EL VERBO SE HIZO PIEDRA Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS

¿No es irónico que el lenguaje, “herramienta para la comunicación humana”, sea precisamente el factor que con frecuencia entorpece nuestra comunicación con otros? ¿Por qué hemos privilegiado lo verbal, aún sabiendo lo inestable y ambiguo de su naturaleza? Probablemente, desde que empezamos a comernos el cuento de “animales superiores” al descubrir la habilidad (algunas veces tan mal empleada) para hablar que los otros animales no evidenciaban, volcamos toda la fuerza de la comunicación en la palabra; “los racionales”, como niños con juguete nuevo, empezamos a hacer y deshacer el mundo con distintos sonidos, un hecho tan llamativo que cada quien quiso jugar a ser único e ininteligible y la palabra se segmentó, se desmoronó en extrañas jergas, llámese idioma, dialecto, argot o Ulises de Joyce, haciendo a un lado otras formas de expresión más efectivas, como la imagen, el contacto físico o la acción: vitales, directas y universalmente entendibles.

La palabra nació por accidente, derivada de un aparato biológico originariamente creado para digerir (y un compartimento común para respirar). Tal vez de allí provenga la “vitalidad” de la palabra, porque muchas veces llega a ser aire y alimento: para la mayoría de nosotros hay una canción, una frase, un verso extraordinario que nos hace sentir alguien en el mundo o que dice exactamente eso que no podemos expresar; pero otras tantas, la palabra se convierte en asfixia e indigestión, un frustrante accidente… ¿Cuántas discusiones, lágrimas, relaciones rotas, remordimientos e insultos nos hemos ganado por el muy famoso argumento “eso no era lo que quería decir”? La Palabra, esa ficción todopoderosa, se convierte en trinchera: nos separa, dejándonos con un mal sabor de boca por el hecho de no ser lo suficientemente claros para alguien más.

No obstante, conocer la palabra es requisito para moverse por la vida; por donde quiera que vayamos, somos atacados por letreros, indicaciones, prohibiciones, señales, slogans y garabatos incomprensibles, tatuajes de una sociedad diseñada para los que pueden ver y oír las grafías. Aparte de frustrados, incultos: la enseñanza persiste obstinadamente en el gobierno de lo verbal, el pasar de los siglos nos ha heredado una tradición de conocimiento legitimado mediante la palabra; por lo tanto, ser culto es algo que se mide por la cantidad de libros que se presume leer, por la repetición juiciosa de ciertos nombres, un santo y seña para pertenecer a la cofradía de los intelectuales.

El panorama actual, más allá de ostracismos y exclusiones, puede entenderse como un reto al arraigo de la palabra; está fundado en un “imperio de la imagen” enlazado por hipertextos en la ubicuidad de las TIC, en el cual subyace cierta humildad hacia otros códigos de comunicación diferentes de grafías y fonemas. Bien dicen que “una imagen vale más que mil palabras”, lo que parece ser una regla implícita para las nuevas generaciones, niños que sueltan el seno materno y agarran el mouse, aquellos que para comunicarse utilizan pantallas, extrañas abreviaturas, emoticones, tan recelados por los puristas de la lengua. Estos nuevos humanos, exóticos e incomprendidos por tantos, parecen entender lo que a nosotros nos cuesta tanto: que el lenguaje se hace insuficiente a la hora de comunicarnos. Es absurdo pensar un mundo sin palabras, aunque sí es posible dejar de encumbrarlas y volver al rescate de aspectos más silenciosos, primigenios, de la comunicación humana, leer otra vez caricias, gestos, miradas, actos, formas, colores…

Escritor: Alexis Barrios Pardo

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