Lenguaje e inteligencia

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“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente”.
Ludwing Wittgenstein

El lenguaje es considerado como uno de los misterios más grandes de nuestra evolución. Aunque,
bien podría ser definido como “símbolos que adquieren un significado frente a la conciencia. Es una
relación figurativa entre los objetos y su descripción, es decir, representa estados de cosas, por lo cual
tiene un carácter convencional”. A partir de esto, podría ser que “las dificultades que tenemos para
comprender o establecer comunicación con otros animales deriven de nuestra reticencia en asimilar
otras formas menos familiares de relación con el medio” (Sagan, C. 2003). Pero, ¿qué sucede cuando
nos vemos privados de todo entorno social? Desde la mitología griega y el mito de la fundación de
Roma, con los niños Rómulo y Remo (quienes fueron alimentados por una loba), pasando por Tarzán y
el Mowgli de “El Libro de la Selva”, surge la idea de la existencia de los niños ferales, quienes son
criados con un mínimo de contacto humano o sin él, ya sea por desarrollarse de forma solitaria o bien,
por ser criados por animales. Esto, acompañado de una profunda carencia social, afectiva y/o
lingüística. No obstante, ¿es posible que estos niños puedan aprender un lenguaje? ¿Existe un período
determinado del cerebro en el cual si no se aprende a hablar, dicha facultad puede ser perdida
completamente? ¿En qué medida el lenguaje y las capacidades intelectuales que se asocian a él,
dependen del entorno social y en qué medida a la genética? ¿Cuál es el rol de la inteligencia es casos
como estos?
“Refiriéndose al tema de la comunicación con otras especies animales, el filósofo francés
Montaigne manifestó: «¿Por qué suponer que los impedimentos que dificultan esta comunicación son
imputables sólo a ellos y no, también, a nosotros?».” (Sagan, C. 2003).
Debemos considerar, desde un comienzo, que el lenguaje no es una adquisición espontánea, pero
sí es sumamente necesario porque permite un adecuado desarrollo de la inteligencia. Inclusive, si bien
se podría estimar que el lenguaje y la inteligencia tiene un desarrollo simultáneo y entrelazado, ocurre
que éste quedaría de alguna manera sometido al desarrollo mental del hombre, dado que su evolución
aparece gracias a la necesidad de comunicarse y al ingenio de los individuos para hacerlo. En base a
ello, el lenguaje ha favorecido el desarrollo de habilidades anteriormente adquiridas y de otras muchas
nuevas, ya que el poseer un habla más avanzado y enriquecido ayuda a la expresión con mayor
amplitud de sentimientos y emociones en diversas situaciones y, que en un nivel de menor desarrollo
no sería posible.
Por lo demás, “conviene tener presente que los individuos microcefálicos sólo pueden expresarse
oralmente en contadísimos casos. Una de las mejores descripciones que se han hecho sobre este
género de individuos fue la que escribió en 1893 el médico ruso S. Korsakov, que estudió el caso de
una mujer llamada Masha con un cerebro de dichas características. Masha solamente podía
comprender algunas preguntas y obedecer unas cuantas órdenes, y muy contadas veces era capaz de
evocar episodios de su infancia” (Sagan, C. 2003). A partir de eso, en el caso de los niños ferales, las
causas por las que ellos no logran desarrollar un lenguaje, se relaciona directamente, ya que tienen que
ver con los años de formación del cerebro infantil y no solo con el trauma a causa de la soledad y el
aislamiento, sino con el agotamiento de las funciones cerebrales asociadas al lenguaje, es decir, la no
adquisición del lenguaje lo lleva a un estado de disfunción mental. Por ello, se plantea la existencia de
un período crítico que equivale a los 6 ó 7 años de edad, en donde la posibilidad de que un ser humano
que ha estado aislado pueda emitir lenguaje, se desvanece, dado que “el cerebro humano necesita de
estímulos para desarrollarse, y las neurociencias actuales han demostrado de manera sumamente
gráfica cómo las conexiones neuronales se multiplican en cerebros sometidos a estímulos interesantes,
atractivos y cercanos, mientras que la falta de estímulos ocasiona que el cerebro sea más pequeño y
con malformaciones” (Los Expedientes Occam, 2007), lo cual se evidencia en el hecho de que luego
que estos niños pasan por la experiencia del aislamiento, muchos se mantienen en el estado salvaje en
que estaban hasta el fin de sus días, es decir, les es imposible reintegrarse a la sociedad, vivir como
hombre y lograr desarrollar un lenguaje humano dado que en su condición, lo que ‘aprenden’ es la
mímica y los ruidos como se dan, especialmente en el caso de aquellos niños que han vivido con lobos
o con perros, ya que pasan a comportarse como lobos y perros, aullando, ladrando y corriendo a cuatro
patas.
Ahora, si bien el lenguaje son símbolos que adquieren un significado frente a la conciencia,
también es una convención que nos permite acceder al mundo. Por ejemplo, en el caso de Kaspar
Hauser, un niño que fue encontrado por el lingüista Feuerbach en 1828 en Nuremberg, se descubrió que
las conjunciones, los adverbios y los participios no existían en su habla y su sintaxis era evidentemente
deficiente. Su lenguaje se parecía al de los niños en edad muy temprana, puesto que cuando hablaba,
decía cosas como “Kaspar quiere…”. Además, poseía una extraña lógica, que ponía en evidencia que
su concepción del mundo era una idea no ordenada de este.
A partir de esto, se puede señalar que a pesar de que poseemos una capacidad cerebral para
aprender un lenguaje, éste necesita ser aprendido, por ello tiene que desarrollarse en sociedad y esto, va
a depender esencialmente de las condiciones físicas y emocionales que se posean. A su vez, que deben
existir una serie de comportamientos y, proporcionarse un ambiente adecuado basado en la dedicación
para que un lenguaje se aprenda de manera natural y que así se logren construir mensajes o expresar
diferentes emociones. No obstante, la cuestión del aprendizaje del lenguaje humano no sólo se ha
reducido a los casos de niños salvajes, sino que algunos investigadores han intentado que ciertos
primates (como los chimpancés) logren desarrollar un aprendizaje del lenguaje humano.
El aparato fonador que se encarga de producir el lenguaje es una peculiaridad de la naturaleza,
pero más lo son aún las estructuras neurales que lo sustentan. Nuestra capacidad de producir lenguaje
se concentra en el ‘área de Broca’ (la cual no existe en otros animales pese a que muchos tienen la
facultad de emitir sonidos u otras formas de comunicación entre especies). Ahí, se procesa la
producción del habla, mientras que la capacidad de comprensión está concentrada en el ‘área de
Wernicke’. Ambas, son parte de la corteza cerebral. Empero, en el caso de los niños salvajes se podría
aventurar el caso de que ocurra una patología, llamada ‘afasia de Broca’, que suele presentarse como
consecuencia de una lesión en el área de Broca. Dicha afasia, se caracteriza por provocar la incapacidad
de crear oraciones complejas a nivel gramatical, como generar un habla de modo «telegráfico» y la
utilización de pocas conjunciones, preposiciones o adverbios (tal como en el ejemplo señalado con
anterioridad referido a Kaspar Hauser).
“En opinión de los Gardner, era razonable suponer que los chimpancés poseyeran facultades
lingüísticas notables que no habían podido traslucir debido a las limitaciones anatómicas. Ello les
llevó a preguntarse si había un tipo de lenguaje simbólico que potenciase más los rasgos positivos que
los negativos de la anatomía del chimpancé” (Sagan, C. 2003). Pero por otro lado, el lenguaje humano
es un conjunto complejo de signos y símbolos fijos, discontinuos, organizados y articulados que pueden
ser intercambiados recíprocamente por los distintos individuos de una comunidad. Es un rasgo
distintivo de la especie humana, que además de facilitar su supervivencia, permite su desarrollo
espiritual y, en el caso del animal, este casi se limita a informar sobre situaciones concretas, dado que
no posee la capacidad de volcar su pensamiento sobre situaciones no concretas, a la vez que es esto lo
que posibilita al ser humano la combinación casi ilimitada de símbolos y por ende de ideas que no solo
representan lo exterior, sino su interioridad.
«La vida sin palabras del animal se consume en lo fugitivo de las impresiones que cambian a
cada momento y es ella misma una onda mas en el flujo del acontecer en el que nada es fijo y
duradero» (Lersch P, 1966)
“En el debate entre la genética y el entorno, entre lo innato y lo aprendido, finalmente parece
estar claro que ambos elementos son esenciales para hacernos lo que somos.” (Los Expedientes
Occam, 2007). Empero, los niños ferales son una clara demostración de que sin un entorno social, la
preparación genética es inútil, puesto que los niños que fueron totalmente aislados desde la más remota
infancia y, recuperados luego de la pubertad, no consiguen desarrollar en plenitud lo que llamamos
lenguaje y a su vez, esto se hace un impedimento para desarrollar inteligencia, puesto que si no
poseemos un desarrollo del lenguaje, no es posible el desarrollo de la inteligencia.

Bibliografía
Carl Sagan, LOS DRAGONES DEL EDÉN, Especulaciones sobre la evolución de la inteligencia
humana, edición Editorial Planeta DeAgostini. S.A 2003
Los Expedientes Occamm, la ciencia es asunto de todos (2007), Los niños salvajes y el lenguaje,
recuperado de http://xoccam.blogspot.com/2007/02/los-nios-salvajes-y-el-lenguaje.html
Ludwing Wittgenstein, Tractatus lógico-philosophicus, editorial HARCOURT, BRACE &
COMPANY, INC. 1922
Philip Lersch, La estructura de la personalidad, barcelona, sciencitia (1966), editorial SCIENTIA.

Escritor: Manuel Parra Méndez

 

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