FRAGMENTO.

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No sé cuánto tiempo llevo postrado en este lugar; uno, dos, tres, cuatro o cinco días, semanas, meses (o años incluidos y tal vez inconsciente a la vez, lo que significaría que divago el tiempo que he puesto a disposición de la lógica racional-temporal, en función de la memoria que aún respiro. Con esto, lisa llanamente, quiero decir que solamente estoy elucubrando algún tipo de tiempo real para ubicarme), me parecen muy pocos para creerlo posible o imaginariamente creíble. No sé con certeza de detective jubilado, en medio de asalto, qué es este lugar que me rodea o las circunstancias exactas que me llevaron hasta aquí, hasta esta situación de la cual quisiera no marginarme imprevistamente.

Quiero imaginar que llegue por mis propias piernas, caminando sin esfuerzo y con la valentía de un hombre que arroja sus miedos a un baúl de recuerdos que será abierto más tarde, en medio de la noche, por un niño con figura de ángel en espera. Más fácil sería confiar o creer que es una cárcel que diseñaron exclusivamente para encerrarme como un individuo de experimento que posee todas las cualidades perentorias y necesaria para rajarme y cerrarme en vaivenes constantes, entre el cuchillo y el bisturí, entre la gaza y el algodón; remedio de los que no responden con anestesia incluida o fuente de desahuciados a priori. No quiero decir con esto que estoy a la deriva de la vida, o sea, próximo a la muerte, pero si la muerte me corteja, prefiero entender que ella se complace en verme como un digno ejemplar que dejará y llegará a la tierra para nutrirla como un abono.

Por lo demás, no sé si una cárcel o una parte de ella serviría para desarrollar algún tipo de intervención sobre mi cuerpo inutilizado, aunque más que cuerpo, y para ser lo más honesto conmigo mismo, y a pesar de causarme horror y lástima, parece ser de estos cuerpos-cadáveres que son manipulados por los estudiantes de medicina, para experimentar en función de su formación, que más adelante socavarán en sus pacientes inofensivos, a la suerte de quien sabe qué decisión inoportuna. Seguramente que un médico estaría deshonrado de trabajar en tales condiciones, sin tener la mínima aprobación de su familia, que vería en ello un retroceso de su status o un hobby inoficioso de causa social humanitaria.

Las paredes que me circundan, semejantes a un frigorífico, que por lo demás parecen estar ataviadas de diminutos visores que concentran toda la información que se puede extraer de esta sala que parece o se asemeja a una de reclusión, presentan todo tipo de rayas inconexas, grietas, deformaciones y malformaciones que bien podrían acercarse a la fisonomía de mi persona o mimetizarse con mi historia personal, que dicho sea de paso necesario y fundamental para comprenderme, tiene relación con un sueño inocuo y hasta ese momento premonitorio, que más adelante detallaré de sobremanera. Los sueños, como dice un antiquísimo pensamiento o reflexión japonés, “aquellos que embargan nuestras vidas para avizorar la quimera de las ilusiones humanas, que terminan en el pacto del silencio y que duermen con destino incierto y falaz.

Quizás son años que no he logrado ni siquiera estirar mis piernas o mis brazos. Quizás soy el mismo de siempre, sólo que para aceptarme tal como soy debo creer que he sufrido algún tipo de transformación que no ha cambiado la apariencia que tenía, antes de entrar en este estado. Tendrían que presentarme un certificado de estadía para tener la mínima certeza del tiempo que ha transcurrido sin que dude de todo lo que ha pasado; luego, que de vez en cuando, se me ocurre tocarme el cuerpo y encontrarme con una nueva cicatriz que significa, por supuesto, que me han intervenido sin mi consentimiento.

Tampoco sé si soy yo mismo o me volví a transfigurar: cada vez que vuelvo a abrir los ojos, nace en mí un nuevo hombre que es distinto al que respiraba sin un aliento de desahucio. La gente alrededor (que deben ser en último caso enfermeras por el aspecto que tienen, porque al parecer el doctor aparece minutos antes de irse a su domicilio) me mira y sé que mi estado catatónico-paralítico me impide, a lo menos, tener el más ínfimo acercamiento gestual con otras personas que me visitan de vez en cuando y que realmente no sé quiénes son. Creo encontrarme en un vacío (¿existencial o demencial?). Mi conciencia, en la medida en que me lo permite, no vislumbra más que una serie de introspecciones superficiales, nimias o esporádicas que escapan a otros laberintos de mi consciencia confundida.

Alcanzo a ver de forma muy difusa y ambigua los colores, o más bien los matices de colores que atraviesan mis pupilas decaídas y estrelladas en el abismo bicolor de lo blanco y lo negro. Las palabras de Damián reflejaban en cierto modo, y quizás sin necesidad de decirlo con todas sus palabras, el único espacio de reencuentro consigo mismo. ¿Sería así?”.

Autor: Darwin Quezada

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