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Cuando alguien decide ser profesor todo el mundo piensa que es el trabajo perfecto; tu te sientas y le das la charla a tus alumnos…¿Pero que charla? ¿Que debes contarles? Es como salir a escena, el texto debe estar preparado, revisado y aprendido de antemano. Se puede improvisar, pero sin salirse del guión. Pero los docentes somos personas. Y como personas en nuestro día a día actuamos con la cabeza o con el corazón. Podemos pensar y actuar consecuentemente, o podemos actuar por impulso, tan solo sintiendo lo que hacemos, sin pensar en las consecuencias. Da igual que seamos médicos, abogados, dependientes, jardineros… ¿Pero qué ocurre si somos docentes, si nos dedicamos a trasmitir nuestros conocimientos a los demás? ¿Si ese grupo de gente al cual nos dirigimos nos mira como si tuviéramos la verdad absoluta?
Entonces la cosa cambia; entra en juego la inteligencia emocional, el uso inteligente de nuestras emociones para utilizarlas a nuestro favor. Los docentes no siempre empatizan con sus alumnos e igual puede ocurrir a la inversa. La experiencia curte a las personas, las hace sabias. Una persona que enseña debe mantener siempre un escucha activa, dejar de lado las interferencias y analizar al detalle las necesidades e inquietudes de cada uno de sus alumnos. Cada palabra esconde un sentimiento, y cada sentimiento una necesidad.
Entran en juego la empatía y la asertividad, el saber ponernos en la piel del otro para experimentar sus sensaciones y comprender sus sentimientos, puede que no estemos de acuerdo, pero lo entendemos. Debemos mantenernos firmes en nuestra postura, sin dañar las ideas del otro, sin ser manipulados.

Como docentes debemos asumir que no tenemos esa verdad absoluta, que nuestra experiencia cuenta, pero también la de los demás, que dentro de un aula no hay diferencias de grado.
Si no entendemos esto nuestras palabras caerán en saco roto.
Entendido y comprendido esto, los alumnos, nuestros alumnos, pasan a ser un grupo, con todo lo que ello conlleva; los conflictos y desacuerdos, así como el crecimiento personal y el aumento de la creatividad. El grupo comienza a caminar unido hacia un objetivo común.
Si surgen los conflictos el docente deberá tener las habilidades suficientes para saber mediar, para poner orden y retomar el ritmo del grupo.
Una de las habilidades necesarias es comprender que el conflicto es algo intrínseco al grupo, por ello se trata de algo sano y enriquecedor; la relación sana es la que permite el conflicto, entendido este como «un intercambio de diferentes puntos de vista» .Ya hemos dicho que la verdad absoluta no la tiene el docente. Los conflictos nos enseñan a gestionar nuestras emociones, a encontrar el equilibrio. Son momentos de aprendizaje creativo. Vivimos en un mundo en continuo cambio y en continua crisis. La crisis es oportunidad de crecimiento. Crecimiento personal y profesional.

Pero las épocas de crisis hace que nos planteemos muchas cosas, el típico: ¿Quien soy y hacia donde voy? Tan repetido en ocasiones.
Vuelve a entrar en juego la inteligencia emocional, si un docente gestiona sus emociones sabrá mediar en los conflicto, sabrá entender a sus alumno y sabrá que no se ha confundido de camino. Comprenderá que no hay alumnos ni buenos ni malos, que las notas son un escrito en un papel, que de nada sirve la inteligencia si esta no te deja ver mas allá. Cuando como docente tienes un alumno «conflictivo » en el aula de nada sirve interpretar el guión aprendido con anterioridad. Es cuando debemos pensar y actuar en consecuencia, cuando debemos empatizar con aquel que «no hace nada por aprender», cuando debemos sacar nuestras armas de mediadores en conflictos de grupo. Es cuando te alegras de ser así, de haber escogido bien el camino, de no llegar y «soltar la charla», pues te has dado cuenta de que eso no vale para ser formador. Por que al fin y al cabo formar es moldear , a tus alumnos y a ti mismo.

Escritor: ELENA CARBALLEIRA RODRIGO

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