HACIA UNA CULTURA DE PAZ

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Después de tener un contacto muy cercano con muchas realidades en distintos países vecinos y en razón de mi condición de educador me veo en la necesidad de disertar sobre una dimensión y una necesidad sociológica que, en mi humilde juicio, debería ser constitutivo en cada uno de nosotros: la paz. Tengo la plena seguridad que ustedes, en alguna situación de su vida, han sido testigos o partícipes de uno o varios hechos que atentan contra la paz. Ahora, pues bien, antes de abordar este tópico quiero empezar aclarando y profundizando algunos términos que serán claves para su comprensión y aplicación para ser actores y constructores de la paz.

Primeramente, precisaremos “cultura de paz” y luego, obviamente, hablaremos sobre cada uno de nosotros (“sujetos sociales”). Cuando hablamos sobre la “cultura de paz” entendemos a todo el esfuerzo que hacemos para modificar, no sólo nuestras actitudes, sino también nuestras mentalidades, esta última es más difícil de cambiar; todo esto con la finalidad de promover la paz, mediante la transformación, prevención de conflictos, restauración de la paz y la confianza, no sólo en poblaciones que emergen de la guerra, sino también en las instituciones educativas, centros de trabajo, los parlamentos, familias,… Seguidamente, la categoría “sujeto social”, para referirse a nosotras y a nosotros mismos, hombres y mujeres, es propia de la cultura moderna.

Anteriormente prevalecían dos términos: el de ser humano, de origen filosófico desde la antigua Grecia, sugería a grandes rasgos una idea abstracta y genérica que nos homogeneizaba y diferenciaba como especie dentro de las demás especies animales; el otro, criatura, proveniente de la teología y generalizado durante el medioevo, resaltaba nuestro origen y condición de dependencia divina en tanto siervos del Creador. Sujeto, pues, se propone como una nueva concepción antropológica que, al lograr anclarse a lo largo de la modernidad, puso en entredicho las anteriores concepciones.

Forjar una cultura de paz implica ser sujetos sociales de paz; considero que todos conocemos que estamos llamados a esto, pero la pregunta es ¿cómo lograrlo? Buscaré abordar este tema desde nuestros contextos culturales que tiene implicancias generales, para luego enfocarme en los conflictos armados. En este contexto la UNESCO desde 1996 viene trabajando en este proyecto, buscando vincular a este a todos los organismos de distintos países, enfatizando los siguientes aspectos: ejercicio de poder, la democracia, justicia social, la emancipación de las mujeres para que participen en la vida pública de su sociedad, implantación y fortalecimiento de medios de comunicación, programas de educación cívica, una formación para la gestión de conflictos, y otros; de todos estos aspectos, la UNESCO pone una atención especial e insiste en la educación como un medio inmediato de solución que permite la promoción de una cultura de paz, sea desde una planificación e introducción de políticas y principios de acción favorables a la ciudadanía democrática y los derechos humanos en la enseñanza formal o desde la familia que es la cuna y el lugar más apropiado para afianzar y poner en práctica dichos principios; en este sentido, el rol de los padres de familia es clave para la formación de sujetos sociales de paz, porque lo que aprendan, los niños y niñas, en la escuela primigenia (hogar) serán, profundizadas, retroalimentadas y practicadas en el colegio y en su entorno.

Ahora, después de haber conocido el proyecto que viene impulsando la UNESCO, y desde mi experiencia personal y profesional quiero dar algunas pistas para promover sujetos sociales de paz desde un los contextos que han sido golpeados muy duramente por la violencia del conflicto armado que se ha ensañado en algunos países latinoamericanos. En medio del conflicto armado y de la profunda violencia que vivimos en nuestros países, en algunos más que en otros, encontramos algunos indicios que revelan la promoción de nuevos sujetos sociales y que se expresan en procesos de mujeres, de jóvenes, de diversas etnias, de movimientos religiosos y de paz. A saber, estos movimientos parten del reconocimiento de la otra, del otro, que lleva de manera singular a experimentar el dolor padecido en medio de la guerra. Si algo particular se descubre en la interioridad de los demás es ese dolor y sus dispositivos de gestación. Sólo cuando nos condolemos, el dolor deja de ser paralizante, pues reclama el movimiento hacia la otra persona, la salida de la individualidad.

Y en ese condolerse comienza la sanación, a través de ese saberse y sentirse con otros y con otras. Necesariamente en esta experiencia emerge la indignación, que está unida a la identidad: cada movimiento social experimenta algo específico que negar, por injusto e inhumano, y que afirmar, como condición ineludible de lo único absoluto: la vida de todos. En consecuencia, podemos decir que las identidades humanas son múltiples y diversas, no es una sola homogeneizante y diluyente, y exigen su propia autogestión, no se realizan dependiendo de agentes externos ni de estructuras extrañas a las del propio movimiento.

A manera de conclusión, estos procesos encuentran su fundamento, antes que en principios teóricos generales, en su propia memoria, esto implica la valoración de sus narrativas y relatos que recogen y comunican las pequeñas o grandes historias de su dignidad y de sus experiencias de paz. En este compromiso todos estamos implicados y nuestro punto de partida es la persona desde su contexto histórico que, por supuesto, es iluminada desde los principios teóricos establecidos por las distintas entidades.

Escritor: Isaac Pinto Paccori

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