¿Es posible un cambio en la educación de nuestros adolescentes?

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A lo largo de las últimas décadas, la decadencia que ha sufrido nuestra educación ha sido más que evidente. La Ley Federal de Educación del año 1.993 pretendía establecer valores de libertad, equidad e integración. Sin embargo, esta utopía quedó en los ideales de quienes la pensaron. Sí logró que la brecha entre el adolescente y el adulto sea mayor. Sí logró que el adolescente no pensara en su futuro.

El adolescente actual es considerado un joven desinteresado por su futuro. Todos los adolescentes parecen compartir una idea precaria del futuro. Este concepto es parte del imaginario social sobre los jóvenes de hoy. La mayoría de los docentes consideran que es muy difícil lograr que los estudiantes demuestren interés en sus clases, los consideran seres apáticos, rebeldes e irrespetuosos, y los responsabilizan a ellos por esta situación. Los profesores de nivel medio no logran adaptarse a este tipo de alumno, que rechaza o no está interesado en todo lo que se le ofrece.

Sin embargo, es necesario reflexionar y decodificar esta falta de interés, no como falta de interés absoluto, sino como falta de interés en lo ofrecido, simplemente. Cuando el alumno no responde a las estrategias de un profesor, este debe reflexionar y criticar constructivamente su práctica y hallar otras maneras de llegar a ese alumno. Gracias al avance de la tecnología, esta situación se ve menos distante.

El adolescente de hoy en día es definitivamente un nativo digital. La brecha entre los profesores y ellos mismos es amplia, ya que los primeros, en el mejor de los casos, son inmigrantes digitales. El nativo digital pertenece a una comunidad de jóvenes y niños que han crecido rodeados de la última tecnología, formando esta parte de su cotidianeidad. El inmigrante digital forma parte de una comunidad con características opuestas a las nombradas, ya que precisan y se desenvuelven con productos tangibles tales como libros y películas de celuloide. El nativo digital sabe utilizar dispositivos informáticos sin esfuerzo y sin que nadie les haya enseñado a hacerlo. Por otro lado, el inmigrante digital precisa ser enseñado formalmente a utilizar estos productos, son incapaces de aprender por ellos mismos y en línea.
Irónicamente, el año 1.993 es el año considerado separador de estas dos categorías.
A pesar de estas diferencias, el profesor debe dar su mayor esfuerzo para encontrar la mejor forma de utilizar estas características de sus alumnos como herramientas en su práctica docente. Es imperativo que los profesores hagan un salto de calidad y se integren al siglo de la revolución en la cultura del aprendizaje. Ya no es posible exponer una lámina en clase y pretender que sea estudiada palabra por palabra. No es posible pretender que los alumnos escuchen una lección por veinte minutos. No es posible que lean un texto monótono sobre un tema ajeno a su realidad. No es posible separar el mundo de la vida del mundo de la escuela. El primero debe integrarse al segundo de manera tal que el aprendizaje sea significativo y útil.
La escuela aún cree ser la única poseedora de los saberes legítimos e ignora que el adolescente trae consigo su lenguaje y su cultura. Esta situación debe cambiar.
Es necesario plantear desafíos que alienten a los jóvenes a aprender, es preciso estimular todos los sentidos con las tareas a desarrollar en el aula, ya que ellos son capaces de realizar varias tareas a la vez. Chat, web, correo electrónico, foros, blogs, todas estas son herramientas a utilizar, que despertarán el interés de los adolescentes. La ecología, la libertad, la paz, los derechos humanos, la defensa de las tradiciones, la expansión de la conciencia, el rock, las estéticas juveniles, todos son temas de interés que se pueden profundizar hasta llegar al contenido que debemos impartir.
El acercamiento al joven por parte de los profesores no debe ser a partir de sus prejuicios y preconceptos del adolescente.
En ciertas situaciones lo que se intenta es obviar los problemas y un real compromiso con la vida personal de los alumnos. Pero ese no debe ser el camino a seguir. Todo buen docente debe conocer a su alumno: conocer sus inquietudes, sus intereses, sus quejas, lo que le molesta, lo que lo divierte. Sólo es cuestión de usar la imaginación, reflexionar, recapitular la propia adolescencia, empatizar con el adolescente actual. Es así que podrán vislumbrarse mejores resultados.
Para finalizar, me gustaría enfatizar que los jóvenes no están fuera de lo social. No podemos vivir de un pasado que no se asemeja al presente y culpar a los adolescentes de hoy por no ser como fueron los adolescentes del ayer. Nuestra responsabilidad como adultos y docentes es entenderlos, acompañarlos, guiarlos y, principalmente, escucharlos sin juzgarlos, sin generalizar. La juventud debe ser percibida como relación, y el joven como posibilidad, y debemos hacerlo visible, considerando y reconociendo sus capacidades.

Escritor: Romina Flores.