“EL CINE COMO POSIBILIDAD DE PENSAMIENTO Y FORMACIÓN”

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La mirada al cine como una alternativa de entretenimiento y disfrute del tiempo libre, es quizá uno de los lugares más comunes que lo consolidan como un elemento indispensable en el diario vivir de la humanidad, pues gracias a la diversidad de géneros que lo componen es posible encontrar un sinnúmero de cintas disponibles para todas las edades y gustos, además, el acceso al cine en la actualidad ha tenido una mayor difusión que en tiempos pasados a propósito de la incursión del internet, el desarrollo de la piratería y las llamativas promociones que se han reinventado en los cinemas.

Sin embargo, existen otras posibilidades que dejan entrever que el cine en tanto creación humana, toca y recompone las fibras que nos constituyen, es decir, se visualiza como una posibilidad de formación puesto que provoca movilización del pensar y del sentir: interrogar, cuestionar, debatir, llorar, recordar, reflexionar, experimentar, cambiar, son solo algunas acciones de las que podemos ser participes en un encuentro furtivo con el cine. Pero ¿Qué es lo que puede llegar a evocar tal movilización?, si analizamos el cine como parte de una diversidad que encarna historias, colores, personajes, música, formas o paisajes, logramos comprender que esas historias se encargan de relatar los trayectos de la humanidad, pues el cine recorre aquello que fuimos, pero también, aquello que venimos siendo o incluso, aquello que ha desbordado la realidad y subyace a la imaginación.

En este sentido, diversas son las historias que nos cuentan y se cuentan desde el cine, historias que así como perduran en nuestra memoria pueden llegar a transformar la existencia misma, de ahí que éste se considere como un potencial de formación que nos invita a darle una mirada a nuestra propia vida a partir de las vivencias que despliega desde su interior. Por ello, en algunos lugares donde se fomenta la educación tales como bibliotecas, colegios y universidades, se opta por propiciar esta clase de encuentros con el cine como un espacio de congregación que se acompaña de un foro al final de las películas, el cual contribuye a ampliar la mirada de lo visto, puesto que pone en dialogo diferentes posiciones y formas de asumir los contenidos, de manera que resulta bastante enriquecedor opinar, escuchar y tolerar otros puntos de vista.

De ahí que en el campo educativo, el cine se ha posicionado como una opción de gran importancia para sensibilizar a los estudiantes en torno a ciertos acontecimientos, en el caso de los colegios, se suele recurrir a él para divulgar problemáticas que difícilmente son tratadas abiertamente tales como el embarazo, el consumo de sustancias psicoactivas, la prostitución, el matoneo, el abuso sexual, entre otras; en el caso de las universidades, el cine pone el acento con un mayor énfasis en el aspecto social y político de las naciones, aunque en cualquiera de estos casos, resulta claro que el cine se ha instalado en las aulas más que como un elemento de esparcimiento, como una opción que da vía libre al pensamiento y a la formación, una opción que incluso es propuesta por el maestro como parte de una pedagogía abierta y activa, pero sobre todo, una pedagogía con potencial de transformación.

Frente al cine entonces, contamos con la opción de confundirnos, desconcertarnos, disgustarnos o congraciarnos, y es precisamente todos estos pensamientos y emociones que afloran los que promulgan un manifiesto de nuestra parte, o mejor, un posicionamiento frente a aquellos contenidos que se despliegan, un posicionamiento ético que tiene que ver con los principios que hemos cimentado a lo largo de la vida, y en definitiva, esto tiene que ver con nuestra formación, pero el cine no aboga por aquella formación que nos imparten para homogeneizar y estandarizar ese pensar y ese sentir a todos de igual forma, el cine más bien, busca crear resistencias frente a esto promoviendo una formación pensada por nosotros mismos desde las inquietudes que se van dando en las vicisitudes que se nos cruzan por la vida, pues durante ese trasegar estamos en constante formación y de-formación, somos pero inevitablemente también dejamos de ser gracias a las vivencias diarias.

Es así que, asumir el cine desde un posicionamiento ético implica también analizar el contexto que presenta, es decir, la época, el género, el país, la dirección, entre otros aspectos, pues de este modo, podremos crear comprensiones más profundas acerca de las películas sin el ánimo de interpretar tal cual las intenciones de los directores de las cintas, sino más bien, buscando proponer otras alternancias alrededor de esto.

No obstante, es preciso aclarar que cuando nos referimos al cine no se está efectuando discriminación alguna entre el cine comercial y el cine independiente, si bien reconocemos que este último opta por tratar las temáticas de forma crítica y analítica, también podemos afirmar que en los últimos tiempos el cine comercial se ha encargado de criticar las bases que cimentan la sociedad en la que nos hallamos inmersos, pues temáticas como la familia disfuncional, el consumo excesivo, la perdida de recursos naturales, entre otras, han quedado plasmadas en algunas cintas de amplia difusión. De este modo, no se trata de favorecer la audiencia de una u otra clase de cine, tan solo se trata de estar dispuestos a desglosar detalladamente la fusión y explosión de imágenes y sonidos que se aprecian en la pantalla.
Finalmente, vislumbrar el cine más allá de una opción de entretenimiento de paso aceleradamente corto por nuestras vidas, configura un comienzo donde es necesario abrir más espacios dedicados a pensar el cine como una experiencia que afecta y moviliza nuestras vidas hacia la inestabilidad y la ausencia de las certezas legitimas con las que hemos crecido.

Escritor: Claudia Jaramillo

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