definitiva manifestaciones humanas que les permitirían a los estudiantes no sólo acceder al conocimiento histórico desde elementos propios de la vida diaria, sino que profundizar el diálogo con él. Si existen la intención dentro del currículum y por parte de la disciplina, como lo plantea Tribó, el propósito de vincular diversos elementos del contexto diario para utilizarlos como fuentes históricas para abordar la historicidad situada en un contexto temporal y social, la propuesta de preguntarse si la música responde a esos elementos para configurar la conciencia histórica bajo la enseñanza de pasado reciente de Chile, no deja de ser atingente a los requerimientos tanto de la práctica docente como de las teorías sobre ella.

Surgen entonces interrogantes al respecto ¿Qué tal si para entender a la sociedad actual escuchamos música?, ¿qué tal si recogemos esos sonidos (que llamamos música), que conviven a diario y los trasladamos a las aulas para ver qué nos tienen que decir y que tenemos que rescatar sobre la Historia?, porque todos en algún momento hemos tarareado una canción ¿qué nos tendrán que decir los profesores con respecto a esta idea? Son ellos los responsables de guiar el proceso de enseñanza/aprendizaje y quienes deben comprender el contexto de sus estudiantes para que sea parte de sus clases.

¿Podrán esas prácticas sociales, hacer el suficiente ruido como para movilizar la conciencia?, ¿será posible que dejemos entrar a la sala de clases a los sonidos con los que convivimos? Sonidos movilizadores que intenten posicionarse como médium del pasado, que tenga como tarea despertar memoria, hablar y re-construir un determinado contexto histórico, sonidos que suenen fuerte, para sacudir a la conciencia dormida, tal vez sea «la vertiente rebelde y disconforme del rock la que nos ayuda más que otro tipo de estilos musicales para analizar como este ha respondido a ese devenir histórico» (Torres, 2007:16) se asoma con mayor fuerza para responder a esos requerimientos, producto justamente de su lógica trasgresora y disconforme con lo establecido.

Ahora bien, ¿querrá llenar espacios en la enseñanza?, ¿dejará su inherente rebeldía que analice sus potencialidades?, ¿qué tendrán que decir los profesores? Tal vez las baterías, las letras, los solos de guitarra puedan romper los oídos…

Escritor: Sandra Diaz Contreras

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