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Cierta noche de lunes al llegar a casa del trabajo, me encontré con mi hijo mayor Daniel, que aún estaba despierto esperándome. Su expresión de alegría al verme me llenó de regocijo, pero a diferencia de otros días, su alegría se tornó rápidamente en tristeza. Aunque noté su repentino cambio de ánimo, no le presté demasiada atención achacándole su carita triste al cansancio por la larga jornada escolar.

Pasaron los días de esa semana y continué notando que en el rostro de mi hijo no había alegría, además lo veía de seguido muy pensativo, como cavilando en asuntos demasiado serios para sus escasos seis años. Estaba excesivamente retraído, y no disfrutaba como antes de los juegos con su hermano. A mis preguntas sobre cómo se sentía en su nuevo colegio, siempre me respondía: bien, pero en un tono titubeante que a mí no me convencía y mucho menos me engañaba.

Finalmente, un día con más tiempo para conversar con él, y después de haber esperado pacientemente a que se resolviera, por voluntad propia, a contarme sus experiencias en el colegio, me confío su secreto: no quiero volver al colegio, unos niños me dicen cosas feas y me pegan. Esta verdad revelada por un pequeño de primero elemental, que además de eso era mi primogénito, me puso de manera dolorosa, frente al problema del acoso escolar o “bullyn”, desgraciadamente tan frecuente hoy. Las preguntas que me surgieron entonces, además de la obvia de ¿qué hacer?, fueron: ¿realmente hemos explorado las causas profundas de este problema y somos conscientes de la dimensión que puede cobrar el acoso, en la vida de aquellos que lo padecen? Y una pregunta final, asociada a mi propia labor docente: ¿Están las instituciones escolares preparadas no solo para detectar el acoso escolar, sino principalmente para prevenirlo y combatirlo, en el buen sentido de la palabra?

Durante mis quince años de experiencia docente, he observado que si bien, siempre se han presentado diferencias entre estudiantes, el problema de la violencia escolar ha aumentado de manera dramática en los últimos años, siendo evidente en las frecuentes, actitudes de agresión y maltrato (verbal, físico y psicológico) entre estudiantes de un mismo curso, grado o plantel. Son tan seguidas, variadas, y en muchos casos sutiles, las formas de violencia que se manifiestan en el colegio, que sería tarea interesante, pero a la vez compleja, definir dentro de una posible tipología, efectivamente, cuáles de esas prácticas, por ser recurrentes y por cumplir con los rasgos propios, que los psicólogos ya nos han señalado, se constituyen propiamente en acoso escolar.

Las diversas situaciones en que se generan problemas de convivencia en la institución escolar, están en gran medida, asociadas a la incapacidad que tienen niños y jóvenes para manejar de manera adecuada sus emociones. La ira, los celos, por ejemplo, pueden originar sentimientos de frustración y motivar comportamientos impulsivos e irreflexivos, frente a las consecuencias de los propios actos -tanto para sí mismo, como para los demás (poca o nula empatía)-. De continuo, en la institución escolar se presentan roces entre estudiantes, que pueden llegar a convertirse en problemas, o incluso en conflictos, que requieren una atención especial dada la escala más amplia en que puedan degenerar.

El problema de acoso escolar, en relación al estudio de su origen y del papel desempeñado por la familia, la escuela y la sociedad, tiene entonces, un largo pero interesante camino por recorrer. No basta con seguir revisando los conocimientos teóricos que se han producido hasta el momento, sobre este fenómeno, sino, principalmente, se hace necesario, revisar a la luz de esas teorías, las prácticas diarias que como familia, escuela y sociedad, venimos reproduciendo y legitimando, y cuya revisión, necesariamente debe empezar a darnos respuestas sobre el porqué de este creciente fenómeno psicosocial, que nos ha llevado , en dirección de la sentencia judicial, más que en la de la formación humana, desde una reflexión pedagógica seria y verdaderamente consciente de lo que somos y de lo que queremos llegar a ser.

Una noche de viernes al llegar a casa, y después de semanas de diálogo con Daniel, de entrevistas con la profesora de mi hijo e incluso, con algunos de sus compañeros, noté nuevamente en los ojos de mi pequeño su chispa acostumbrada de alegría y, antes que me diera tiempo a preguntarle qué tal su día, se apresuró a decirme en tono seguro y con una gran sonrisa en los labios: me defendí mamá… Desde ese día ni Daniel ni yo hemos vuelto a llorar en silencio en la noche, antes de quedar dormidos. Él porque reafirmó su valía frente a aquellos que lo agredían y yo de verle de regreso su seguridad, su chispa de alegría.

Pero, a pesar de lo feliz que me sentí por mi hijo, no he podido dejar de preguntarme: ¿Cuándo será que nuestra especie podrá solucionar de manera adecuada sus diferencias y abandonar las ideas de poner la otra mejilla; o la de devolver más fuerte el golpe? ¿Será que un día podremos educar a nuestros hijos para que no sea necesario que se decidan por ninguna de ellas? Ese día será cuando del verdadero reconocimiento del otro como semejante y diferente, acojamos de manera natural y sin temor nuestra necesaria y vital condición de ser social.

Escrito elaborado por: Angélica Sánchez Bautista

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