APROXIMACIÓN A UNA EPISTEMOLOGÍA LATINOAMERICANA

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Cuando hacemos referencia a Latinoamérica la podemos caracterizar de manera muy aproximada desde ciertas disciplinas, por ejemplo desde la geografía, podemos describir su territorio, asumir de una manera más o menos exacta la extensión territorial, desde la historia podríamos hacer un rastreo cronológico que dé respuesta al procesos temporal, desde lo ambiental podríamos tener una proximidad a los rasgos generales que comprenden estos territorios, y así sucesivamente es posible ejemplificar como desde algunas ciencias hay respuestas concretas a lo latinoamericano, sin embargo, cuando realizamos la pregunta más universal, es decir, desde la competencia filosófica de ¿Qué es ser latinoamericano? No nos resultan suficientes las respuestas de otras ciencias que no van a la esencia que plantea ésta pregunta. Ahora bien, nos invade de manera inmediata una nueva pregunta ¿Cuál es el camino a seguir para hablar de un ser latinoamericano?

Para dar respuesta a esta pregunta tendremos que mirar las particularidades que hacen de Latinoamérica lo que es, dentro de estas particularidades encontramos la raza, pues en Latinoamérica no hablamos de un grupo homogéneo de individuos cuya genética, cultura e historia los universalice dentro de un todo conceptual, en este sentido lo que hace del ser latinoamericano un ideal genérico es la imposibilidad de generalizarnos, es decir, Latinoamérica es en cuanto abarca una pluralidad genética, cultural e histórica. Ser latinoamericano es ser indígena, ser afro-descendiente, ser europeo, etc., el ser latinoamericano es su mestizaje.

De antemano debemos afirmar que la noción de Latinoamérica es un constructo producto del mestizaje, Latinoamérica existe en la media en que fue concebida como concepto, “a saber, que sólo conocemos a priori de las cosas lo que nosotros mismos ponemos en ellas” (Kant, 2011, pág. 21 B XVIII); y Latinoamérica nace como ideal impuesto que dentro del mestizaje manifestó su esencialidad.

La categoría del mestizaje en América latina se puede analizar desde dos perspectivas fundamentales: una que indaga por la génesis del mestizaje en términos naturales, y otra que nos lleva a preguntarnos desde esta realidad natural, es decir, en términos transnaturales; la primera esencialmente atropó –biológica, y la segunda que nos ubica en el ámbito propiamente filosófico en el sentido que indaga por la realidad ideal y concreta del mestizo, sin embargo, pensar el mestizaje desde la realidad, significa mirar antropológicamente para comprender lo originario y des-ocultarnos como latinoamericanos.

Todo proceso de mestizaje en esencia es dialéctico, por más que se subordine una conciencia a la otra su síntesis está en la cultura, y en ella se manifiesta el hibrido, en este sentido, el mestizo es el que está, pero a su vez es esencia de lo que ha sido.

La historia de la humanidad ha sentado sus bases en el hibrido racial, en todos los continentes la mezcla ha sido una constante, pensar en continentes cuyo mestizaje sea inexistente sería negar la historia misma, sin embargo, con la conquista ibérica de 1492 hay procesos particulares sobre la cosmovisión que se va a generar del choque del mundo europeo con el de nuestros nativos; el mestizaje en términos propiamente raciales sería inexorable, empero, la visión de mundo manifestaría resistencia, los indígenas se negarían a aceptar el mundo de los invasores, y estos últimos negarían como mundo posible el indígena; éste mestizaje de pensamiento, no gozó de armonía justa en el sentido que los invasores encontrarían la gloria y nuestros nativos el despojo; desde éste primer momento un pensamiento se impuso al otro, no porque el pensamiento nativo careciera de validez, por el contrario, su pensamiento era más valido al partir de una realidad espacio – temporal, sino en la medida que se despojo de su validez arbitrariamente para ser aculturado por la violencia física y simbólica; físicamente fueron masacrados y obligados a trabajos forzosos, y simbólicamente fueron vistos en niveles inferiores a una civilización superior, es decir, su humanidad requería de la opresión externa. Pero en éste origen anterior a la conquista está parte de lo que somos esencial y originariamente.

A lo largo del siglo XVI, la occidentalización instaura por tanto muchas referencias materiales, políticas, institucionales y religiosas destinadas a dominar las perturbaciones inducidas por la conquista. Esta construcción sistemática del territorio y de la sociedad colonial se realiza en el mundo de la duplicación (GRUZINSKI. 2000: 94). Este proceso de duplicación es un proceso de imposición, América sería la réplica del reinado ibérico e ingles, más no una réplica exacta, sino una imitación, por lo tanto copia de la realidad europea que daría sentido a una perspectiva del mestizaje, pero no la única en cuanto chocaría con la esencialidad de los habitantes originarios del continente; en este orden de ideas el nuevo mundo se convirtió en una prolongación arbitraria de Europa, es decir, el mundo occidental extendió sus fronteras hasta nuestras tierras.

Es importante diferenciar la conquista del norte del continente con la conquista efectuada por la península ibérica, si bien en las dos se presentan contradicciones y en consecuencia mestizaje la negación del otro como posibilidad existencial será más evidente en la conquista española y portuguesa que en la inglesa, por una parte el impacto de la reforma en Inglaterra modernizaría la concepción de la religiosidad y por la otra, la contrarreforma se justificaría como posibilidad única, en ese sentido se dio un mestizaje de mayor coerción en lo que hoy llamamos Latinoamérica.

Jairo A. González Moreno
Licenciado en ciencias sociales

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