El libro digital

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A pesar de la conmoción social y cultural que supuso la Internet, el libro parecía resistirse a la inmensidad del cambio. Pese a la gran cantidad de libros digitalizados y gratuitos, las personas preferían versiones materializadas. La razón es simple: resulta incómodo leer en la pantalla del ordenador. Además, esa forma de lectura exige una rutina sedentaria, sujeta a la estricta ubicación del CPU (en el caso del Laptop se atenúa esa limitación, pero la movilidad del aparato no puede compararse con las libertades del libro).

Sin embargo, la tecnología ha logrado encarar ambas dificultades; los ereader ya son parte del mercado. Con ellos puede leerse cualquier material virtual con las ventajas del papel impreso. En primer lugar, la pantalla de estos dispositivos es opaca; todos utilizan el recurso de la tinta electrónica que, a diferencia de la pantalla ordinaria LCD, no emite luz, y así, no molesta a los ojos. En segundo lugar, su reducido tamaño y peso facilitan su manipulación, se pueden transportar como un libro, o incluso con mayor comodidad. Otra similitud es que los ereader contienen un pequeño teclado que permite subrayar el texto y hacer cualquier observación. Así, las molestias que acompañaban a la literatura digital han sido superadas.

Entre los dispositivos existentes destacan el Kindle creado por Amazon, y el Reader Digital Book de Sony. Como sucede con las novedades tecnológicas, sus precios son elevados: oscilan entre los 200 y los 300 euros. Además, su distribución es todavía limitada; por ejemplo el Kindle empezó a venderse fuera de EEUU a finales del 2009, y en la mayoría de los casos sólo se consigue por Internet, como ocurre en Venezuela. Sin embargo, pese a algunas reservas, muchas editoriales como Grupo Planeta o Santillana apuestan por el cambio, y el número de librerías virtuales o “plataformas de distribución” va en aumento. Una sólida estructura de mercado respalda entonces a la nueva tecnología, de modo que todo apunta a un notable incremento del formato digital en los próximos años.

En las leves dimensiones de un ereder se puede almacenar hasta 200 libros y disponer de ellos en todo lugar (lo que excede el número de lecturas de una persona promedio durante toda su vida). Más aún, esa cifra sólo expresa una capacidad, como la medida de un recipiente que puede colmarse con cualquier sustancia entre millones posibles. Sea a partir de un USB, o de un soporte Wi – Fi, todo archivo digital en formato de lectura puede descargarse en el artefacto, entonces, al margen de la oferta editorial, el usuario tiene acceso continuo a los ejemplares que abundan en la Web de forma gratuita.

Cada día crecen las concesiones bibliográficas por parte de las bibliotecas digitales, que facilitan a los internautas el patrimonio cultural de las más importantes bibliotecas del mundo. Un ejemplo significativo es la Biblioteca Digital Mundial, o también la Biblioteca Digital Hispánica, cuyo material, además de libros, incluye grabados, fotografías, manuscritos, mapas, etc. En nuestro país, algunas colecciones han sido digitalizadas para contribuir con la Biblioteca Digital Andina y la Biblioteca Digital Iberoamericana y del Caribe. Entre esas colecciones destaca la Biblioteca Ayacucho; todos sus volúmenes se han copiado en el formato digital y pueden descargarse en su página Web.

Dentro de esos millones de textos que están a disposición del usuario, hay que incluir los libros que se publican en la Red de forma independiente. Cualquier persona puede publicar un escrito sin las mediaciones del negocio editorial, como ocurre en la página bubok.com. En ella, el autor coloca el contenido y, según disponga, otras personas pueden comprarlo o descargarlo gratuitamente. Al aislarse del papel, la obra queda liberada de las limitaciones de la impresión; el número de lectores posibles se expande considerablemente. Por ese motivo, muchos escritores optan por esa nueva forma de distribución que, como prescinde de intermediarios, propicia una creación autónoma, y ofrece otras alternativas a los perfiles editoriales.

La admisión de la literatura digital se prevé paulatina; por ahora, nada parece amenazar la primacía del formato impreso. Aunque a la postre, cederá su puesto privilegiado, hasta sucumbir quizá ante la novedad. Sin embargo, algunos pronostican su permanencia; Umberto Eco es un ejemplo. En su reciente publicación No esperéis libraros de los libros, se inclina por una coexistencia de formatos, haciendo énfasis en la resistencia del papel con respecto a los nuevos soportes . Ahora bien, si llegase a perdurar, el libro impreso quedaría minimizado en ese porvenir de caracteres electrónicos. Ello supone una revolución cultural comparable con las conquistas de Gutenberg, con una trascendencia tan vasta que de momento no puede sondearse; el patrimonio bibliográfico mundial se volverá portátil y asequible a cualquier internauta. El espacio físico que alejaba al lector de las obras será anulado; sólo persistirán algunas limitaciones económicas, que tal vez se reduzcan a las novedades editoriales.

Escritor: Rafael Fauquié Wefer

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