Mi Vida ,Una Terapia

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Cada día conozco a más y más personas que practican diferentes disciplinas basadas en la energía que producimos. He conocido a personas que hacen aikido, yoga, tai-chi, etc. Todas estas disciplinas y algunas también llamadas medicina complementaria, llámese biomagnetismo, reiki, bioenergética, definitivamente están de moda y han llegado para quedarse. Lo digo de esta forma porque creo que no es compatible que cuando salgo de una clase de yoga o de una terapia de imanes, inmediatamente después que atravieso esa puerta o ese biombo (que existe en la mayoría de los centros).

Tomo raudo mi teléfono, en una suerte de ansiedad y desesperación busco todos los mensajes posibles que me hayan dejado en cualquiera de mis más de cinco redes sociales que tengo en este aparato que en menos de diez años ha revolucionado mi forma de comunicarme con las personas, que vino también a quedarse en mi hogar, que me quita tiempo valioso de estar y conversar con los míos, ese aparato, que si lo dejo olvidado en casa, me siento culpable. Es como si hubiese dejado de darle alimento a mi mascota o algo así. A la vez comprendo también por qué todas aquellas disciplinas se llaman terapia, claro…se llaman así porque me “cargo” todo el día de iones positivos (celular, tv, pc, antenas) y ahí busco algo donde poder canalizarlas y sentirme con ello menos culpable, vivo en un ambiente lleno de quehaceres, me estresa mi jefe.

Mi pareja me habla poco (un poco más me habla por wssp), mi hijo está teniendo déficit atencional, el psiquiatra de mi hija mayor me dice que la enfermedad es endógena, se me olvidan las cosas (¿me tomé el remedio de la mañana?), entonces es cuando me encuentro con mi amiga(o) de hace mucho tiempo, ese que siempre he pensado que tiene algo especial, incluso he pensado que tiene pacto con el “innombrable”, me mira y me dice: “Hola, cómo estás?, estás más repuesta(o)…” a lo que yo, con mis ojitos entre emocionado y con un tantito de rabia mezclada con envidia, le digo: “Jajajajaj…si…tengo un par de kilos demás, es que anduve en el sur…” tratando de que no sea tema que esté un poquito más rellenito(a).

Este amigo se toma de mi última respuesta para contarme que también fue al sur y que fue a un centro energético donde en resumen se sintió casi como un ángel…ahí es cuando pienso que esa es la solución a TODO lo que me está pasando y digo: “iré a la clase de yoga, tomaré mis gotitas de Bach” y en un segundo me encuentro mirando a ese amigo como alguien que vino a darme la luz.

De ese encuentro fortuito pasarán alrededor de 5 días para comenzar recién a buscar algún centro donde ir a realizar las terapias o ejercicios. Las gotitas de Bach, las cambié por un roncito el fin de semana y no necesariamente con gotario…aparecieron esos otros amigos, que más parecen diablitos cuando me incitan a seguir degustando. En esos momentos cambia la percepción y comienzo a creer que ese brebaje es el que me hace sentir mejor, que provoca felicidad, un

estado único…lamentablemente dura sólo esa noche porque el domingo despierto y todo aquello que creí solucionado (¡recién anoche!), sigue ahí. Es hora de decidir de verdad y con las personas indicadas. Quiero de alguna manera, invitarlos a tomar conciencia de nuestro cuerpo, nuestra alma, de tomarle la importancia a esa primera intención que tuve de salir más a trotar, de hablar más con mi hijo, de enseñarle, de comprender a mi hija adolecente, de comprender desde adentro que adolece. Es hora de detenerse y pensar por unos segundos en el origen, en las energías que tenemos y que nos rodean, de limpiarse de los temores, de creer que sí somos afortunados de vivir y que este paso será el mejor. Es momento de ser mejores y si para ello necesito de alguna de estas terapias, decidir a darles la importancia que merecen y que de verdad pueda apagar el celular cuando el instructor lo indique. Avanzar, crecer.

Escritor: Felipe Catalán Cornejo

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