EL MATONEO: ¿CAOS O POSIBILIDAD?

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En una sociedad tan fría, indiferente y poco condolida por el sufrimiento del otro, no es raro escuchar a través de los medios, que curiosamente bajo estas mismas características lo hacen, noticias acerca de hechos de violencia, agresión y muerte de estudiantes en los alrededores, pasillos y aulas llamadas “de ciencia y saber” donde todos nuestros hijos asisten para formarse como mejores personas, grandes ciudadanos y colombianos orgullosos de su terruño. Tristemente, es un fenómeno del que ya se habla con “cierta normalidad” ya que a pesar de las continuas denuncias de los estudiantes, de la queja de padres y educadores, de la visitas de la Secretaría y el Ministerio de Educación, de la misma Policía de menores y de otras entidades, que de momento se muestran preocupadas, no se han logrado mayores resultados frente a la disminución de este flagelo que ha llegado inclusive a enlutar muchos hogares y porqué no decirlo, a terminar la alegría y el deseo de vivir de muchos nIn@s y jóvenes que acudieron a un plantel educativo, para prepararse, ser alguien en la vida y convertirse así en el orgullo de una familia y una sociedad.

Algunos hacen alusión a que bullying o matoneo escolar, es sólo una causa más sumada a muchas que han llevado a esta sociedad a ser un escenario de conflicto, no solamente ahora, sino desde siempre; otros opinan, que es una grave consecuencia del desequilibrio emocional, social y particularmente familiar, por el que atraviesa nuestra colectividad. En mi opinión, no es fácil determinarlo, pero lo que sí es claro, es que hoy por hoy, no solamente las armas blancas, los disparos o una enfermedad puede llevar a las personas a la tumba, sino que existen otro tipo de artefactos como la agresión física, el desprecio, el rechazo, la crítica destructiva, la burla humillante y el continuo irrespeto en todas sus formas, que matan la dignidad, el amor propio, la alegría de vivir, la pasión por los sueños y el deseo de luchar; alguien dijo que “sentirse fracasado es peor que sentirse humillado y que del fracaso nace el suicidio.» (Anónimo)

Pero la pregunta que siempre queda flotando después de escuchar a quienes han sido las víctimas, los afectados y las personas que han de seguir de luto, es ¿y si las autoridades competentes no han podido poner fin a este flagelo en las Instituciones Educativas, qué podemos hacer nosotros realmente para cambiar esta situación?

Desde mi sentir, mi pensar y mi compromiso como madre, educadora y ciudadana, la única solución está en nuestras manos: cuando la familia recupere la autoridad, la exigencia, tenga el tiempo para dialogar con sus hijos y eduque realmente en valores éticos y morales que hagan de ellos las personas y los ciudadanos de bien; cuando los educadores en las aulas, recordemos que ser educador no es solamente una profesión o un compromiso salarial, sino que detrás de ello existe una misión sagrada, que apoya la familia y forma realmente a las personas y futuros profesionales capaces de aportar a una sociedad; cuando los entes gubernamentales tengan la certeza que las leyes son para hacer crecer una sociedad y no para hacerla decrecer con la impunidad y quitando la autoridad a quienes la tienen; por ejemplo, la Ley 1620 de 2013 “Por la cual se crea el sistema Nacional de convivencia escolar y formación para el ejercicio de los derechos humanos, la educación para la sexualidad y la prevención y mitigación de la violencia escolar”, ¿ha tenido hasta el día de hoy algún efecto de transformación? ¿Ha sido evaluado su impacto? pero definitivamente podrá ser, cuando los adultos aprendamos a convivir como seres humanos, porque como dijo Martín Luther King” Hemos aprendido a volar como los pájaros y a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir juntos como hermanos”.

Por fortuna, aún quedan los grandes pensadores, las personas buenas, los jovenes comprometidos con su futuro, aquellos que desean ocuparse de esta situación y de otras, producto de ella. Hablo también de quienes, como ustedes o como yo, enfrentamos la dura labor de seguir luchando en las aulas, en el seno de las familias, en las oficinas, en la calle, a través del internet, mediante una revista, tal vez a través de canciones y escritos, contra la demoledora indiferencia de quienes nos ven como “sapos” o “entrometidos”; muchos llegan a silenciarse… mi apuesta es decirle a todos los que piensan y quieren lo mejor para sus hijos y mis hijos, que vale la pena, por un lado, seguir luchando, formando, educando, hablando, riendo y tolerando con respeto, al Padre de familia, al Educador del colegio, al hij@ de mi vecino, a los compañer@s de mi hijo, a los ciudadanos que todos los dias comparten mi espacio en la via o en el transmilenio, a los compañeros de trabajo y al jefe; y por el otro, hacer bien las cosas, cumplir con el deber asumido y trabajar hasta el último momento con dedicación y compromiso. El ejemplo a nuestros menores, por supuesto, es el punto de partido para una convivencia sana y tranquila.

Ciertamente que el conflicto siempre ha existido, pero ¿desde cuándo la naturaleza se empeñó en que nuestros hijos se conviertieran en homicidas o suicidas? y ¿desde cuándo la naturaleza ha cambiado tanto que los Padres han de sepultar a sus hijos, cuando debiera ser lo contrario?

¡Es hora de comenzar… el cambio comienza por mí y por tí!

Escritor: María Amparo Díaz Urrego

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