¿Una opinión con 5 minutos de retraso?

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 Son las 6:30 de la mañana y el frío en Bogotá es poco menos que insoportable. La gente, totalmente abrigada, se dirige a sus lugares de trabajo. Cientos y cientos de personas forman una oleada amenazante, con caras furiosas, con afanes y carreras interminables hacia la meta: Un articulado que los pueda conducir a su lugar de trabajo. Asistir al monumental avance de la aglomeración en portales como el de Usme o el de las Américas en las horas pico, no es nada grato. La gente te empuja, se pelea por las sillas, o por lo menos por el derecho a ingresar al bus. Es un hervidero de pieles y conciencias, en donde nos olvidamos de quién es quién.

He visto cientos de situaciones en donde los caballeros dejan de serlo por una de las sillas de color rojo dispuesta para los transeúntes “normales”, pero más aberrante resulta el hecho de ver a muchos fingiendo dormir o sufrir de alguna lesión traída de Alicia en el país de las maravillas, para no ceder los puestos creados para la tercera edad y las mujeres embarazadas.

Unas semanas atrás, me encontré con un par de ancianos que venían discutiendo todo el camino, fue muy gracioso ver cómo a pesar de su avanzada edad, tenían la capacidad de enfrentarse de manera verbal y cada vez en un tono más alto, para demostrar cuál de los dos tenía la razón. Cuando el articulado abrió la puerta en la estación y los dos ancianos descendieron, ante la mirada atónita de los pasajeros, tomaron sus paraguas e iniciaron una verdadera batalla campal, como dos espadachines. Miles de historias como esta pueden encontrarse en boca de los viajeros infinitos que arroja el sistema. Miles de anécdotas y frustraciones, han dejado inconformes a la mayoría de usuarios que no hacen más que quejarse con otros pasajeros mientras esperan su turno de ascenso. Miremos con un poco más de detenimiento qué es lo que ocurre.

En primer lugar, el sistema ha sido creado para soportar a un número descomunal de ciudadanos en cada uno de los monstruos con ruedas en los que nos han “metido” por la fuerza. En segundo lugar nos han estado engañando con falsas promesas de cambio y modernidad con el lema “un sistema que nos cambió la vida” (sí, la hizo más miserable) y aunque los buses son limpios y viajan a una velocidad apropiada, es un verdadero milagro lograr “treparse a uno de ellos”. En tercer lugar, es muy triste ver cómo una gran cantidad de personas se cola ante el menor descuido de los policías bachilleres.

Se han inventado varias teorías para tratar de explicar porqué la gente se enloquece al intentar subirse; una de ellas tiene que ver con la contracción de la pupila y la psicología del color: “El rojo por ejemplo es el color del fuego y de la sangre, se relaciona con la pasión, el rojo aumenta la tensión muscular, acelera las palpitaciones, eleva la presión arterial y acelera la respiración”.

¿Sería esta una explicación lógica para el estado de excitación al que vivimos sometidos al estar al interior de estos buses? Otros aspectos de igual relevancia tiene que ver con la opinión de la mayoría al denunciar (de manera informal) el incumplimiento en los horarios de llegada de cada uno de los buses, retrasos en los portales, insuficiencia en la demanda de articulados (ahora se inventaron los biarticulados) y alimentadores. Cientos y cientos de personas usan diariamente el servicio, porque no hay más rutas, o porque en realidad es la única manera de llegar a tiempo al trabajo, (bueno si logras tomar uno de los buses antes de que arranque) porque si estás en una estación intermedia, ten la seguridad de que tus probabilidades disminuirán progresivamente.

¿Tendremos algo que ver con esto? ¿Nuestra falta de tolerancia y sentido común contribuirán en algo para que este sistema esté patas arriba? A lo anteriormente expuesto, agrégale la imagen de una lata de sardinas con un toque adicional: “el cosquilleo”, “chalequeada”, o la popular “esculcada”. Es lamentable que varias de las personas que ingresan al sistema, se dedican a robar y tomar las pertenencias que puedas haber dejado descuidadas en uno de tus bolsillos, bolso o incluso en la mano. Los pillos se especializaron en el hurto de celulares y Ipods. No des papaya porque en el menor descuido tu aparato de comunicación o reproductor de música estará exhibido en una de las vitrinas del centro de la ciudad, donde algún desprevenido comprará lo que hace un par de horas era tuyo.

Más pasajeros, menos… ¿inversión? ¿Contaminación? ¿Espacio innecesario? ¿Intolerancia? ¿Falta de sentir como propio el sistema? Juzguen ustedes, pero asegúrense de hacerlo después de haberse subido a un “transmi”, después de mirar la pantallita de color rojo en donde se indica que el servicio llegará en 5 minutos y luego, mágicamente aparece el letrero sin números, solo letras, angustia; ya no son cinco ni diez. Tal vez con algo de suerte, solo tengamos que esperar 15 o 20 minutos para poder subirnos al siguiente, y tal vez ése sí venga desocupado.

Escrito por Jairo H. Fernández M.

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