NOTAS EN TORNO A LA VIOLENCIA

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La violencia es uno de los recursos humanos más delicados. La violencia puede llegar a ser útil, incluso necesaria, pero su temperamento errático e indomable la define como una herramienta peligrosa. Con el fin de ofrecer una visión panorámica de la complejidad intrínseca a lo violento, opto por simplificar el fenómeno hasta una imagen más sencilla. De este modo postulo la idea de agresión como engrane de la maquinaria que nos interesa conocer. Siguiendo esta forma de proceder, podríamos presentar la imagen del ataque como un concepto todavía más simple del engrane que habíamos obtenido, para quedarnos con la dentadura que a este dispositivo le permite acoplarse a otros como él.

Un ataque no es otra cosa sino una acción con intención perjudicial, es una ofensiva y, en tanto que acción, implica la asunción de una iniciativa. Toda iniciativa para poder caracterizarse como tal debe contemplar un propósito. En suma, lo esencial a la idea de ataque estriba en su propósito fundamental de dañar y/o destruir, con lo cual ya contribuimos a la clarificación de lo que apelamos cuando pensamos en lo que significa la violencia. Es posible extraer otro detalle importante al indagar en la agresión, y tiene que ver con su conducto emocional, una agresión siempre es la puesta en práctica de la hostilidad. Como práctica, una agresión no puede pensarse al margen de una transgresión a la integridad de alguien. Agredir implica establecer una relación hostil para perjudicar física o psicológicamente, de modo que la dignidad quede profanada.

Una distinción crucial entre violencia y agresión obedece a la forma en que se incrustan a la temporalidad. En sentido estricto una agresión sólo puede abarcar un episodio, puede comenzar con un empujón y extenderse en una serie de golpes y patadas, pero termina cuando uno de los combatientes supera al contrincante, cuando son separados por otras personas, etc., pero es incapaz de rebasar su momento y su lugar. En todo caso, si ocurre otra contienda entre los mismos antagonistas, el altercado será un episodio totalmente distinto. A partir del ejemplo es posible constatar que la temporalidad propia de la agresión corresponde a lo fugaz.

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La violencia, en cambio, rechaza esta caracterización temporal. El sentido de lo violento no está determinado por su condición pasajera, jamás puede consistir en un evento aislado, para ser tal, la violencia precisa repetición. La peculiaridad esencial de la violencia está determinada por el establecimiento de un patrón destructivo. El ser de lo violento exige persistencia; lo efímero constituye su negación. La violencia sólo cobra sentido al interior de una lógica procesual, por esta razón, la facticidad de la violencia depende de su definición como constante en la existencia. La violencia es una actitud, misma que se precipita en la vida como hostilidad cotidiana. La violencia precisa ser ideada, no solamente sentida.

De este modo, la violencia alcanza su dimensión más propia al articularse con el espacio público, donde obedece a estructuras sobre las que se ajusta para manifestarse. Al integrarse con el devenir social, el significado de la violencia es alimentado por otras ideas como la de poder, autoridad, sadismo, fuerza, derecho, entre otras.

Al invadir el espacio público, la violencia no puede renunciar a obtener una razón efectiva para justificar su aparición o, dicho de otro modo, es incapaz de concebirse sin proclamar una serie de motivos que le permitan justificar su intervención en la realidad. Desde su proyección pública la violencia necesariamente se vincula con la legitimidad, precisamente porque su ser depende de un marco ideológico que sirve para significarla.

Políticamente hablando, para que la violencia dentro del espacio social cobre sentido, ésta exige fundarse sobre una determinada idea de justicia –sin importar que tal definición de justicia sea errada o acertada, incluso falaz−, ya que sólo así puede quedar avalada. De otro modo, la justicia impartida por la violencia sería incapaz de ganar la aceptación y credibilidad popular; lo cual es necesario para que un Estado pueda monopolizar el ejercicio de la violencia.

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El gran peligro y la gran tragedia de la violencia obedecen a la incapacidad de ésta para clausurarse a sí misma. Al desplegarse coherentemente con su propia naturaleza, la violencia tiende a destruirlo todo, incluyéndose a sí, por esa razón, todo Estado se ve en la necesidad de penalizar la propia violencia que lo hace posible. Al situarnos en esta última consideración se aclara –por lo menos en alguna medida− por qué los hombres a lo largo de la historia han quedado seducidos por la idea de proclamar una guerra destinada a terminar con todas las guerras: la guerra del género, la guerra contra los opositores de la libertad, la guerra contra la discriminación, la guerra contra el abuso, etc. Sin embargo, el eco de la historia nos presenta esta idea como una gran mentira recursiva que, emulando a ouroboros, muerde su propia cola.

Escritor: Diego Arroyo Figueroa