AIONIOS

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Al entreabrir sus ojos todo era irreal; en aquel panorama tan desolado no se distinguía el día de la noche, ni el frio del calor, ni la calma de la desesperación, ni la luz de la oscuridad, y ni siquiera la vida de la muerte podía ser distinguida. Aquel lugar era la combinación extraña pero perfecta de un mundo terrenal y espiritual; sobre su cabeza iban y venían nubes en todas sus formas, cubiertas por el sombrío claro oscuro del blanco y el negro; aquellas nubes lo distraían caprichosamente pero no lo alejaban por completo de aquel entorno tan desconocido como fatal el cual lucía, además, melancólico y absolutamente vacío.

A su diestra había una mujer de blanco la cual calmaba su ardiente frente con paños humedecidos en la más completa agua fría; su mirada era serena, algo dulce, pero igualmente algo lúgubre. Lo observaba con cautelosa atención y con esmerado esfuerzo, intentaba salvarlo de su ya escrito y quizás fatídico destino. Aquella mujer poco o nada se perturbaba, permanecía a su lado fervientemente.

A su izquierda había 2 seres luminosos, alados, y casi invisibles; sus figuras eran humanas, pero su visión era imperceptible a cualquier ojo viviente. Sus pequeñas alas eran enormes en fuerza y a medida que volaban a su alrededor, lo cubrían con ternura y amor. Un amor nada parecido a lo terrenal, un amor inmortal. Sus ojos permanecían puestos en él, al mirarlos, él se sobrecogía, intentaba hablarles, pero ellos no podían pronunciar palabra. Su misión consistía en cuidar de aquel frágil ser el cual una vez había sido fuerte, pero cuya vida se extinguía sin él mismo poder preguntarse por qué.

Abajo en sus pies el panorama era completamente aterrador. A su lado izquierdo había otra mujer. Era una sombra lánguida y oscura, tan oscura como la peor de las noches. No tenía rostro, pero él sabía que era una silueta femenina la cual lucía mortífera como una serpiente esperando y anhelando arrojarse velozmente a su presa. En su mano izquierda tenía consigo un hacha tan negra como ella misma y tan fría como la más antigua de las lápidas aun existentes. Su inquietante presencia no lo abrumaba, lo perturbaba. Ella lo acariciaba y con cada caricia él se desvanecía, y ella aunque sin rostro, mostraba satisfacción. Era realmente fúnebre y siniestra, tan inhumana como cualquier estatua de sal. Al comenzar él a sentir miedo, y al incrementarse ese miedo, mayor era la sobrexcitación de aquella sombra negra ancestral.

El terror se volvió latente cuando miro de frente a sus pies. Allí junto a la pared había un hombre negro y corpulento, sus ojos eran como los de un lobo salvaje, su nariz de algún mamífero ya extinguido, y su cráneo del más feroz de los carneros. Su cola, porque tenía una, era tan gruesa como la de una serpiente pitón hambrienta, sus manos eran dos garras, y sus pies eran dos fuertes pezuñas. Aquel monstruo lo vigilaba, velaba como vela un guerrero a su víctima, la cual yacía en silencio sepulcral, quien no podía ni siquiera moverse por culpa de todos los cables y alambres que lo ataban a maquinas que prolongaban su vida ya artificial. Aquel ser casi extraterrestre también permanecía allí estático; su profunda, oscura, y temible mirada estaba llena de los excesos del mundo carnal.

Mientras observaba aquel duelo de desesperación y desolación, la mujer de blanco inyectaba medicinas en su cuerpo, y a través de sondas, lo alimentaba con suero. Él la miraba agradecido, quería casi hablarle pero ella no descifraba el lenguaje de su mirada y simplemente lo dejaba de nuevo absorto en aquel desierto abismal. Al incorporarse él, se dio cuenta de que aquellos espectros continuaban allí en sus definidas posiciones como si fuesen sombras de su sombra. Cada uno en su lugar contemplando aquel cuerpo mortal el cual no tenía tiempo ya.

Al mirar de nuevo hacia las nubes, pudo esta vez recordar completamente su vida; desde aquellos años de una viva niñez resplandeciente, pasando por una atormentada adolescencia llena de complejos e inalcanzables sueños. Luego llegó a su juventud desperdiciada por los excesos; se detuvo allí, y miró con detenimiento y asombro su belleza física, tan fresca y tan perfecta como lo imperfecto. Recordó también el amor, el amor que por más de la mitad de su vida lo acompañó; el amor que a pesar de todo el dolor, fue lo único que lo lleno de satisfacción. Al llegar a su presente no pudo ya recordar casi nada, excepto que estaba agonizando y que ya no había ninguna posibilidad de volver atrás. Lloró. Lloró amargamente. Recordó de nuevo al amor y lloró incansable y silenciosamente. Solo Dios y él sabían lo mucho que había amado y cuanto había entregado. Sabía además que estaba muriendo simplemente por amar demasiado.

De repente todo se volvió oscuridad, ya no pudo recordar. Al mirar a su alrededor, ya no estaban ni los ángeles, ni la muerte, ni el demonio, ni siquiera la enfermera regresó. En ese mismo instante una puerta se abrió. Un gran resplandor iluminó aquel espacio interestelar. Esa luz lo tranquilizó, lo acarició lentamente, le brindó calma y serenidad. Lo condujo hacia la salida de la mano y al llegar allí dio vuelta atrás; observó con detenimiento aquel cuarto de hospital y en la cama vio su cuerpo ya muerto. Lo observó detenidamente pero sin ningún temor. Sabía con certeza que había vivido su destino y que ahora su alma seguiría la segunda parte de su camino… el camino de la eternidad.

Escritor: John Ramírez

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