Estructura del origen simbólico de los mitos: diferentes perspectivas para el hombre religioso y el profano.

Los espacios que visitamos habitualmente y en el que vivimos se encuentra representado por una carga simbólica más importante de la que pensamos, desde principios del mundo se realizaban diferentes ritos en los que estos espacios se construían a partir de un sacrificio o un hecho simbólico y que justificaba dicho espacio como parte de un hecho mitológico, es así como, el hombre a través de los años se ha dividido ante dos creencias, lo sagrado y lo profano. Para el hombre moderno la naturaleza y todo lo que está en ella se ha convertido en algo que está allí y nada más, es decir, carece de una carga espiritual, para el hombre religioso cada parte de la naturaleza lleva consigo una carga de sacralidad, es una especie de representación de lo sagrado y se debe respetar así, cada elemento en el que ella convive puede ser una representación divina de dioses o seres divinos y a través de ella manifestarse.

Cuando el hombre profano u hombre moderno aparta esa carga de religiosidad niega cualquier existencia de algo intangible y por ello se transforma en un ser que es solo lo que ve, negando su procedencia, su origen mítico y cultural desde tiempos remotos. Es así como se establece desde el principio del texto una división entre lo sagrado y lo profano y el hombre moderno contra el ser religioso arcaico. A partir de esta contraposición y de la carga histórica de las sociedades se van deslindando las dicotomías del ser, de sus creencias y de su espacio, de lo que cree y lo que no. El espacio de lo sagrado para el hombre religioso es homogéneo, territorialmente hay una demarcación entre el espacio sagrado y el profano, es decir, existe un punto exacto sacro que debe respetarse como tal, como es el caso de las iglesias, cuando entramos en una de ellas, se dice que estamos ingresando

en un espacio sagrado o “la casa de Dios” en nuestra cultura, y a partir de allí se establece un respeto y una serie de acciones limitadas por el significado de dicho espacio. A diferencia del hombre profano para él todo territorio es igual, no existe una sacralidad en ningún espacio que conforme, sin embargo no puede negar su historia, su procedencia y su origen, es por ello que cualquier hombre, religioso o no, se encuentra en un mundo ontológicamente fundado por estereotipos geográficos basados en lineamientos sagrados, La manifestación de lo sagrado fundamenta ontológicamente el Mundo (Eliade, 1981: 32).

Todo para el hombre religioso debe estar constituido de una manera referencial en el sentido en que, para él la organización del mundo debe partir desde un punto en específico, todo debe estar constituido a partir del centro. Es así como en diferentes culturas y tradiciones se elegía ese espacio sagrado de una forma singular, ya sea de modo natural, por indicios o de manera provocada o inducida, es decir, como Eliade señala en un ejemplo, se escoge un animal y se deja suelto por espacio de unos días, luego donde se encuentra se sacrifica y allí se construye el templo y a su alrededor el pueblo, este nuevo espacio en donde se funda el pueblo es originario o nace a partir de un simbolismo que se requiere para formar el nuevo mundo.

Cabe destacar que los españoles establecieron sus pueblos de otro modo, el lugar descubierto se construía a partir de la simbología de clavar una cruz en el territorio conquistado y con esto catalogaban a dicho territorio como “un nuevo nacimiento”. En cuanto a la necesidad del hombre por la trascendencia, ésta ha permanecido a través de los años, ya que, de orígenes remotos simbólicamente se ha establecido una forma para cruzar el umbral, y podemos encontrar en este texto ejemplos de ellos como la iglesia y la escalera más alta que nos lleva a la comunión con los dioses, en el poste sagrado de los achilpa ocurre lo mismo, roto

el poste no hay una trascendencia hacia el cielo y por lo tanto se hayan perdidos y sin rumbo hasta que deciden dejarse morir. El centro del mundo para el hombre se ha representado simbólicamente de diferentes formas y varía según las tradiciones y culturas de ellos, en general este centro lo establece en tres niveles: tierra, cielo y regiones infernales, por lo alto encontramos el mundo de los dioses, por lo bajo el mundo de la muerte, como dice Eliade, y en el centro se encuentra el ombligo del mundo que sería la tierra, es decir, entre más alto nos encontremos, más cerca estamos de los dioses o de Dios que generalmente es asociado a la paz, la montaña para este caso es el vehículo transitorio hacia las divinidades y por ello en diferentes partes del mundo es la zona más alta la que simboliza ese espacio sagrado.

El universo según Rig Veda ha sido creado a partir del centro al igual que el hombre a partir del ombligo, para este caso el ombligo de la tierra y según la tradición en Mesopotamia se crea de esta manera, por esto vale acotar que “el santísimo ha creado el mundo como un embrión. Así como el embrión crece a partir del ombligo, Dios ha empezado a crear el mundo por el ombligo, y de ahí se ha extendido en todas las direcciones” esta cita explica perfectamente la carga simbólica que en cada aspecto del mundo se mantiene para diversas cosas; la creación del mundo, de sus pueblos, de sus iglesias y como se representa la montaña de manera cósmica, estableciendo la cercanía al cielo y el puente para algún contacto con los dioses. El ombligo para este caso constituye la parte central de la creación ya sea para el humano, para la tierra y para el mundo.

Fuente Bibliográfica:
Eliade, M. (1981). Lo Sagrado y Lo Profano. Madrid: Ediciones Guaderrama, S.A.

Escritor: Dayana Suárez

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