El resultado final de la experiencia

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Para comenzar la evaluación final de lo que significó este segundo año de Práctica Docente habría que remontarse a las primeras clases en el aula. Igualmente, el fuerte a mi entender fueron las visitas que realizamos a las distintas instituciones, y sobre todo, cuando ingresamos al aula para observar alguna clase. A esta altura del año hemos transitado diferentes escuelas que nos han permitido tener un panorama más amplio con respecto a las instituciones escolares de educación primaria.

Allí pudimos observar semejanzas y diferencias con respecto a nuestra experiencia escolar; semejanzas y diferencias entre las diferentes instituciones y, semejanzas y diferencias entre lo que aprendemos en el profesorado y lo que realmente sucede en el día a día en las escuelas. Ritos, rutinas, hábitos, costumbres, cultura escolar, todo lo vimos plasmado en la recorrida por esos espacios, a los cuales entramos seguramente con un pensamiento de que “seguro vamos a encontrar tal cosa” (por ejemplo un mástil, mesas y sillas, láminas en las paredes y otras características que vinculan a todas las escuelas en general).

Recuerdo que en una clase de Prácticas vimos la película “La Aldea” y en un principio me preguntaba por qué las docentes la habrán elegido. Analizándola más detalladamente comprendí que la película refleja un poco la cultura escolar, aquella que se inscribió en la modernidad y que se fue desarrollando, perfeccionando, pero tiene las raíces intactas manifestadas en la escuela actual y mucho más en la escuela que transitamos cada una de nosotras, futuras docentes. Esto tiene relación con la gramaticalidad cultural a la que hacen referencia David Tyack y Larry Cuban, cuando la definen como “el conjunto de tradiciones y regularidades sedimentadas a lo largo del tiempo, transmitidas de generación en generación por diversos actores”. Son costumbres bien marcadas y características de la escuela que perduran por muchas décadas, lo que marca que se consideran a ese tipo de situaciones correctas y necesarias para que la escuela funcione.

Igualmente, sabemos que desde que se creó la escuela sus objetivos fueron cambiando en función de la sociedad y el momento. Recordemos que en un tiempo el fin era civilizar a la barbarie, “patriotizar” a los inmigrantes, asistir a la escuela con el fin de aportar al desarrollo de la sociedad y, hoy en día, se la toma como una institución que contiene a niños y niñas en zona de vulnerabilidad, lo que significa que la escuela no solo cumple el papel de enseñar contenidos específicos, sino que muchas veces hace de madre, padre, hermano, etc., en sí, contenedora de acuerdo con la necesidad que haya. Y además, con las nuevas tecnologías y el avasallante avance de los medios de comunicación, la escuela quizás ya no sea (o no se la considera) el único lugar para aprender, debido a que internet y la televisión, sobre todo, la están corriendo un poco de su lugar de siempre.

Ahora bien, pensemos que la escuela es importante en la sociedad, con diferente contexto actualmente, pero sigue siendo ese lugar que (para algunos niños) significa el único espacio posible para conocer algo distinto a lo que conocen en la casa y eso es una de las cuestiones que desde el profesorado podemos analizar: qué tan importante es el docente para estos niños; por lo tanto, si valoramos el espacio que nos toca transitar día a día y comprendemos su significado, seguramente nuestro trabajo se acerque a lo correcto. Y siguiendo por este camino, desde el análisis a las diferentes instituciones escolares pudimos observar qué significado tiene la escuela para los actores sociales que habitan en ella, qué cultura institucional predomina, cómo acciona cada actor social en particular, siempre, obviamente, desde un juicio de valor que no puede ser muy completo ya que en la mayoría de las instituciones hicimos apenas una visita.

La primer escuela recorrida fue la Escuela N° 24, a la cual fuimos de visita en varias oportunidades y allí tuvimos la posibilidad de vivir experiencias nuevas y, por lo tanto, analizarlas. Creo que esa es una pequeña escuela que por tener esa característica (aunque no solamente por eso) presenta una comunidad que se conoce y trabaja a la par con un objetivo claro. Neto y García definen la palabra comunidad como “un espacio geográfico donde los individuos se conocen, poseen intereses comunes, analizan juntos sus problemas y ponen en común sus recursos para resolverlos”.

Al menos pude notar ese aspecto desde mi lugar de observadora. Escucharlo a Gustavo, el bibliotecario, fue interesante y enriquecedor porque se lo veía vinculado con la escuela, preocupado por el aprendizaje de los alumnos, con los cuales tenía una excelente relación. Considero que la biblioteca es una pieza fundamental en cualquier institución educativa. De mi experiencia escolar no tengo recuerdo de haber visitado la biblioteca del colegio: creo que no tenía. Entonces, pensando en el ahora, en mi futura profesión y en lo importante que considero que es la biblioteca, el bibliotecario y el uso que le dan los docentes, cuando ejerza seguramente la voy a valorar como corresponde, porque allí los conocimientos se diversifican y multiplican. Me imagino inventariando los libros de la biblioteca del aula con mis alumnos, mantenerla ordenada y con variedad de textos. Quizás también sea porque en las pocas aulas que visitamos no he visto una biblioteca ordenada: apenas tenían alguna división, pero los libros estaban desparramados y parecía mal cuidada. Y ese no creo que sea el camino para que los niños se acerquen. La invitación debe llegarles por la vista y por el incentivo que la docente transmita. No obstante, como plantea Mariela Macri, “la demarcación de los espacios no es neutra”, por lo tanto, si el aula posee un lugar privilegiado para los libros escolares (ya sea manuales, libros de literatura, diccionarios, etc.) este deber ser cuidado y respetado. Recuerdo en la visita al Instituto Bernasconi cómo nos alentaba y nos invitaba la bibliotecaria a formar parte del mundo de los libros, teniendo en cuenta las inmensas posibilidades de leer el mundo que estos nos aportan.

Por otro lado, y citando nuevamente el ejemplo del Instituto Bernasconi, la escuela debe ofrecer diferentes espacios para que los alumnos transiten por ella. Sabemos que en aquel instituto todas las dimensiones se multiplicaban debido a su inmensidad desde la creación, sin embargo, es posible que la escuela cree esos espacios fuera del aula con un sentido que le aporte algo importante a los alumnos (de hecho, el colegio María Auxiliadora de la localidad de Quilmes también tenía muchísimo espacio para recorrer y disfrutar y en ese sentido, parecía una escuela acorde a lo que estamos buscando para nuestros alumnos). El verde césped, como pudimos observar en el instituto de Parque Patricios, así como los arboles, son de vital importancia para que existan en la escuela, porque les permite a los alumnos un contacto real con la naturaleza.

También, la huerta que estaban realizando en la Escuela N°1 me generó curiosidad y a la vez, alegría por saber que los alumnos están encaminados en un proyecto natural, con un propósito real y que además les sirve de alimento para ellos mismos. Este tipo de prácticas, vinculadas de la mejor manera posible con la realidad, son las que permiten que el alumno tenga ganas de seguir aprendiendo. No hay nada más gratificante que ver los frutos de uno luego de un trabajo o actividad que realiza, y la huerta es un espacio que para mí no puede faltar en una escuela. Aunque, siempre que se le dé el uso correcto. Porque mi sensación en la huerta de la escuela de isla de San Fernando fue la de visualizar abandono de la misma, a la cual le dieron un espacio pequeño que ocupar, en medio de agua y árboles o mejor dicho, de un imponente paisaje natural, pero que por lo visto no aprovechan, algo que pudimos corroborar también en el dialogo con las docentes. Aunque, insisto, apenas hicimos una visita de dos horas en la escuela de isla, por lo tanto cualquier opinión debe ser más fundamentada con varias visitas y entrevistas.

Otra cuestión importante de acuerdo a los espacios que utiliza la escuela son los espacios que “no utiliza” o que utiliza mal. Entre esos claramente se compara al jardín con la escuela primaria, donde se pasa de un mundo de colores en el cual “se aprende jugando” a un mundo gris donde el aprendizaje está basado en reglas estrictas y costumbres arcaicas. La escuela cambió, claro está, pero todavía le falta mucho por aprender. Por lo tanto, los docentes debemos enfocarnos en estas cuestiones que querríamos modificar, analizar los por qué y a partir de allí, intentar fomentar el cambio. Tanto en la escuela 23 como en la escuela de isla la comparación entre jardín y primaria era notable. Sin ir más lejos, los juegos del jardín están cerrados en un cuadrado enrejado para que solamente lo usen esos niños.

Otra cuestión a tratar es el contacto con la realidad. Gabriela Pascualetto postula en su texto Nuevas Articulaciones e Interacciones que “al considerar la educación como responsabilidad común, la ley autoriza la participación de distintos actores sociales y diferentes formas de articulación entre las instituciones educativas y especialidades, como la coordinación de programas y acciones entre éstas y las organizaciones comunitarias, sindicales y empresariales”. Considero que las salidas educativas constituyen un aspecto central para que los alumnos puedan recorrer espacios diferentes a los habituales y así abordarlos desde la escuela con un sentido más amplio que el que le puede dar una simple fotografía que les podamos mostrar. En la escuela de isla la directora nos comentaba lo complicadas que les resultaban las salidas institucionales y, sin embargo, ellas intentaban realizarlas. Por lo tanto, la escuela debe tener también la ayuda necesaria para que estos objetivos se cumplan.

El análisis del aula quizá requiera un párrafo más amplio y detallado, sin embargo, voy a seleccionar un recorte de lo que pude observar, y en este sentido va a ser positivo ya que mi intención es rescatar los aprendizajes significativos con los que me pude encontrar. Lo primero que viene a mi mente es la esporádica visita que hicimos a los chicos de tercero y quinto año de la Escuela 24, donde nos presentamos ante ellos y tuvimos nuestra primera comunicación. Aquí pudimos observar dos tipos de relaciones con los docentes: Mónica, la docente de tercero tenía una relación más que fluida con sus alumnos, a tal punto que esa aula era un alboroto. Cuando me tocó observar su clase noté también ese vínculo estrecho, que a mi entender facilitaba el aprendizaje, porque a los alumnos se los veía muy cómodos en el aula, entusiasmados por aprender. “La escuela debe crear ambientes más amigables, más hermosos, más dignos…”, afirma Rafael Gagliano, citado en el Diseño Curricular, resumiendo quizás como debe presentarse la escuela ante sus alumnos.

En la clase que pude observar de Mónica, también se vio esta interesante interacción con los alumnos. Recuerdo que estaban abordando un tema de Ciencias Sociales (la Provincia de Buenos Aires), y la docente retomó los contenidos vistos en las clases anteriores para empezar con el nuevo tema y luego, mediante preguntas, les fue generando un conflicto cognitivo, guiándolos hasta que llegaran a las respuesta correcta (a modo de andamiaje como plantea Vigotsky). Que una clase escolar sea abordada de ese modo implica un compromiso docente: primero, con el tema a abordar y luego, con su propia vocación por enseñar un contenido de la mejor manera para que los niños lo comprendan y lo aprendan, sabiendo que si se les dan ejemplos cotidianos el aprendizaje se va a dar más fácilmente.

A Cristina, la maestra de quinto año, no la pude observar en el aula más que aquella primera vez cuando pasamos a saludar a los alumnos. Ellos estaban sentados tranquilos y callados, (quizás porque la maestra les transmitía esa paz también) y nos escucharon respetuosamente, a tal punto que comentaron sobre nuestra profesión. Sin embargo, sí tuvimos la oportunidad de entrevistarla y considero que fue muy interesante hablar con la docente, por los aportes que nos hizo a nuestras prácticas y porque su forma de trabajar se asociaba mucho a la forma de trabajar que nosotras queremos plasmar en las aulas. Y un punto más a su favor fue también que tanto ella como Gustavo, el bibliotecario, nos comentaron que es una de las maestras que más usaba la biblioteca y eso no es un dato menor.

En la escuela de isla también ingresé a una clase, alrededor de diez minutos. La visita fue a los alumnos de segundo año, quienes estaban con la maestra de matemática. En esa aula me llamó la atención como la maestra les planteaba situaciones de manera que ellos tuvieran que poner en práctica sus conocimientos previos para poder resolverlas. La imagen de un alumno haciendo un esfuerzo para que el resultado le salga fue la demostración de cómo a partir de un simple problema, ellos hacen trabajar sus estructuras cognitivas hasta llegar a la solución adecuada. Y no fue el único, ya que muchos de sus compañeros ponían empeño para lograr lo que la docente había pedido.

No tuve otra oportunidad de entrar al aula en otra escuela pero sí pudimos tener contacto con los alumnos a partir de la jornada de juegos que preparamos en la Escuela 24. Inexplicable es la sensación que me llevé de esa mañana donde los niños jugaron, se divirtieron y disfrutaron del pequeño patio, un espacio que ese jueves 31 de octubre se utilizó con otros fines.

Previamente a la elaboración del juego uno se pregunta cuál es el fin del mismo. Lo primero que surge es que los alumnos se diviertan y, sobre todo, que salgan del aula para recorrer el patio, disfrutarlo, transitarlo como habitualmente no lo hacen. “El juego permite asomarnos a los esquemas incipientes de los niños, al mismo tiempo que les permite ejercitar y fortalece sus competencias”, sostiene Piaget en Desarrollo cognoscitivo: la teoría de Piaget y la teoría sociocultural de Vigotsky. De ahí la importancia del juego, porque la intención es que los alumnos experimenten, que se relacionen con otros pero de manera lúdica, respetando las reglas, cumpliendo un fin en común, sabiendo que el objetivo principal es el disfrute. Obviamente, los juegos preparados por nostras tienen la intención de que el contenido a abordar lo puedan comprender. Sin embargo, el tema principal aquí es el juego mismo, el jugar para… (divertirse, correr, conocerse con el otro, reírse, experimentar).

Los juegos realizados con los alumnos de quinto resultaron ser una linda atracción para ellos. Nuestros miedos estaban latentes porque le pusimos mucho empeño y dedicación, por lo tanto, todo tenía que salir más que bien. La verdad es que los alumnos se interesaron en cada juego con el mismo entusiasmo, disfrutaron, se rieron, participaron y cooperaron entre ellos (y con nosotras que queríamos que esto suceda). La práctica docente me parece que conlleva mucha responsabilidad, seriedad y compromiso con lo que uno emprende y, si se sigue ese camino, van a ser más las veces que vamos a acertar que las que no. La cuestión aquí era que no solo nosotras estábamos involucradas en el juego, sino también alumnos que apenas conocíamos. Pero, ¡qué lindo salió todo! por decirlo de alguna manera, y no es individual sino que es una resolución colectiva, donde cada uno cumple un rol (siempre hay uno que organiza) y es así como se intercambian ideas hasta llegar a la meta.

Entonces, el “broche de oro” del año fue sin duda esta actividad tan interesante, dinámica y divertida que nos permitió acercarnos a los chicos, visualizar sus intereses y regalarles una mañana de entretenimiento, la cual quizás no tienen habitualmente. Es así, con esta misma modalidad, como los futuros docentes debemos encarar nuestras prácticas. Y no es un simple capricho sino más bien, una convicción avalada por la experiencia y la teoría, ya que el juego es mucho más que un juego: “en la mímica y los gestos del niño que juega se puede ver alegría, diversión, entusiasmo…”, (Wolfgang Einsiedler , en Homo Ludens, El hombre que juega).

Escritor: Alejandra Frias

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