OVNIS EN ESTADOS UNIDOS:

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Desde los años cuarenta, y especialmente en Estados Unidos, se sabe de muchas tretas fallidas que emplearon las Fuerzas Armadas para acallar muchos casos sobre avistamientos de ovnis, algunos de ellos avalados por especialistas competentes. El propósito de este artículo no es añadir más pábulo al mercantilismo indigno que rodea a este tema, ni tampoco estimular el estéril debate extremista entre incredulidad radical y dogmatismo pro-extraterrestre, sino abordar un aspecto que muchos pseudoescépticos parecen ignorar a propósito: ¿qué hay de las evidencias aportadas por pilotos, militares, operadores de control aéreo y astronautas acerca de sus experiencias con objetos voladores no identificados?.

A partir del bullado caso Roswell (julio de 1947), se impuso una serie de falsificaciones a los medios periodísticos (hábilmente orquestadas hasta entonces por la Fuerza Aérea y la CIA), con el fin de generar desinformación e inspirar “tranquilidad” a la opinión pública, tomando en cuenta el álgido contexto de la Guerra Fría. El fallecido comandante Jesse Marcel Jr. reveló en 1990 que los restos de los dos ovnis estrellados y sus ocupantes fueron enviados a la base de Wright Patterson (Ohio), mientras que a la prensa se le mostró una serie de trozos pertenecientes a un globo meteorológico y partes de maniquíes, que, según los desinformantes de la Fuerza Aérea, iban en la nave como modelos de prueba para condiciones extremas. En el documental “UFOs Are Real” (“Los ovnis son reales”), Marcel declaró: “Eso no era un globo meteorológico, ni una nave aérea militar, ni un misil. Nunca supimos con exactitud lo que era”.

Otro alto oficial de la Fuerza Aérea, el teniente general Nathan F. Twining, ordenó en 1947 una investigación interna detallada sobre el fenómeno ovni, percatándose de la gravedad del asunto una vez que los “platillos volantes” hicieron su aparición. Luego de varios meses de análisis técnicos, el Mando de Material Aéreo (AMC, por sus siglas en inglés) envió en septiembre de ese año un informe al General en Jefe de la Fuerza Aérea, en el que se concluía que “el fenómeno es real y no se trata de algo ficticio”. Posteriormente se creó en secreto el Proyecto Sign para el estudio de los ovnis, pero a fines de los años sesenta, personeros del mando aéreo aseguraron no tener ninguna aseveración oficial de que los platillos voladores fueran reales, sin jamás transparentar en casi veinte años las gestiones del general Twining ni el informe del AMC.

En 1966, algunos miembros influyentes del Congreso estadounidense decidieron llevar a cabo una fiscalización independiente sobre los “casos ovni” que las FF.AA. estaban manteniendo en hermetismo, lo cual acrecentaba al mismo tiempo la curiosidad y la indignación de la ciudadanía. Aquel año, y para evitar la intromisión política en el tema, la Fuerza Aérea pagó una investigación dirigida por el doctor Edward U. Condon, de la Universidad de Colorado. De los más de 15.000 informes a ser analizados, cerca de 1.000 provenían de testigos confiables y calificados, pero el equipo seleccionó apenas un centenar para su verificación. La modalidad de trabajo fue rápidamente denunciada por Joseph A. Hynek, astrofísico y ex consultor de la Fuerza Aérea, y por el congresista J. Edward Roush, además de otros profesionales bien informados. Ante las críticas, Condon estalló en ira diciendo que “los editores de obras sobre ovnis y ciertos profesores que difundían esa ‘pseudociencia’ deberían ser azotados en público y expulsados para siempre de su profesión”.

Durante la misión Apollo 11 que arribó a la Luna (1969), varios radioaficionados en el mundo lograron interferir la señal privada entre la NASA y el módulo lunar, aunque la versión íntegra de la conversación censurada se publicó a fines de ese año en el “National Bulletin” de Montreal. Parte de ese diálogo fue el siguiente:

Houston: -¿Qué… qué diablos está ocurriendo ahí? ¿Qué les pasa, muchachos? Armstrong y Aldrin: -Están allí, bajo la superficie…Houston: -¿Qué hay allí? (desfigurado, ruidos). Control llamando a Apollo 11… Armstrong y Aldrin: -Roger, estamos aquí los tres, pero vimos unos visitantes. Estuvieron aquí un rato, observando los instrumentos. Houston: -¡Orden de control! ¡Repitan el último informe! Armstrong y Aldrin: -Digo que había otras astronaves. ¡Están alineadas al otro borde del cráter, observándonos!”.

En septiembre de 1972, cerca de Palm Beach, se divisó un artefacto volador desconocido, el que fue seguido en su trayectoria por controladores de tráfico. Dicho ovni, descrito como “muy brillante y con forma de cigarro”, también fue visto por capitanes de vuelo comercial, policías y varios ciudadanos. Incluso se ordenó la interceptación del objeto por dos aviones F-106, pero los pilotos no pudieron acercársele pues el artefacto realizó movimientos esquivos muy rápidos y controlados. Cuando la prensa inquirió a la Fuerza Aérea con base en Homestead sobre el incidente, los portavoces afirmaron que dicho ovni había sido confundido con el planeta Venus. No obstante, observaciones de radar confirmaron que el objetivo se hallaba a menos de 26 kms. de los cazas enviados.

El astronauta norteamericano Gordon Cooper (1927-2004), con motivo de la conferencia pronunciada ante la ONU en 1985, declaró: “Durante años, he vivido con un secreto impuesto a todos los especialistas (…) Ahora puedo revelar que cada día, en los Estados Unidos, nuestros radares detectan objetos de forma y naturaleza desconocidas. Existen miles de informes de testigos y muchos documentos que lo prueban, pero nadie quiere publicarlos. ¿Por qué? Porque las autoridades temen que la gente imagine una especie de invasores horribles. Entonces la consigna permanece: debemos evitar el pánico a cualquier precio”.

Si bien los casos expuestos son bastante antiguos, los esfuerzos de muchos pseudoescépticos para desacreditar testimonios y evidencias en el “tema ovni” continúan hoy en otras aristas no menos serias, como la aparición de agroglifos en varias partes del mundo (“crop circles” o figuras en los campos de cultivo), y por más de treinta años consecutivos, sin que la comunidad científica se atreva a emitir un dictamen certero ante la imposibilidad de controlar en laboratorio un fenómeno que aparece cuando quiere y que escapa al positivismo radical. En la actualidad sigue siendo difícil conseguir informes de militares u otros profesionales en servicio activo, pues pesa sobre ellos un imperativo de silencio que les costaría la carrera. ¿Qué escondían (y esconden) los altos mandos estadounidenses y de otros países? Si realmente los casos de ovnis que deseaban suprimir merecían descrédito por ser falsos, ¿por qué tantas contradicciones? ¿Por qué hasta la fecha no ha habido iniciativas de investigación científica seria e independiente? ¿Será que el miedo a perder prestigio les impide entrar en una “tierra de herejes”? Y si fuera así, entonces ¿dónde está la ética profesional de contribuir con el conocimiento de la humanidad?

A estas alturas, por un lado existen muy pocos que sienten atracción por las discusiones mediáticas donde se enfrentan personajillos de ambos sectores: los que creen y los que no, citando anécdotas de dudoso origen. Por supuesto, no se puede mancillar a la ciencia por culpa de unos pocos reticentes que prefieren difamar cómodamente el “fenómeno ovni”, pero tampoco es excusa para despacharlo diciendo “no hay evidencia suficiente”. Por otro lado, hay quienes están hartos de tanta desidia, mentira y descaro… tan sólo por proteger lo que eufemísticamente se llama “intereses particulares”.

Fuentes:

-Benítez, Juan José. “Ovnis: S.O.S. a la humanidad”. Editorial Planeta, Madrid (España), 1979.

-Keyhoe, Donald. “Los desconocidos del espacio”, Editorial Pomaire, Barcelona (España), 1974.

-Revista “Reporte Ovni”, número 78, septiembre de 1992. Editorial Mina S.A., Ciudad de México.

-“Las declaraciones de astronautas, cosmonautas y pilotos”, artículo del sitio web www.ldi5.com (en español).

Escritor: Nicolás Orellana González.

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