“El Último Viaje”

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Me subo al bus rumbo al sur, me acomodo en mi butaca pensando en un largo viaje; llevo algo de líquido, algo para comer y lo más importante un buen libro que aún no termino de leer, y sobre el cual me comprometo a finalizar antes de llegar a destino. En esta oportunidad mi viaje es especial; voy por compromiso a visitar a un amigo lejano, nadie me espera, sólo voy en un acto de reparación para despedirlo. Son horas breves antes del atardecer y la noche; miro por unos minutos el paisaje antes de iniciar mi lectura inconclusa, libro en mano “El siglo de las Luces”, linterna, página y listo. Buenas noches.

Mil kilómetros han pasado y me encuentro cruzando el magnífico Canal que me indica la cercanía del fin. No puedo dejar de sentir aires de libertad, tranquilidad, de pureza y paz. No puedo dejar de pensar que me aproximo a otro país dentro de mi propio país; cultura, rasgos idiomáticos, costumbres, comidas, olores, sabores, relaciones humanas y anatomías distintas a lo que consumo todos los días. Sólo faltan dos horas de viaje.Observo por mi ventana para lograr reconocer antiguos paisajes en mi memoria, sin poder asociar más que algunas viejas casas y rincones de la ciudad. El tiempo no ha pasado en vano. He llegado a mi país.

Mi misión, la despedida. Sentado frente a él, en su lecho de muerte, y mirando frente al mar, converso acerca de lo que debimos decir en vida y nunca hicimos. Acompañado de Ana y Nicole, su viuda e hija respectivamente, reímos y comentamos las circunstancias finales de su vida, los preparativos de su viaje, los planes a futuro, etc. La vida no deja de rodar.

Reconocimiento. En la madrugada, el aroma inconfundible del humus de la tierra mojada por la constante lluvia y el mar me hacen revivir en cuerpo y alma. El aire, limpio transparente y puro entra en mi torrente sanguíneo como una sobredosis de energía, me siento un superhombre. En el pueblo veo más gente, los niños ya no lo son, y los adultos más viejos están; más comercio, vehículos y la sensación de que eso que llaman modernidad, con lo positivo y negativo, también ha llegado a estos rincones. La vida social la encuentro más agitada, más segmentada y aislada, no hay saludos y muchos caminan cabeza abajo. Una ciudad más ruidosa, caótica, sucia y desordenada, con retoques más retoques menos, pero que en el fondo no ha perdido su encanto, su alma es la misma.

Los rincones. Rumbo al Oeste a la costa de la Isla grande de Chiloé. El viento golpea mi rostro y se escucha el constante ruido del mar de esa playa infinita que recorro a pie “pelado” para recuperar de mis recuerdos los vínculos con esta tierra maravillosa. El frio de las aguas no es impedimento para que una vez más, cual primitivo habitante, incursionar en la búsqueda y extracción de algunos bivalvos propios de la zona y de extraordinaria abundancia en este lugar. Lista la cena.

Reunión familiar, bienvenida, cena (machas a la parmesana), vino y sobremesa para rescatar y compartir algunas ideas no contadas por la distancia y la separación. Se reúne la familia, parientes y las visitas entran y salen sin cesar de la habitación, comedor-cocina tan tradicional de esta cultura; risas, cuentos y silencios se suceden, son más de las doce y el cansancio me supera. Buenas noches.La tradición no se debe terminar. La cruz del cordero. La búsqueda del animal, la faena, el salar y orear, con “neachi” de por medio, son los pasos previos. Al otro día, la espada, el carbón, la leña para el asado y los acompañamientos necesarios para la carne. Abundante y buen vino para la asadura de cuatro horas y la infaltable guitarra para animar la espera. Otra vez mesa larga. Todo está perfecto.

La despedida. Todo es vertiginoso, abrazos, buenos deseos y saludos a todos son las últimas palabras. Me subo al bus e inicio mi retorno. No dejo de meditar de esta experiencia, que todo es un ir y venir, que todo es un abanico de contradicciones que mezcla los beneficios de una vida moderna con una vida antigua que aflora donde se mire; que lo actual parece por un lado una camisa de fuerza impuesta con la velocidad del rayo, como si hubiese un gran avance en el tiempo, sin pasar por la madurez cultural para sostenerlo, y por otro, una vida -enredadera que crece descontroladamente por todos lados sin posibilidad de camisas de fuerza, una cultura que busca siempre un camino. Me quedo tranquilo, duermo, mi último viaje ha terminado.

Escritor: Enrique G. Soto Concha

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