La Educación frente a los desafíos de la postmodernidad

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La postmodernidad es un tiempo en lo que lo absoluto no tiene lugar, ni en el obrar, ni en el arte, ni en la cultura. No es época de ideales ni de ideologías. El post-modernismo es el tiempo de lo fortuito, de lo efímero y casual. Una época que se reduce a citar.

Existe una sobreinformación (multiplicidad de medios) en la que se pierde información, justamente porque hay demasiada y el hombre no puede abarcarla . Ya no es capaz de seleccionar ni jerarquizar. Tampoco parece distinguirse lo real de lo irreal. La realidad se le escapa perdiéndose él también en lo irreal. Por tanto, tampoco él vive sino que simula vivir (citemos la múltiple adhesión a los “realily). Esta pérdida de realidad no es casual, entre sus causas se encuentra una clara renuncia al compromiso y a todo aquello que pueda herir, se evitan las preocupaciones aunque tampoco existen grandes gozos. Las personas se encuentran y se olvidan con facilidad. Parece percibirse una carencia de valores por los que se estaría dispuesto a morir y por ende, por los que merezca la pena vivir, la vida se concibe, cada vez más, como mantenerse biológicamente vivo.

A su vez, la falta de conciencia de la realidad produce una carencia de referentes objetivos que existen de por sí, me refiero a la realidad de la familia, la de la educación, la de la edad, la realidad de los vínculos: hijos, hermanos, etc., la del respeto, y la lista sería infinita, realidades que son tales y que no son ni construidas, ni consensuadas sino reales por sí mismas. De la misma pérdida de conciencia de la realidad también se desprende la pérdida de experiencia; la cual es siempre pérdida de tiempo. Para la post modernidad el tiempo no existe pero tampoco existe la eternidad.

El hombre de esta sociedad no se encuentra ni con la realidad de su propio cuerpo porque se refugia y se disuelve en prótesis estéticas (implantes, cirugías que alcanzan lo bizarro) o farmacológicas (drogas) perdiendo relación íntima consigo mismo. La pérdida de conciencia de la realidad incluye también una pérdida de conciencia de la unidad propia del hombre entre cuerpo y alma. La post modernidad nos deja un hombre quebrado en su unidad y reducido en sus capacidades específicamente humanas (conocer y amar). Él mismo reconoce débil su pensamiento (cambiante, casual), y estéril cualquier obra personal frente al poder de los sistemas que conforman las fuerzas sociales, políticas y económicas. Cabe señalar que esta debilidad del pensamiento es la consecuencia necesaria cuando se ha renunciado intencionalmente a la búsqueda de todo principio y fundamento . El pensamiento débil es el necesario puente que permite una ética de la debilidad (o de la facilidad?) un obrar “oscuro” y pequeño, basado en impulsos individuales (subjetivo) y en la cancelación de todo principio. Este obrar no corresponde a la esencia real de la persona y prostituye, la natural y auténtica vocación de grandeza del hombre.

Frente a lo planteado, ¿qué puede hacer la educación desde una cosmovisión realista?, ¿Cuáles son los pilares de una auténtica acción educativa?.
1. El alumno, como sujeto de la educación, y
2. La realidad, el mundo.
El alumno, no es sólo un individuo, es fundamentalmente, persona humana: un ser dotado de un cuerpo (esfera sensible), pero también de un alma espiritual y por ello de naturaleza racional. En ésta nacen sus capacidades específicas: el conocimiento y la voluntad las cuales por su parte no sólo interactúan entre ellas sino con las otras capacidades de la persona tales como: memoria, sentidos. imaginación, sensibilidad estética, los talentos propios de cada uno en su dimensión individual.

A su vez, por sus mismas capacidades la persona está llamada a conocer, valorar, querer y obrar en relación a las cosas y a las personas; vinculándose así con el mundo que lo rodea, esto presupone que el docente debe presentar los contenidos desde una cosmovisión de la realidad, la que se constituye en distintos niveles según el principio de participación. Así, las realidades en cuanto cosas tienen existencia, ser (acto de ser); pero no lo tienen del mismo modo (esencia), la experiencia del cambio y de la multiplicidad nos coloca frente a un hecho fundamental y decisivo: la precariedad de los seres, de las cosas que nos rodean, más aún, de nuestro propio ser. Se presenta como definitorio que cada cosa tiene su propio modo de ser (esencia) y su acto de ser (esse), por el que es en vez de no ser. Cada cosa no es el ser sino que lo participa, lo recibe según un modo (de ser), según su esencia. Así, p. ej. todos los vivientes existimos, participamos del ser pero de distinto modo; la ameba tiene menos ser que el perro y éste menos que el hombre, el modo de ser lo dan las distintas esencias que en el caso del hombre ésta es de carácter racional.

Nos preguntamos, cómo llega la inteligencia humana a descubrir esta noción de participación? pues bien, toda la realidad se halla dotada de principios de inteligibilidad, los cuales permiten al hombre conocer, al menos en parte, las distintas esencias o naturalezas de las cosas. La inteligencia capta los aspectos que constituyen íntimamente a las cosas (aquello en lo que consisten ). En este sentido es que puede hablarse de una inteligencia sintiente ya que en la mirada inteligente confluyen corazón y pensamiento. La participación es el fundamento real de la auténtica diversidad. El mundo no es pluralidad uniforme de esencias (racionalismo); ni tampoco átomos que sólo difieren por la cantidad (empirismo, materialismo), sino una floración ordenada de perfecciones. Relación y diversidad que llega hasta lo singular: cada individuo realiza de modo único su especie y está llamado a desarrollar una función única y universal.

Pedagógicamente, se trata, de lograr paulatinamente: la formación de una sabiduría del corazón que permita, ejercer valoraciones cada vez más justas conducentes a un obrar y un actuar progresivamente buenos; esto es: adecuados a las naturalezas de las cosas y de las personas; naturalezas que, de suyo, no fundamentan ni en la función comunicativa del lenguaje; ni en las prácticas sociales, ni siquiera en el contexto cultural, sino en un orden que llamamos natural porque en éste tienen lugar y distinta jerarquía las diversas naturalezas, de hecho la naturaleza de la planta difiere de la del animal y la de éste se distingue de la de la persona, aunque en los tres casos se trate de seres animados.

Creemos que el tiempo actual nos reclama, a nosotros educadores, tanto un desafío en orden a plantear con renovadas propuestas el auténtico alcance y profundidad de la racionalidad como también una firme postura que esté orientada a la restauración de aquella unidad originaria que el hombre post moderno parecería haber perdido, olvidando, así su esencia: el ser persona.

Escritor: Elizabeth Stasi Montes de Oca. .

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