COLOQUIOS ENTRE PALABRA Y POESÍA

Hablar de coloquios implica hacer referencia a un concepto de dialéctica que desde la doctrina platónica, se referencia como un proceso intelectual que permite llegar, a través del significado de las palabras, a las realidades trascendentales o ideas del mundo inteligible. En este sentido, es primordial explicitar que la poesía, como tal, es la paráfrasis más directa que podemos experimentar del lenguaje y no el “pretexto” al que el escritor recurre para elaborar una tesis metafórica del mundo y sus avatares. Bien lo explicaba Heidegger cuando sostenía que la poesía se funda mediante la palabra y en la palabra.

Pero esta visión fundacional implica mucho más que un papel constructor, pues a la poesía le fue conferida la potestad de “ver” el mundo a través de una dimensión que se escapa a la mirada simplista y objetiva; pero, paradójicamente, el poema carecería de valor, sino partiera de la realidad misma; es decir, poesía y realidad se mimetizan una en la otra, viven a expensas de sus propias esencias y ninguna posee un papel emancipador sobre la otra.

En este punto, es innegable que la visión del poeta con su lenguaje cargado de epítetos, metáforas y en algunos casos ritmo y métrica, adquiere un valor privativo que lo diferencia del resto de los mortales. Si no fuera así, no existiría el concepto de poesía; esto es, si todos tuviéramos la visión del mundo que maneja el poeta, la poesía no sería creación, sería simple registro de la vida cotidiana, una realidad a la que estaríamos acostumbrados y en la que no habría que establecer una diferencia. Este aspecto, es precisamente el que da al poeta un papel preponderante en los imaginarios de creación artística. Desde las culturas primigenias, el arte del poeta ha sido considerado como un don divino.

Desde que tenemos los primeros contactos con el término poesía en nuestros incipientes años de escuela, se nos ha dicho que es una expresión de la belleza o del sentimiento estético a través de la palabra y que presenta una estructura en verso o en prosa. Pero a medida que nuestras experiencias de vida van ganando terreno en la construcción de los imaginarios, nos hacemos conscientes de que esta definición reduccionista reviste de pobreza y parquedad lo que en realidad es la más compleja de las creaciones artísticas.

LA PALABRA EN LA PROSA POÉTICA Es importante en este punto, hacer hincapié en la participación que la palabra ha tenido en el plano de la prosa, pues también el terreno de la literatura ha divinizado el don de la palabra. Cuando hablamos de prosa poética nos referimos a una producción cuyo objetivo es el de trasmitir sensaciones pero sin el recurso de elementos formales como la rima y la métrica. Son incontables los casos en los que como lectores, hemos dado preponderancia a la palabra misma por encima de la trama.

Nos conmueve más una metáfora, una expresión, que una escena en la que los personajes hayan realizado grandes hazañas. Existen en nuestra mente palabras precisas, frases explícitas que nuestro corazón atesora y que las hemos convertido en referentes cuando citamos una novela o relato. Son innumerables los episodios literarios en los que la palabra hace gala con su papel protagónico: ¿no es cierto que más que el ardid de poner en escena un asesinato, lo que evoca nuestra mente al referirnos a Hamlet (1599) de Shakespeare, son las consabidas palabras “¿Ser o no ser, esa es la cuestión?”; esta expresión la consideramos como una de las más excelsas frases “poéticas” que habitan nuestra literatura.

Y ¿qué decir de “Las mil y una noches”? (1704), egregia recopilación de cuentos, historias de amor, poemas, parodias y leyendas enmarcadas en el elemento mágico de la palabra; palabra que narra, adormece, atrae y finalmente, enamora y salva; ¿no es esto poesía pura? Y no olvidemos a “Fausto” (1806) de Goethe, con la emblemática expresión: “Por muy caro que le haga pagar el sentimiento el mundo, es en la emoción donde el hombre alcanza a intuir lo inconmensurable”. ¿Cuántos de nosotros sabemos de memoria las palabras que dan inicio a la magistral obra de Cervantes?: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”

UNA RELACIÓN INTRÍNSECA Puede parecer obvia y hasta ingenua, la aseveración de que la poesía parte de la palabra, se moviliza y existe gracias a ella. Pero esta distinción es necesaria si estamos intentando un acercamiento a lo que enverga la relación palabra – poesía. Son innumerables los autores que han osado definir la poesía; desde el diccionario de la Real Academia que incluye siete definiciones, hasta la simplicidad de Bécquer, que en una mirada subjetiva la define como: “Poesía eres tú”. Desde esta perspectiva, el sentido de la palabra adquiere toda su dimensión: la palabra que da vida, la palabra que revoluciona, la palabra que convoca, la palabra que gobierna. Podemos afirmar que la poesía se encarga precisamente de buscar la razón de ser de las palabras, de escudriñar en su fuente primaria, de hacerlas una con el eco, el sentido y el sinsentido; nuevamente la visión heideggeriana de que para el poeta no existe algo más excitante y peligroso que la relación con la palabra.

Resulta entonces procaz la consabida tesis de que el poeta utiliza en sus poesías un lenguaje cargado de figuras retóricas para darle belleza, profundidad y elegancia a lo que dice. El poeta simplemente recurre a las palabras porque no halla otra forma para materializar su visión del mundo. Los significados, las metáforas, las connotaciones y todo aquello de lo que rodeemos la palabra, no son más que tímidas aproximaciones e intentos fallidos por develar un misterio que pese a los esfuerzos del hombre, llámese poeta o simple mortal, será una búsqueda inacabada. Basta con decir que la palabra en sí, es creación y como toda creación está revestida de un halo poético.

Escritor: BEATRIZ ELENA MONSALVE VÉLEZ

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