El valor y el poder de la música como medio de abstracción para el oyente

De todas las artes, la música es la que en mayor medida ofrece y facilita unos altos niveles de abstracción, gracias a los cuales, el oyente, influido por una intensa y extraña sensación que lo hace olvidar de su corporalidad, se deja llevar por la melodía, transportándose de alguna manera a un espacio en el cual se desvanecen los problemas y los azares de la cotidianidad, y en donde las evocaciones sonoras le posibilitan desatarse de la dimensión física y de los lazos inefables que lo atan a la realidad. Sin embargo, aunque la música sea, en efecto, el arte que más posibilita la abstracción, hay ciertos estilos que son desarrollados con la principal intención de alcanzar aquel estado en el cual el hombre es capaz de dejarse ir, de lanzar una mirada mucho más profunda y reveladora al fondo oscuro y confuso de su propia existencia, y elevarse.

Un ejemplo de ello es el jazz, estilo musical caracterizado por la atemporalidad, es decir, por la carencia de una métrica y de una rítmica definida, en el cual se le da la libertad al intérprete para improvisar sonidos, que, al no tener un orden, estructura ni configuración precisa, se escapan de los requerimientos teóricos y de las exigencias conceptuales, y simplemente se reproducen, de forma aleatoria, intensa y dinámica en el espacio.

Pero mucho más anterior al jazz, la música como medio de abstracción fue de vital importancia en la antigua Grecia, y se interpretaba principalmente en los rituales y festividades que se realizaban para honrar al dios Dionisio, el dios del vino, el cual es descrito por Friedrich Nietzsche, filósofo alemán del siglo XIX, como el dios que representaba la oscura y terrible realidad de la existencia; quien descifraba los secretos más espantosos y lúgubres de la vida, aquellos que el hombre siempre intenta ocultar y olvidar; y presentaba al mundo sin ninguna clase de velos ni de apariencias, descubriendo los sentimientos más negativos de los seres humanos, y las horrorosas verdades que en conjunto conforman el núcleo y el sentido del arte. La música dionisiaca, por lo tanto, caracterizada por una percusión huidiza y veloz, por el retumbar agitado de unos tambores vibrantes y estremecedores, revela la verdadera esencia de la vida, pues al escucharla el hombre se abstrae, se olvida completamente de sí mismo y de su entorno, y se complace en el horror, disfrutando, por fin, de la vívida e intensa pasión que significa existir.

Esto quiere decir que la música dionisiaca, al abstraer, revela, descifra y presenta en su más extrema desnudez las cualidades de la vida y de los sentimientos humanos. Para Nietzsche, este debería ser el principal objetivo de toda música que en realidad quiera convertirse en arte, de tal manera que entre más libres, atonales, rebeldes y arrítmicos sean los sonidos, más rica y poderosa será la música, logrando así abrir las puertas a la abstracción.

De allí la crítica de Nietzsche a la opera, pues en la opera se incluye el lenguaje verbal, lo cual conceptualiza a la música. El oyente no tiene la posibilidad de abstraerse porque las palabras, con su conjunto complejo de significados y de sentidos, hacen que la mente se preocupe más por entender el mensaje de las frases, evitando así la posibilidad de huir, de dejarse llevar y de elevarse al nivel de la abstracción por los sonidos. De tal manera, las enormes capacidades que tiene la música de abstraer se han ido perdiendo al ponerle palabras a los sonidos, y al pensar que la mejor música es aquella que presenta una estructura más ordenada, que tiene una secuencia de sonidos determinados por una métrica clara y por unos compases definidos.

Pero ese orden, esa búsqueda de melodías perfectas en donde los tonos se interpretan con un cuidado riguroso, hace que la música pierda, en gran medida, su esencia, y que no se aprovechen las ventajas y las riquezas que tiene el sonido para poder generar aquellos estados de suma intensidad espiritual, que tiempo atrás, en Grecia, producían los tambores vibrantes en los rituales dionisiacos.

Las artes plásticas, como la pintura y la escultura, se conceptualizan a través de imágenes y símbolos; su principal valor es la apariencia, de tal manera que no facilitan el desarrollo de estímulos para que el espectador pueda lograr la abstracción. El sonido, en cambio, no tiene forma, no es imagen ni concepto. A pesar de ello, a través de la historia de la música se han tratado de estructurar y de jerarquizar los sonidos, de darles un orden cada vez más preciso y, al unirlos al lenguaje verbal, conceptualizarlos.

Al hacer esto, tal vez, se ha olvidado que la principal característica del sonido, y aquello que hace que la música sobresalga por encima de todas las artes, es, precisamente, la ausencia de conexiones, sentidos y significados, lo cual en conjunto hace posible el hecho de que el hombre se abstraiga realmente de su cotidianidad. Cuando se apaga el sonido, cuando las notas se callan y el silencio se apodera del entorno, el hombre vuelve a su realidad, a su corporalidad, pero siempre tendría la posibilidad de huir, de escapar y de hallar un refugio misterioso en la música.

Por lo tanto, aunque el jazz ha representado un valioso esfuerzo por rescatar las características primarias, atemporales y abstractas de la música, el mundo, poco a poco, ha olvidado cuál es el verdadero valor del sonido, y hoy en día la música se valora erróneamente más por su ritmo, por su letra, por su significado y su mensaje. Sea este, por lo tanto, un esfuerzo por recordar cuál es la verdadera magia y el encanto de la música, cuál es el valor agregado que tiene frente a otro tipo de manifestaciones artísticas, y cuál es la esencia que se esconde tras los sonidos acompasados, fuertes y oscilantes, por medio de los cuales se descubren y se descifran los más profundos enigmas de la existencia.

Escritor: Alberto Aldana

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