GÉNERO Y ENFERMERIA

Al hablar de la enfermería como profesión, enmarcada dentro de una sociedad tan compleja como la actual y tan diversa y tan diferente ante otras profesiones, ha hecho que se atribuyan estereotipos de género en la práctica de diferentes disciplinas, lo que hace que se señale y se juzguen los gustos de las personas. Toda la formación que he recibido como estudiante de enfermería ha creado en mi una motivación por conocer “el por qué de las cosas” para así poder darles una mirada crítica y argumentativa; hablamos entonces que un pensamiento reflexivo debe caracterizar a un enfermero.

Uno de esos sucesos que llamó mi atención en su momento, fue el por qué la sociedad en general suele asociar la palabra enfermera con profesional de enfermería; así que desde hace algún tiempo, esa asociación un poco mística (enfermera-profesional de enfermería) cautivó en mi aún más interés; en algún momento llegué a creer que la aparición de los hombres en la enfermería era reciente y que debía aceptar que desafortunadamente los hombres no habíamos hecho nada por esta profesión, y que de alguna manera tenían todo el derecho a llamarme “enfermera.” Con la idea de sustentar este escrito, decidí ponerme en la tarea de consultar la historia de la enfermería y confirmé que en definitiva los hombres somos de gran relevancia en el pasado, presente y futuro de esta profesión.

Así que el objetivo de este escrito es dar a conocer la importancia histórica de la masculinidad en la enfermería además de hacer un análisis de la realidad y de los obstáculos del estudiante de pregrado de enfermería. La historia de la enfermería lleva consigo una fluctuante amistad con el género masculino, ya está escrito por autores estadounidenses como Chad O’Lynn, Russell Tranbarger y Vern Bullough que han dedicado gran parte de su vida a rescatar lo que ha sido “verdaderamente” la historia de la enfermería, la evolución de la misma y la importancia que han tenido los géneros (femenino y masculino) en la construcción de esta profesión, y que lamentablemente no se encuentra en los libros frecuentes de referencia bibliográfica y consulta histórica de enfermería.1

Para iniciar a hablar sobre los hombres en la enfermería, debemos retroceder mucho antes de la edad media, donde un grupo de hermanos laicos dedicaban toda su vida de servicio a cuidar a los enfermos, además, para esa época las mujeres eran sinónimo de enfermedad, se consideraban manchadas por el pecado y era de muy mal pronóstico que una mujer se acercara a una persona enferma, así que los hombres eran los únicos encargados de aliviar la enfermedad; más adelante las casas monásticas fueron creadas con ese fin, personas de alta sociedad, en especial las mujeres (recordemos que no estaba bien visto que ellas un participaran en el cuidado de los enfermos) guiados por monjes y monjas realizaban su labor caritativa curando enfermos. De tal modo, iniciamos nuestro recorrido dejando claro que mucho antes que Nightingale apareciera, el concepto de cuidado a personas enfermas ya existía y eran los hombres de esa época quienes colaboraban de manera importante en la resolución de sus dolencias.1

Avanzando ya para el tiempo de las cruzadas, siglos XII y XIII D.C. Surgieron grandes órdenes militares caracterizadas por su rígida jerarquía, su autonomía y sus inmensos recursos, quienes proclamaron grandes batallas y triunfos. Se formaron alternas a estas, grupos de hombres con capacidades especiales para cuidar enfermos, designados con el nombre de Caballeros Hospitalarios, que además de atender a los heridos en las batallas, cuidaban a todos enfermos de la zona, esto fue de gran importancia porque ellos se encargaron de construir grandes hospitales en lugares de asentamiento. Tres de estas órdenes de enfermería sobresalen como las más famosas importantes de la historia: los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén (año 1.050 D.C), los Caballeros Teutónicos (año 1.191D.C).

Y los Caballeros de San Lázaro (año 1.200 D.C), como vemos, en este tiempo los hombres seguían formando parte importante del cuidado de los enfermos y los heridos de guerra. Y es en este momento histórico para la humanidad, en donde predominaban las guerras entre naciones y regiones, donde se inicia la desvinculación de los hombres a este rol, dando por primera vez después de mucho tiempo la inclusión de mujeres en este proceso; dado que para la 2º guerra mundial los hombres se convirtieron en herramientas de la guerra, siendo necesarios como combatientes y no como enfermeros, llevando esto a que, además de curar los heridos, en cualquier momento podrían convertirse en combatientes, y los que quedaban a nivel hospitalario cumplían una función únicamente administrativa, por esto se hizo necesario que las mujeres colaboraran con el cuidado y la vigilia de los enfermos.1

Siguiendo con nuestro recorrido tenemos que dar un salto de muchos años en la historia, pues con la inclusión de las mujeres en la labor del cuidado, la oleada de buenas razones por las cuales ellas debían ocupar el lugar de “enfermeras” desplazo a los hombres de esta profesión, haciéndola menos atractiva para este género. Los hospitales casi no recibían hombres porque encontraban un obstáculo que lo definían en dos palabras “¿Cómo alojarlos?” pues en las habitaciones dispuestas para enfermería vivían únicamente mujeres y tener un hombre ahí seria para problemas; la única excepción importante estuvo dada por los hospitales psiquiátricos, donde se creía que las enfermeras necesitaban mayor fuerza física, esto llevo a que se crearan escuelas para hombres únicamente entrenados para este tipo de servicios, como la fundada por el departamento de enfermedades mentales y nerviosas en el Hospital de Pensilvania o la escuela de Mills de enfermería para hombres en Bellevue, así la discriminación sexual era endémica, y puntualmente en la enfermería fueron los hombres los que sufrieron de ella.2

Ya hacia el final de la segunda guerra mundial, las condiciones para los hombres en la enfermería empezaron a cambiar, se abrieron matrículas para hombres en la escuela de enfermería e iniciaron a construir su espacio.2 Se inició con pasos lentos pero firmes, hasta que los hospitales comenzaron a aceptar hombres en sus escuelas y ellos a recibir diploma de profesionales.

La enfermería indudablemente y pese a la oposición de unos cuantos, cambió de manera radical. En Colombia, la incursión de la enfermería como profesión se dio dentro de un contexto político y social coyuntural, pese a las reformas feministas de la época y de la lucha contra la desigualdad género. La enfermería fue vista como una muestra de que las mujeres eran indispensables y únicas al proporcionar cuidado, así que existió una fuerte oposición por parte de las enfermeras, en que los hombres de alguna manera invadiéramos el territorio que se habían ganado con tanto esfuerzo. Se tienen datos que la primera incursión de un hombre en la academia de enfermería se dio a finales de la década de los 60; año 67 ó 68 con el Enfermero Félix Chiape de la Universidad Nacional y en el 69 con los Octavio Henao y Gustavo Echeverry de la Universidad del Valle y a mediados de 1975 en la universidad de Antioquia; obviamente con cierto reparo ante la sociedad y con casi las mismas condiciones de nosotros actualmente.3 Lastimosamente no existe un registro que verifique la evolución de la enfermería por parte de los hombres en Colombia, pero lo que si hay que subrayar es que cada día somos más.3

Como hemos visto los hombres han sido enfermeros siempre, sin embargo, aún se presentan obstáculos y debilidades que se han evidenciado de la observación y análisis de la cotidianidad. A nivel de mi percepción socio-cultural, los enfermeros o los estudiantes de enfermería hombres, son frecuentemente confundidos con médicos, son llamados “médicos frustrados” o “pequeños médicos”. Entre la sociedad se tiende a la desaprobación de ordenes cuando el profesional o estudiante de enfermería es hombre, también se ha observado que es puesta en duda la identidad de género y la sexualidad del profesional o el estudiante de enfermería hombre, junto con la falta de sutileza de la que son tildados, dada la estigmatización de rudeza que se tiene del género masculino.

Específicamente a nivel de pregrado, los obstáculos y debilidades se evidencian en la exclusión y poca oportunidad de realizar algunos procedimientos específicos de enfermería, que por petición del docente de práctica o el paciente, los estudiantes hombres no pueden efectuar; esto considero es discriminación de género; además de que habitualmente en todos las fuentes bibliográficas de enfermería, documentos legales, guías de manejo, protocolos y comunicados, entre otros, se generaliza a los profesionales de enfermería como enfermeras, además de la falta de herramientas para el crecimiento profesional, la poca participación de enfermeros en la docencia de los programas académicos, la falta de orientación vocacional a los hombres y de conocimiento histórico, la alta deserción escolar y la falta de incentivo a estudiantes y profesionales hacen difíciles las condiciones para la formación de un enfermero.

Aunque en Colombia las condiciones actuales no están propiamente diseñadas para el desarrollo de un profesional de enfermería hombre, es labor de nosotros como estudiantes, profesionales y docentes empezar con estos recursos (y no solo los hombres) para que nosotros, tengamos el reconocimiento y espacio que merecemos en esta, nuestra profesión. Es inevitable e ilógico que nos neguemos al cambio, debemos aprender a valorar a enfermería no con un sesgo femenino, debido a que está demostrado que la profesión no tiene sexo, no tiene edad y por el contrario tiene muchas cosas que aún hacen falta. Si nos quedamos en el enfrentamiento de qué genero es mejor cuidador, lo único que causará es obstrucción del proceso; la unión hace la fuerza, no desmeritemos a nadie, reconozcamos que los hombres tenemos derecho a ser llamados profesionales de enfermería (y no enfermeras) y que al igual que las mujeres, nuestro único interés es llevar esta ciencia, arte y profesión a lo más alto; nosotros al igual que las mujeres sólo queremos lo mejor para enfermería.

Para concluir y como futuro enfermero me siento orgulloso de portar esta bandera y de compartir mis conocimientos con las personas que se interesen por estos temas; espero que a partir de hoy iniciemos ese pequeño ejercicio de llamar al colectivo profesionales de enfermería y no enfermeras, porque “Cuando los estereotipos de sexo cambian, el etiquetado disminuye y si el etiquetado disminuye, la producción aumenta”. Recordemos que la enfermería no es un género, es una profesión.

BIBLIOGRAFIA

1 Hernández A. La masculinidad y los empleos no tradicionales: El caso de los enfermeros, La ventana.1998. Revista de estudios de género, núm. 7, paginas 271-287.

2 Concha G. Género y enfermería. Index Enferm. 2004; 13(46): 07-08.

3 Cortes R. Enfermería Profesional en Colombia. 2006. Fecha de consulta: 11 de Mayo 2012. Disponible en: http://www.encolombia.com/medicina/enfermeria/revista9406/Memorias1.htm.

Escritor: Wilson Quintero González

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