EL HOMBRE CONCRETO COMO CONTRADICCIÓN

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En su ensayo Del sentimiento Trágico de la vida, el filósofo, novelista y ensayista español, Miguel de Unamuno (1864-1936) nos recuerda, hasta hoy, quiénes somos: seres de carne y hueso. Imposible huir de nuestra “individualidad” que se diluye en y desde la generalidad que no somos. Las estadísticas nos contabilizan, nos agrupan, nos asignan valores numéricos abstractos que, en verdad y en sentido estricto, no somos ni nos identifican. En la generalidad perdemos lo que nos hace seres únicos e irremplazables. Nadie tiene la misma voz que otro, nadie posee los mismos rasgos interiores.

Con Unamuno, vamos más allá de la definición griega-clásica de Aristóteles del hombre como “animal racional”, y sostenemos que el ser humano piensa no sólo con el cerebro sino con todo su cuerpo y toda su alma. Así, el pensamiento se experimenta como una fuerza vital que recorre al hombre por completo, por tanto, su comprensión integral, no puede lograrse con la simple sumatoria o recolección de partes en que nos han dividido o incluido pero que, en realidad, no han hecho otra cosa más que desintegrarnos, quizás por una mal concebida, practicidad metodológica. El hombre piensa amando y ama pensando; todo en él (en nosotros), los sentimientos, las motivaciones, las ilusiones, con sus aciertos y fracasos, todo él y en él es pensamiento en movimiento. La vida en acción, en plenitud y en primera persona.

Lo que el hombre es, se completa en un deseo fundamental, primario, básico e insoslayable: el deseo de no morir. El alma individual, se niega a envejecer y, por tanto, a morir, y frente a esta imposibilidad real, la vida humana y cada ser humano es, indefectiblemente, en sí mismo, un sentimiento trágico porque desde el primer hálito de vida, el ser humano, se aferra, lucha por respirar, por sostenerse en su nueva condición de existir para descubrir, finalmente, que más allá de todo y haga lo que haga, su vida se acabará inevitablemente. Y como dice el cantautor y trovador, también español, Joan Manuel Serrat, en la canción Soy sinceramente tuyo: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.” Esta consciencia, o mejor dicho, autoconsciencia se vive como detestable, justamente porque no se desea. El hombre concreto, el que respira, trabaja, come y duerme quiere la inmortalidad que no puede ser ni tener.

En este punto, Unamuno nos presenta una de las paradojas centrales de su pensamiento: la necesidad del ser humano de optar entre una vida y una verdad trágicas o una felicidad que es ilusión. El sentimiento trágico del existir humano es esta dualidad que se presenta primero inconscientemente y, luego, se hace evidente a la consciencia: no se quiere morir y la muerte es la única certeza implacable y constante en la vida humana, en el vivir de cualquiera de nosotros, seres humanos concretos.

He considerado esta problemática, un siglo después de que el autor la planteara en 1913, por su eterno valor y vigencia. ¿Cuál es el verdadero sentido de la vida? Una pregunta de raigambre profundamente filosófica y unamuniana. Una interrogante que se hace nueva cuando la planteamos desde nosotros mismos, desde nuestro tiempo y en nuestro mundo. Es el “recrear” de las cosas y las ideas del que habla Unamuno. El Universo, el mundo, el hombre no existen, así, en abstracto, sino que son un universo múltiple, un mundo a la forma humana, “para” el hombre y “este hombre” (o mujer) que soy ahora mismo, frente al espejo de las palabras. Este “hombre sentimental” y no ya más lógico o racional porque nada está más lejos de eso que la contradicción en la que nos encontramos. Somos, intrínsecamente, una paradoja.

Somos, entonces, y por ahora, sólo por ahora, lo que sentimos; un conjunto de emociones y afectos arrojados al mundo, anhelando respuestas que colmen los espacios de soledad que nos hemos creado en un mundo ciberespacial cada vez más comunicado, interconectado, cercano pero a la vez, más distante y solitario. Contradicción de contradicciones. Hablar con alguien no implica comunicarse con él. Comentar acciones, describir lugares e incluso, fotografiarlos, no dice necesariamente lo que sentimos y somos. Unamuno nos vuelve a invitar a re-significar nuestro hacer humano para re-crearlo más humano, más digno de nuestra naturaleza. Lo racional no es respuesta suficiente, quizás lo sentimental tampoco, por sí mismo y, así, al decir de Kant, ya en el siglo XVIII alemán, la razón es más razón, es más humana si incluimos en ella la intuición, los afectos, las impresiones subjetivas de las cosas que son algo, justamente, en la medida que lo son para alguien.

La subjetividad que hemos ido perdiendo en pos de una homogeneidad objetiva que nos aplasta o nos diluye en una nebulosa estéril que a veces llamamos sociedad, otras veces comunidad y otras tantas Estado o, simplemente, mundo. Si las palabras crean realidad y existimos en el lenguaje, no hay problema con estas designaciones, siempre y cuando, no perdamos de vista al hombre concreto, al hombre de carne y hueso que es el que, finalmente, re-inventa la vida con su vida y colabora, día a día, con su existir en el existir del mundo. Allí estarán para siempre hombres como Aristóteles, Unamuno, Kant, ustedes y yo, sí, eternamente existiendo como una maravillosa y apasionante contradicción.

Escritor: Jacqueline Ramos Pazzaro

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