Los anfiteatros romanos en la Bética

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Las fuentes literarias y las referencias epigráficas contribuyen a pensar que la Baetica, que en líneas generales se corresponde con la actual Comunidad Autónoma de Andalucía, fue una provincia romana en la que los espectáculos de anfiteatro tuvieron una presencia temprana y constante. Durante varios siglos se recurrió a la organización de juegos para reclamar el apoyo político de los ciudadanos, había verdaderas organizaciones de profesionales de la lucha gladiatoria afincadas en la capital, y las disposiciones legales despertaban la atención suficiente para ser grabadas en bronce y expuestas en las ciudades, como indica el famoso edicto aparecido en Itálica.

El número de anfiteatros que se conocen arqueológicamente hasta el momento en esta provincia romana puede resultar escaso frente a la importancia de la documentación escrita, pero hay en ellos ciertos rasgos comunes y afinidades topográficas como para pensar que su establecimiento responde a una distribución razonable. En total, son cinco los anfiteatros de la Baetica de los que se han localizado restos arqueológicos o, por lo menos, está documentada su existencia: Astigi, Carmo, Colonia Patricia, Gades e Itálica.

Los anfiteatros de Astigi, Carmo, Colonia Patricia y Gades están alineados a lo largo de la Vía Augusta y esto indica que disponían de unas ventajas y posibilidades superiores a las de otras poblaciones. Además, debe considerarse que las capitales de conventus poseían mayores recursos económicos y también eran más útiles para rentabilizar políticamente la organización de los juegos, ante un público variado y numeroso. Junto a ello, la rápida circulación por la Vía Augusta garantizaba la presencia de los principales participantes: gladiadores afincados en Córdoba y fieras traídas en barco hasta Cádiz.

Asimismo, los anfiteatros de la Bética son de dimensiones muy notables: Astigi y Carmo, las dos ciudades menores del grupo, contaban con edificios de tamaño similar a los de Arlés y Nimes, y algo superiores a los de Tarragona y Mérida, que eran capitales de provincia; el de Gades también parece muy extenso, mientras que en el caso del anfiteatro de Itálica, sus grandes dimensiones podrían deberse a cierto afán por superar a los otros anfiteatros existentes en el entorno, especialmente al de Hispalis.

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La falta de noticias sobre anfiteatros en otras localidades puede justificarse por una tendencia a concentrar los juegos en ciudades importantes, a las que es fácil el acceso desde las comarcas cercanas, aunque ello obligara a construirlos de un tamaño superior a lo que sería necesario sólo para la ciudad. Para conseguir que toda la Bética tuviera facilidad de acceso a los anfiteatros, quizás sería necesario que hubiera existido otro en Málaga, destinado a la atención de la costa mediterránea. De todas formas, no existe ningún obstáculo para pensar que en las ciudades menores pudieran organizarse espectáculos singulares en plazas acondicionadas o en construcciones provisionales de madera.

Si en el conjunto de la Bética se distribuyeron de forma proporcionada los grandes anfiteatros, como así parece, con unos criterios de economía de organización y transporte, así como de garantía de asistencia y rentabilidad política, habría que pensar que esto responde a una tendencia común y aceptada por la parte más importante de las oligarquías dirigentes, de acuerdo con los criterios del gobierno imperial. Las grandes familias de la Baetica despliegan sus testimonios epigráficos por toda la región, tanto en los estamentos municipales como en el comercio y la explotación agrícola y, por tanto, para ellas sería provechosa la concentración de los anfiteatros a lo largo de la Vía Augusta y el control de las “espectáculos” en toda la provincia.

El anfiteatro de Astigi (Écija, Sevilla) se localizaba extramuros de la ciudad, junto a la salida de la Vía Augusta en dirección a Hispalis y Gades, en un lugar tradicionalmente conocido como “La Rehoya” y ocupado desde el siglo XIX por la Plaza de Toros y otras construcciones aledañas a esta edificación. Se trata, por tanto, de una coincidencia pintoresca, fácil de explicar por la similitud de tamaño y funciones que tienen los cosos taurinos y los anfiteatros romanos.

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Por su parte, las primeras noticias arqueológicas que se tienen del anfiteatro de Carmo (Carmona, Sevilla) datan del año 1885, momento en el que Jorge Bonsor y Manuel Fernández López llevaron a cabo una serie de prospecciones y excavaciones arqueológicas en el lugar donde se encuentra ubicado, en la denominada “Hondonada de El Cortinal”. No obstante, y según estos mismos autores, su existencia podía suponerse a través de la epigrafía.

El anfiteatro de Colonia Patricia (Córdoba) ha sido descubierto recientemente como consecuencia de los trabajos llevados a cabo en la antigua Facultad de Veterinaria para albergar el Rectorado de la Universidad de Córdoba, y esto ha sido tan reciente que, excepto noticias de prensa, casi ninguna información científica ha tenido tiempo de publicarlo.

En cuanto al anfiteatro de Gades (Cádiz), en la actualidad no existen restos arqueológicos del mismo, aunque algunos autores defienden que las referencias literarias directas así como la topografía avalan su existencia.

Finalmente, el anfiteatro de Itálica (Santiponce, Sevilla) se encuentra situado fuera del recinto amurallado, aunque próximo a una de las puertas principales de la ciudad. Su eje mayor, con orientación este-oeste, coincide con una vaguada natural situada al norte de la urbe, que fue aprovechada para la construcción del graderío.

Escritor:  David Vera Conesa