La Revolución Francesa

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La Revolución Francesa representa una bisagra en la configuración social, política y económica del mundo occidental. La Francia de 1789 fue caldo de cultivo para un estallido social sin presentes que tendría consecuencias institucionales hasta nuestros días. La conformación y disposición de la sociedad de Francia durante el reinado de Luis XVI y su esposa María Antonieta, reflejaba lo que hoy llamaríamos una gran brecha socioeconómica entre los distintos estratos sociales, en la medida en que, por un lado, se encontraba la monarquía, cuyos lujos materiales y comodidades económicas sobraban, y por el otro, el resto del pueblo sufriendo distintas injusticias. Es en éste último donde hay que observar si se quiere comprender por qué la Revolución estalló de forma masiva.

La opulenta convocatoria de personas de la Revolución y la radicalización en sus métodos, no es resultado de un pueblo homogéneo en reclamos, sino más bien, es producto de un pueblo sobresaltado que quería acabar con aquél régimen opresor que afectaba a los distintos sectores sociales en cada unos de sus intereses. Por un lado, se encontraban los franceses que conformaban el sector agrario, los artesanos y comerciantes, que sufría pérdidas cada vez mayores al tener que soportar el pago de impuestos en alza, ingresos menores, sumado a la suba de precios (al atravesar períodos de sequías y malas cosechas). El precios del pan se disparó, agregado al de otros alimentos, provocando enormes hambrunas y situación de desesperación social.

Otro sector del pueblo francés con un rol crucial en la Revolución, fue el de los intelectuales. Éstos impartían en la sociedad, mediante sus líderes y oradores, mayor pólvora de la que ya existía. Eran los protagonistas de masivas reuniones populares donde desplegaban sus conocimientos acerca de las libertades civiles y los derechos del hombre que el sistema absolutista que les gobernaba, no hacía valer. Los integrantes de este grupo fueron quienes establecieron en las mentes del francés promedio el principio de soberanía del pueblo: el Rey sería rey siempre y cuando así lo decidieran los súbditos. Y las leyes debían nacer de un órgano que representara a todo el pueblo, bajo el principio de la mayoría, y no de los caprichos de la monarquía.

Por último, pero no por ello menor, pisaba fuerte la clase comerciante que estaba relativamente acomodada. Esta situación que la diferencia de los primeros comerciantes mencionados, se debe a que, en cierta forma, era un aliado del intelectualismo y, por consiguiente, estaba muy cerca del grupo en potencia para tomar parte del poder político. Éstos sufrían, bajo los mandos de aquella monarquía déspota, al no poseer la libertad necesaria para desarrollar sus prácticas comerciales ni el lugar en la sociedad que decían merecer (un lugar conseguido a la par de una clase media, deseosa de gozar de los beneficios proveídos pura y exclusivamente con su trabajo). Cansados de sostener económicamente una corona que no sabía gobernar, aislada de su pueblo, en Versalles, dentro de su lujoso palacio sin siquiera preocuparse por las penurias de sus súbditos, decidieron movilizar a las masas y sumar a sus reclamos a los anteriores sectores mencionados.

Fue este último sector socioeconómico el que tomó conciencia de que no eran los únicos que sufrían la mala e injusta administración de la monarquía. A raíz de ello, y para tener más apoyo en sus demandas, apelaron a al concepto de Nación para hacer entender que el Pueblo francés conformaba la Nación y como tal tenía la potencialidad necesaria para derrocar a una minoría tirana. Sumando estos sectores y teniendo como resultado un entramado social hambriento de mayores derecho y de justicia social, la Francia Revolucionaria fue protagonista del principal levantamiento de masas en occidente hasta entonces conocido. Pero sería absurdo pensar que entre éstos sectores no se desarrollaron divisiones que respondían a distintas metodologías para hacer valer sus reclamos. Por ejemplo, algunos querían la cabeza del Rey y otros no necesariamente.

Sin embargo, dentro de la heterogeneidad que existía entre los grupos producto de un alzamiento tan masivo y que incorporaba prácticamente todos los sectores de la economía francesa, hay un sector bien definido que se caracterizó por ser totalmente intransigente y por luchar por sus objetivos hasta el final sin negociar con su rival: los Jacobinos (miembros de la clase media francesa). Fueron ellos quienes le otorgaron a esta Revolución una de sus tantas particularidades y motivos para lograr la significación que nos merece. Su pertinaz visión les permitió llegar a gobernar y promulgar la primera Constitución Democrática de un Estado Moderno, instaurando el Sufragio Universal Masculino, el derecho a la insurrección, aboliendo la esclavitud de las colonias francesas y los derechos feudales. Todas estas medidas se sancionaron reconociendo los derechos naturales del hombre y son, hasta nuestros días, parte de un conjunto de principios básicos que conforman la forma de gobierno republicana que muchos Estados, sobre todo occidentales, aplican.

Pero así como la Revolución Francesa necesitó de la solidaridad entre los sectores sociales, la supervivencia del Jacobinismo no fue ajena a esa necesidad. Por tal, cuando las masas dejaron de apoyar a éste régimen (por la excesiva centralización gubernamental que habían provocado en París, por la guerra que se debía enfrentar ante las potencias europeas anti-revolucionarias, entre otro motivos) fue cuando el gobierno jacobino cayó y su principal exponente, Maximilien Robespierre, fue sometido a la guillotina en el año 1794.

Desde ése entonces, asumen otra faceta de la revolución, los Termidorianos, quienes tenían la tarea de gobernar en el frente interno a una Francia que todavía peleaba a favor del régimen Jacobino y, en consecuencia, debían sofocar constantes levantamientos y sumar adeptos para ganar fuerza y popularidad, y en el frente externo, para expandir el territorio nacional y vencer a las potencias enemigas de la Revolución. Pero tal labor no era sencilla, y mucho menos con una Francia dividida. Así que en éste período el ejército francés fue un actor muy importante para servir al orden de su país. En consecuencia, un hábil y perspicaz Jefe del ejército, Napoleón Bonaparte, advirtió lo necesario que era el grupo que comandaba y decidió adentrarse en su propia conquista por el gobierno de Francia. Desde entonces, pasaría de ser un militar excepcional, al hombre capaz de poner en práctica los principios de la Revolución que, sobrevivirían, incluso, después de su derrota en Waterloo en 1815.

Bibliografía:

Hobsbawm, Eric. (1997) La era de la Revolución, 1789 – 1848 . (Buenos Aires: Crítica)

Autor: María Cecilia Allés

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