Traición

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Desconcertado por el silencio, y ante la libreta en blanco dispuesta a registrar los detalles del relato que debería libremente exteriorizar sus tribulaciones, no supo por dónde empezar. Pensó en esa retrospectiva que a las puertas de la muerte, según decían, se muestra en su mayor nitidez; sin embargo, no pudo más que pronosticarse una larga vida ante el olvido generalizado de todo su pasado, incluyendo por supuesto, el motivo que lo había llevado a ese pequeño consultorio. Allí, en esa suerte de confesionario laico, se condensaba el aire que las frías ventanas orientadas a un patio sombrío, apenas sin luz, recogían en forma de gotitas de vapor. En el centro de la estancia, una mesita abarrotada de informes, registros gráficos de vidas dolientes, condensaba la luz como agujero negro la energía; en el resto, habitaba la penumbra.

Desde el diván, con su expresión rugosa y la piel hendida por los años, como los pliegues que sin posibilidad de enmienda el tiempo marca a fuego en el semblante, observaba indolente, párpados-mediantes, la labor de toda una vida en apenas un instante. Pensamientos huidizos, como había sido él, cosecha tras cosecha agostado por la constancia; pensamientos que el pestañeo ahuyentaba en su intermitencia de percepción. No lograba sin embargo olvidar, lo que pesaba ya demasiado, las escenas recurrentes, hirientes las que más, corrosivas del alma y de su reflejo dérmico, sus grietas, abismos del dolor. Sin embargo no afloraban; no teñían la blancura los grafismos óxidos.

Pero no, no era esta una vida rústica, aislada en la soledad del surco trazado en el día igual al día, en la eternidad. No era la que correspondería asociar con semejante desgaste, con la edad perdida en los tiempos inasibles, líquidos. Era un alma libre hasta ese día, el día de la rutina proscrita por la imagen especular no reconocida; la extrañeza que ese espejo hasta el momento fiel, le devolvió amenazante de forma inquisitoria.

Hasta entonces vivía en el sosiego, en el bálsamo de la quietud. Desde que tenía conciencia, su primera cita matinal le concertaba con aquel azogue desgastado, sabedor de secretos inconfesables, que su abuelo fijó en ese óvalo de pared que amarilleaba como las páginas de su libro de cabecera; el mismo al que ahora se enfrentaba. Se propuso no cambiarlo, ni tan si quiera levantarlo cuando hubo de remozar las paredes del pequeño cuarto de baño desconchado por la humedad. Prefirió dejarlo como testigo del pasado, como recuerdo aderezado por ese olor denso, mohoso, que afloraba del hueco escondido tras él que parecía respirar. Fue entonces cuando la mirada furtiva con la que acostumbraba a zafarse de sí antes de salir a toda prisa del consultorio, le detuvo como una hipnosis paralizante de farsante de péndulo. Veinte segundos de extrañeza frente a frente fueron suficientes para frustrar la rutina que le hacía llegar puntual cada mañana, tal el gallo que ahora.

 Cacareaba en el corralito de tablas del patio trasero de la vecindad, a su cita crepuscular. Toda una vida sin desórdenes horarios ni faltas le había transportado, como en un fundido plasma, hasta ese momento de cristalización. Nunca, desde que tenía noción de ser, le había esperado el sol en su amanecer; allí estaba él cada mañana para celebrarlo, hasta el día que la ausencia se hizo presente. Tal vez, en la azarosa decisión de aquel otoño, que le llevó a abandonar el vacío extramuros por el mundo ignoto de la introspección, se albergaba el magma de su aflicción; el dolor del reconocimiento del yo: ese gran desconocido que un día no devuelve la sonrisa ni responde al mismo gesto. El escapista que un día se sabe gobernado por una fuerza ajena y se rebela paradójicamente contra sí.

La libreta en blanco se deslizó suavemente por sus piernas al tiempo que una respiración profunda le transportó a la quietud de quién sabe qué mundos. Tal vez a la paz de saberse lejos; tal vez, a la patria de la juventud.

Escritor: César Acón Soto

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