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Desde que ingresé a la colonia de la Valdivia, las circunstancias se han tornado muy familiares casi coloquiales con Jessica y su familia. Encontré un hogar donde poder compartir esas horas flotantes de mi vida.

Su casa más bien parece un lugar de encuentro y aunque la señora María esté ausente, su lugar fue prontamente ocupado por quien Fátima cariñosamente ha dado en llamar “La Licen” quien en tiempo real es Carmen Medina, Carmita para sus allegados.

La Licen frecuenta la casa más allá de esas horas en las cuales ya he abandonado el lugar para ir a descansar a mi apartamento del frente. Compartimos con ella o mejor dicho ya nos hemos acostumbrado a escucharla cuando inadvertidamente coge el hilo de la conversación y no lo suelta hasta que se acaba la madeja.

Carmita parece llevar una vida tranquila y seguramente lo hizo igual en sus mejores momentos cuando los afanes de la juventud dictaban sus propios criterios y fijaban sus propios rumbos. Ahora parece disfrutar de la buena música, de un auditorio atento, de una comida sencilla sin pretensiones sibariticas amenazadas por el fantasma de una pretendida diabetes. llenando con sus interminables elogios a quien elaboró el plato de ocasión. Más hacia el fondo de su personalidad de profesora culta, giran otras realidades que sólo afloran en instantes altamente emotivos rompiendo la intrascendencia de su soledad.

Cuando se apersona de algún tema cuya especialidad domina o ha vivido, resurge el ave fénix de sus emociones y las palabras se deslizan a través del tiempo y mientras la escuchamos, trato de aprisionar en mi mente esa vida furtiva queriendo encontrar unas huellas que por leves que fueron sus pasos, bastó una leve brisa, un simple devenir de acontecimientos para que pareciera que nunca transitó por senderos rodeados de abrojos y espinas. Trato de extrapolar por medio de sus palabras peregrinas aquella otra vida que nunca pudo ser, que no quiso que fuera, que talvez no tuvo la valentía de explorar. Y en sus palabras muy firmes, muy quedas y confidentes se nota el aroma de la nostalgia saturando el ambiente como el incienso urgente de Jessica. Aun sin sentirlo se presiente y respirándolo y sintiéndolo pareciera que siempre hubiera estado allí desde épocas que ni siquiera figuran en los libros de historia.

No importa el día ni la hora, no interesa el motivo pero me da la impresión de que la Licen tiene en su garganta un torrente de aconteceres conjugados en el pretérito pluscuamperfecto de aquellos recuerdos nunca vividos.

Hace algún tiempo tuvo enamorado. No sé si fue la diferencia entre las opiniones religiosas o la manera de elaborar la minuciosa agenda del futuro lo que motivó que ahora sea solo un suceso que por momentos adquiere el sentimiento de culpa de no haberlo prolongado indefinidamente en una unión eterna mas allá de la muerte según los preceptos de la iglesia de los mormones.

Resulta imposible hablar de lo que hubiera podido ser y nunca fue. Cuantas veces en nuestras vidas tomamos decisiones que en su momento fueron muy sabias decisiones pero luego cuando los años cambian el color de la realidad, un sentimiento de tristeza nos acongoja y nos preguntamos inútilmente porqué no hicimos las cosas de otra manera. Talvez el tiempo resultó demasiado sabio al no tener retorno puesto que ni la física cuántica hubiera podido calcular los posibles infinitos mundos y vidas resultantes de arrepentimientos tardíos cada uno con un querer comenzar de nuevo.

Si así fuera, si tan sólo pudiéramos retroceder un minuto… cuántas cosas en nuestra vida terminaron o cambiaron en el breve lapso de un minuto. Cuántas veces nos bastó menos de un minuto para que un si o un no dichos con la emotividad del instante, nos sumergieran en interminables depresiones o en intensas alegrías que luego cambiaron definitivamente el esquema de nuestro futuro.

Estoy seguro que jamás saldríamos del círculo infinito del volver a empezar si tan sólo pudiéramos retroceder el tiempo un solo minuto. A partir de este instante, cuál minuto de mi vida anterior cambiaría con la intención y la esperanza de cambiar así el resto de mi vida? Recorreríamos infinitas veces toda la extensión de nuestras vidas en una evocación interminable ya que nunca podríamos tomar la definitiva decisión de cambiar el minuto supremo. Mas adelante nos preguntaríamos llenos de ansiedad qué hubiera pasado si no hubiéramos retrocedido el minuto tan intensamente anhelado…

Vivimos en vida la condena interminable de querer vivir una vida diferente.

Autor:

Dr. Jesus Pinillos

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