LA HISTORIA DE PATRICIA

Ella vivió justo lo que yo necesitaba  para aprender una lección de vida extraordinaria. Fueron tres semanas suficientes para conocerla, admirar su trabajo, amarla, tratar de protegerla y presenciar el final de su vida  para recibirla en mis manos,  guardarla en una cajita,  depositarla en el regazo del bambú  que sombrea el patio y llorar por ella con verdadero sentimiento de tristeza como se llora al mejor amigo cuando inicia el viaje sin regreso. Las dos últimas semanas del verano y la primera del otoño del 2014 ella vivió en el balcón  de la casa Junto al farol que cubre un bombillo de luz amarilla. La conocí por casualidad, por esas cosas de la vida  cuando me impidió el paso la maravillosa obra de arte de una tela de araña  tejida de forma perfecta, precisa, armónica, decidí, respetando su labor, pasar por un ladito.

A veces el viento, la lluvia, una hoja o cualquier  otra cosa destruyo parcial o totalmente su trabajo y durante horas cuando el sol se iba, yo la veía trasnochar elaborando con precisión, con agilidad, con simetría y hasta con alegría, su reconstrucción. Observe que su movimiento era circular contrario a las manecillas del reloj mientras trabajaba, tal vez las arañas trabajan contra el tiempo, no sabemos.

En la red caían mariposillas, una que otra mosca y polillas que ella consumía con deleite, porque también la observé cuando comía, contando con su consentimiento, claro. Y no me lo van a creer, estoy segura que esa luz diminuta en sus ojillos eran palabras de aceptación a mi intromisión en su vida. Al empezar el frio, subía por uno de los hilos y se metía en la esquinita del farol- era ahí donde yo no sabia que hacer si dejarlo prendido para que recibiera el calor temiendo que se quemara, o apagarlo respetando las leyes de la naturaleza- para salir al día siguiente  a recibir el sol en su mansión de hilos.

Durante los dos últimos días no se movió de su lugar y pensé que estaba muerta, la toque con suavidad y al tratar de moverse lenta y débil cayo al suelo, la levante con una servilleta y la coloque en su rinconcito del farol.  Pero hoy…hoy…Patricia estaba muerta… Lloré con dolor de alma, y es que ella a pesar de no haber cruzado palabra conmigo me había corroborado el valor de la tenacidad, la constancia, la responsabilidad de la lucha permanente sin importar condiciones, ni horarios, ni especies, además de ser una gran araña, era una gran artista; ahora entiendo menos porque se relacionan  los arácnidos   con el mal, la hechicería, el miedo, si yo la vi trabajar con sencillez, con una perseverancia de reloj, y hasta con alegría, de verdad.

Pero a  mi amiga se le acabo el tiempo, se metió dentro de ella  misma   y se fue para el reino de las arañas tejedoras al abismo de la creación de donde espero que regrese un día con su laboriosidad de orfebre  a seguir enseñando a la gente la extraordinaria belleza de la vida y el verdadero arte de crear, compartir y convivir en el silencio de la labor que realizamos con pasión.

El mundo actual está lleno de contradicciones, por un lado, la tecnología que sin duda es una herramienta poderosa, por otro lado se hacen esfuerzos inmensos por recuperar la creatividad, la socialización, los valores que día a día se pierden como el agua entre las manos, se ha tomado conciencia de la existencia de nuestros hermanos menores, la especie animal irracional, como apoyo insustituible para nuestra vida física mental y espiritual, pero…se está perdiendo a un ritmo acelerado la capacidad de asombro, la posibilidad expresiva humana, personal, emotiva, y la enfermedad mental causada por la soledad esta invadiendo el mundo.

Es en este contexto donde la historia de Patricia  cobra vida, como un aire fresco que nos demuestra y nos recuerda que la maravilla de la creación palpita para nosotros, que no nos cuesta más que momentos intensamente gratos y que aún podemos vivir en sintonía y aprender de la naturaleza que es el regalo mas preciado con que contamos. No en vano se esta trabajando en ecología y es en el alma humana infantil y juvenil donde esa semilla frutecerá para asegurar a las generaciones futuras una mejor calidad de vida.

Autor: María Eugenia Campo S