Educación y conciencia, un binomio indisoluble

No sería exagerado pensar que desde los orígenes mismos de la humanidad, el fenómeno de la educación se hizo presente desde muy pronto como una necesidad real, ordenada a la continuidad y a la sobrevivencia de cada grupo humano. Por supuesto que no estamos pensando en que nuestros más primitivos ancestros hayan tenido que enfrentar el tema de la educación como un problema. Nos basta sólo pensar que aquellos primeros grupos humanos, dedicados a la depredación como medio de subsistencia, quizás de manera inconsciente, alcanzaron el objetivo de sobrevivir gracias al método de educación más rudimentario que se conozca: la mímesis o imitación.

Ahora bien; si el aprendizaje logrado, generación tras generación, por nuestros depredadores ancestrales, lo hemos denominado “mímesis” o “imitación”, podríamos preguntarnos ¿no es éste el mismo “método educativo” de los animales? Es decir, ¿no es por imitación como una especie continúa repitiendo los mismos procesos de la generación anterior? ¿Hubo un tiempo en que homínidos y animales compartieron un idéntico “método educativo”? La respuesta a estos interrogantes debería ser un sí. Todo parece indicar que por mucho tiempo, homínidos y animales compartieron no sólo un espacio y unos recursos, sino también unos mismos modos de aprender.

Todo comienza a cambiar cuando, según los eruditos, ese homínido que sobrevive gracias a su capacidad depredadora, descubre que también es capaz de plantar y cosechar. A partir de aquí, esos puntos de contacto con el resto de los animales comienzan a perderse en la noche del tiempo: la especie homínidos ha comenzado a conquistar el escalón más alto de la evolución; seguirá siendo animal, pero animal superior. Ese paso puede registrarse entonces como la primera de las grandes revoluciones: el paso de la depredación al cultivo de los frutos; con una consecuencia inmensa: la vida sedentaria con su propio añadido: la aglomeración estable de grupos que dio origen posteriormente a la aparición de las “ciudades”.

¿Fue fortuito ese descubrimiento como aquel otro cuando se descubrió que la carne de un animal chamuscado por un rayo tenía mejor sabor que la cruda? Es muy difícil establecer con exactitud si ese gran paso, de la depredación al cultivo de los frutos, se dio al azar; lo más probable es que no fue así. De hecho, hoy la ciencia nos da luces para deducir que gracias a un determinado crecimiento de la masa cerebral y al desarrollo de unos centros especiales o cortezas en el mismo cerebro, aquel homínido tan semejante en muchas cosas a los demás animales, comienza a generar una cierta capacidad de analizar su entorno, y que ello lo fue llevando a probar formas muy rudimentarias -por supuesto- de adaptar ese entorno a sus necesidades. Estaríamos hablando entonces de los posibles orígenes de la conciencia y de la razón en el hombre. Y, no cabe duda, estaríamos hablando también de los primeros pasos de la educación humana.

De acuerdo con lo anterior, no podemos dudar de que conciencia y educación, por compartir un origen tan cercano, estén íntimamente unidas y relacionadas; en efecto, no podría haber educación si no hay conciencia, ni conciencia si no hay educación. Esto que aparentemente se dice de un modo tan simple, no lo es en la práctica, pues a propósito de ciertas circunstancias históricas uno podría preguntar, ¿por qué los más grandes actos de barbarie registrados en la historia de la humanidad los han protagonizado pueblos o dirigentes con niveles de educación supuestamente elevados? Esto si estamos de acuerdo con que conciencia y barbarie son absolutamente incompatibles.

Desde sus mismos orígenes, la educación se convierte en el medio por el cual la mímesis o imitación deja de ser el único vehículo para garantizar la sobrevivencia en el entorno de un determinado grupo humano. Ahora los miembros de ese grupo humano se educan para proporcionarle a sus congéneres unos medios y unas alternativas de vida de mejor calidad; ello quiere decir que a la base de ese proceso entra en juego la conciencia como la inclinación innata hacia la búsqueda racional de mejores mecanismos de adaptar el medio a las necesidades del día a día. Conciencia y razón serían los dos pilares sobre los cuales reposa el acto educativo; el resultado debería ser, por tanto, la humanización cada vez más creciente del hombre.

Con todo, si analizamos desde esa perspectiva el desarrollo de la educación a través de los siglos, podemos darnos cuenta de que no siempre el binomio educación y conciencia caminaron juntos; en muchos aspectos y en distintas regiones de la tierra, la educación se convirtió en el mejor instrumento para aniquilar la conciencia de la gente, para adormecerla y, finalmente, para controlarla y manejarla al antojo de quienes aprendieron a utilizarla para su beneficio.

Con estas luces podríamos examinar la calidad de la educación de nuestro país para ver hasta dónde ella ha sido la que ha despertado nuestra conciencia o si por el contrario la ha adormecido hasta el punto de generar en nosotros procesos involutivos de deshumanización. No hay que olvidar, cuando hablemos de educación, que ésta brota de la conciencia y que al mismo tiempo hace brotar conciencia, pero siempre para el cambio, para el mejoramiento; en definitiva, para la humanización.

Escritor: Gonzalo A. Rendón O.

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