EL BARROCO, MUCHO MÁS QUE MOVIMIENTO

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El Barroco siempre ha sido concebido como un estilo artístico ‘menor’, encadenado al floreciente Renacimiento, y considerado como su hermano menor. El Barroco siempre se ha podido considerar movimiento y opulencia, olvidando los verdaderos pilares que llevaron a la Europa del siglo XVII a pasar del ‘refinamiento’ renacentista a una mayor carga decorativa, a un ‘horror vacui’. Y el Barroco es eso, movimiento, pero no sólo.

El Barroco hunde sus raíces en la Contrarreforma, en el Concilio de Trento (finalizado en 1563), que urge a los artistas a buscar mayor devoción por parte de los fieles. Ya no son válidas las formas clásicas de Fra Angélico, hay que buscar contorsión, dolor, forma y, en definitiva, provocar y mover al espectador.

Un claro ejemplo de esto es ‘La Crucifixión de San Pedro’, de Caravaggio, donde el protagonista de la escena, un San Pedro crucificado con la cruz invertida verticalmente, se retuerce de dolor ante el mísero fin que le espera: una muerte segura después de muchas horas de sufrimiento agonizante. ¿Cómo podría ser sino su cara ante tal sufrimiento que le espera?

Por lo tanto, el Barroco no es un estilo o una mera forma que tiene un hilo conductor desde el Renacimiento, el Alto Renacimiento y el Manierismo. Es un cambio de mentalidad, de forma de entender el arte del siglo XVII. Es, en definitiva, un cambio de concepto, y no una mera corriente artística.

Y no sólo es movimiento porque también es perspectiva y escorzo. El Renacimiento, sobre todo del Cuatrocento italiano, es un ejemplo de tímidos estudios sobre la composición y la perspectiva, aún no hay un claro dominio de la estructura de una obra para dar sensación de profundidad. Esto, dos siglos después, está superado por el Barroco, que es un verdadero estudio de la perspectiva y la composición, muy avanzada y usando los principios aprendidos pero torpemente aplicados en el siglo XV.

El Barroco cuenta con autores de una grandeza intelectual que no deben envidiar nada al prolífico Cinquecento de Leonardo, Miguel Ángel y Rafael. Gianlorenzo Bernini no les va a la zaga, y supone compaginar su labor de arquitecto favorito de los papas (Columnata de la Plaza de San Pedro o Baldaquino del Vaticano) con escultor de una exquisitez digna de elogio.

Para ello, sólo un ejemplo: posiblemente, una de las obras escultóricas más bellas del siglo XVII sean el rapto de Perséfone, que forma parte de un conjunto de cuatro piezas talladas por Bernini con apenas 25 años, y que se ubican en la Galería Borghese de Roma. ¿Quién duda de su genialidad viendo los dedos de Hades, dios del inframundo, clavándose en los muslos de Perséfone, que se niega con la última gotas de su aliento a su rapto? No hay que olvidar que es mármol finamente tallado, y se consigue con martillo y cincel un efecto tan sumamente bello y refinado que está a la altura de obra maestra de la escultura mundial.

Menos conocida es la figura de Francesco Castelli, ‘Il Borromini’, arquitecto incansable al que la Roma barroca le debe un gran legado, como Santa Agnese (Santa Inés, en la Plaza Nabona) o Sant’Ivo della Sapienza. Pero su obra cumbre, por la que pasará a la historia, es San Carlo alle Quattro Fontane, el ‘San Carlino’ tan querido por los romanos.

Esta iglesia ocupó toda la vida de Borromini, y tiene una planta centralizada alargada, que se retuerce para conseguir el efecto deseado: torsión. Y es que, en el Barroco más pleno, las plantas centralizadas se estiran y las plantas basilicales se contraen, en un juego continuo de movimiento y dinamismo.

Y la fachada, construida en la segunda mitad del siglo XVII, fue la obra póstuma de Castelli, que dejó esta parte del edificio para el final y prácticamente se solapó con su muerte, en 1667. Durante su construcción, miles de romanos acudían curiosos en peregrinación a ver el trabajo de Borromini, que se plasmó en una fachada que es uno de los referentes del Barroco pleno europeo.

Pintura, escultura y arquitectura. Las tres artes mayores nos confirman que el Barroco no es sólo movimiento, no es sólo escorzo, sino que hunde sus raíces en una Europa profundamente creyente que tiene en el Concilio de Trento una explicación a sus líneas estilísticas. El arte nunca es porque sí, el arte por el arte no existe (ars gratia artis), sino que es reflejo constante de una sociedad, de un momento y de una forma de pensar. El Barroco no es una excepción, y vemos cómo con un profundo análisis podemos sacar valiosas conclusiones de la Europa que está gestando la Revolución Francesa.

Escritor: Raúl Vega Mateo

 

 

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