Filosofía en las Universidades.

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La crisis de la filosofía anunciada desde tiempos post-hegelianos, conjuntamente con el periodo de la muerte de la filosofía pregonada durante el difuso tiempo post-moderno, tuvo un desenlace lógico en los últimos sucesos ocurridos en diversos países europeos y latinoamericanos donde han aparecido movimientos académico-políticos que abogan por una desaparición de la filosofía de la currícula universitaria por no ser una disciplina de conocimientos “demostrables” (en el sentido más positivista posible), por no ser una disciplina con “presencia” clara en el desenvolvimiento de las sociedades, y sobre todo por considerarla como la principal fuente de confusión y desorientación entre los hombres por las diversas formas de pensamiento que se generan desde esta disciplina.

Las doctrinas religiosas y filosóficas expresan puntos de vista globales acerca del mundo y de nuestra convivencia separada y colectiva. Nuestros puntos de vista individuales y asociativos, nuestras afinidades intelectuales y nuestros vínculos afectivos son demasiado diferentes, sobre todo en una sociedad libre, como para que esas doctrinas sirvan de base para un acuerdo político razonado y duradero .

Si bien las palabras de Rawls están dirigidas fuera del contexto académico-filosófico, dejan entrever la concepción reinante en nuestras sociedades respecto a la filosofía, que es una postura de desconocimiento e ignorancia, pero de desaprobación, pues en todos los niveles sociales y sobre todo en los académicos institucionales se da una negación de este quehacer por la influencia de un tipo de pensamiento calculador, demostrativo y estadístico, que al no ver resultados objetivos, ni actividades relevantes en el quehacer filosófico, constantemente se interroga ¿filosofía para qué? Una pregunta demasiado urgente de afrontar para quienes, desde las aulas, pretenden enseñar filosofía en un contexto demasiado adverso por el ambiente calculador y cuantitativo que domina cada vez más los ámbitos de la vida humana y que encierra poco a poco la labor filosófica en un callejón sin salida, en el que ingresó por las exigencias institucionales de adaptarse a las nuevas tendencias educativas regidas por procesos de especialización atomizante que inevitablemente toca y sigue tocando a todas las disciplinas de enseñanza universitaria, que se consideran perfectibles mediante la sola implantación de procesos de aprendizaje tecnificados y calculados desde encuadres pedagógico-didácticos.

La innovación y puesta en práctica de nuevos procesos de enseñanza basados en técnicas de desarrollo de “competencias” y “habilidades”, que se implantan en las universidades tienen una importancia y justificación en aquellas disciplinas que pretenden una especialización máxima y precisión exhaustiva en la manera de obtener y manejar los conocimientos que capaciten y desarrollen a los estudiantes en un campo específico. Sin embargo, en disciplinas como la filosofía, estos mismos procesos adolecen de justificación por la naturaleza compleja de la misma, ya que si se especifica la enseñanza, se impide la vinculación con la realidad de los estudiantes para que en actividad reflexiva hagan suyas las problemáticas sociales de mayor presencia y sean reflexionadas, a fin de proponer esquemas de replanteamiento que permitan un aminoramiento de las mismas.

La falta de vinculación que no alcanzan los actuales procesos de enseñanza filosófica, ha condicionado que la filosofía se disloque en dos ámbitos plenamente diferenciados e irreconciliables: la filosofía como enseñanza universitaria y la filosofía como actividad personal, que busca respuesta a las problemáticas acuciantes en un tiempo determinado. En el primer sentido, la filosofía verifica su cometido al cumplir las exigencias académicas actuales de transmitir conocimientos con enfoques didáctico-pedagógicos, aunque desde esta misma perspectiva se pierda la filosofía en el segundo sentido, al no alcanzar a plantear una dimensión comprensora de la realidad en su totalidad.

La separación entre el momento institucional de transmisión filosófica y el momento personal de filosofar, es uno de los determinantes que ha ocasionado la pérdida del sentido originante de esta disciplina en las universidades, y por tanto, de la aparición de argumentos en contra de su presencia. Así, en gran medida, debido a la implementación de procesos pedagógicos de corte reduccionista, hacen de la filosofía una actividad irrelevante, que no cumple con ninguna tarea primordial al quedar sujeta a un proceso de especialización académica reduccionista, donde lo más importante es la transmisión del ABC de la filosofía, si se quiere bajo el rubro de competencias y habilidades, que al final extinguen el sentido último de ésta disciplina.

La pérdida de sentido de la filosofía como actividad personal reflexiva, provoca que al hablar de esta disciplina en las universidades su importancia se reconozca solamente a nivel formal y que en la práctica se le quiera desaparecer por la comprobación diaria de la “inoperatividad” de la misma como ocurre en los recientes movimientos en contra de la filosofía que se generan en diversos países , por el seguimiento lineal de un proceso de enseñanza profesional como actividad real universitaria, y la inexistencia de un proceso de formación como actividad formal.

Profesionalización y formación la disyuntiva en las universidades

La “profesionalización” , como proceso único de enseñanza, es el objetivo principal básico que justifica la existencia actual de las universidades, si por esto se entiende la enseñanza de un conjunto de saberes y técnicas que desarrollen capacidades propias en los estudiantes con la pretensión de que a futuro, sirvan para el “mejoramiento y desarrollo de las sociedades”. Este objetivo tan amplio, se individualiza en cada uno de los estudiantes, porque al hacerlo suyo, adaptan el proceso general de enseñanza a su particular modo de vida mediante la resolución de sus necesidades específicas. Es así, que a nivel formal, el objetivo general e individual de la enseñanza universitaria se conjunta y complementa con el apoyo de las nuevas tendencias educativas para alcanzar de mejor modo la profesionalización de los estudiantes.

El estudiante va a la universidad primordialmente para profesionalizarse y para instalarse en […] la sociedad; el Estado y la sociedad favorecen el establecimiento de universidades para contar con los profesionales que necesitan, se trata por lo pronto, de una necesidad histórica, no intrínsecamente mala, pero sí radicalmente ambigua. La ambigüedad radica, precisamente, en el doble sentido de la profesionalización: la universidad, dada la sociedad en la que vive y los hombres que la frecuentan, debe preparar soluciones técnicas y preparar a quienes las apliquen .

La profesionalización, como función básica y principal de cualquier universidad, se justifica con transmitir un conjunto de saberes específicos basados en una experiencia técnica que se espera ayude al estudiante a obtener habilidades que pueda aplicar en “beneficio de su sociedad”. En este sentido, la profesionalización de la filosofía se cumple en las universidades como con cualquier otra disciplina al transmitir saberes específicos que se pretenden de utilidad para los estudiantes; pero, para la filosofía, mantenerse solamente en este ámbito conlleva a generar un quietismo intelectual, porque el objetivo fundamental de esta disciplina consiste en “hacerse cargo de la realidad”, donde se actualiza la reflexión para responder a los problemas acuciantes que se presentan.

Para superar este proceso restringido causante de conducir la filosofía a un descrédito, creemos es conveniente convertir la enseñanza filosófica en un proceso abierto y suelto de normas y técnicas pedagógico-didácticas, como sería la instauración de proceso de formación filosófica enfocado a la reflexión de las problemáticas sociales acuciantes.

Filosofía a la altura de los tiempos, la necesidad de la formación filosófica

A partir de la profesionalización filosófica como horizonte y objetivo primordial del quehacer de las universidades, se desprende una exigencia el caso específico de la filosofía, por abrir un proceso paralelo de formación filosófica, entendido como aquél proceso donde el estudiante haga suya problemáticamente “la realidad histórica”, su realidad histórica donde se actualiza la reflexión, utilizando para ello las diversas corrientes filosóficas que conforman el corpus académico de la enseñanza filosófica.

Para plantear este proceso de formación nos apegamos al pensamiento de Ignacio Ellacuría, quien desde una noción de filosofía y una perspectiva renovada del quehacer filosófico, declarará la urgencia por abrir un proceso de formación donde el estudiante enfrente y haga suya la realidad que se le presenta como problema. La realidad de cada uno de los estudiantes, es la principal problemática filosófica, donde se debe buscar ubicar todo lo transmitido durante el periodo de profesionalización, evitando seguir dogmáticamente los problemas recuperados desde el pasado, pues de hacerlo, se provoca la pérdida de la realidad concreta y por ello que la filosofía se convierta en un estudio histórico sin vinculación directa con el presente.

Bastantes docentes conciben todavía la docencia como aquello que espontáneamente tiene que ver con la transmisión de un saber. Ni siquiera se presta atención a la formación adecuada del alumno, mediante el cultivo de su capacidad crítica y creadora, mediante el logro de actitudes nuevas y el desarrollo de actitudes mejores. Se supone que la transmisión de un buen programa produce de por sí un profesional adecuado .

Conducir la profesionalización hacia un proceso de formación, no implica abrir nuevos procesos de enseñanza y aprendizaje, sino habilitar a los estudiantes en la reflexión, reconocimiento y resolución de problemas que hay en su entorno regional, nacional e internacional, apoyados en las construcciones teóricas de los distintos filósofos y auxiliados con la hermenéutica, la fenomenología, la ética, epistemología etc., comprendiendo que en este momento el ABC de la filosofía se convierte en la herramienta necesaria que permite pensar nuestra propia realidad histórica, sin permitir que la herramienta se convierta en el núcleo fundamental de la actividad filosófica, como podría parecer si solamente se considera el proceso de profesionalización como la actividad fundamental de la enseñanza de la filosofía en las universidades.

El proceso de formación se entiende como el horizonte que justifica la transmisión del compendio de filosofías y filósofos que forman, el ABC que se transmite en las aulas durante el periodo de permanencia en las universidades. Este horizonte es el para qué y el sentido que cobra en los estudiantes la información recibida, que tendría que ser conducida a un fin y objetivo específico, como lo es el enfrentamiento con la realidad, sin aceptar que la finalidad de la enseñanza sea la simple y llana memorización-repetitiva.

Pero la filosofía no debe contentarse con ser una función individual. Es la sociedad entera la que debe tener su propio filosofar. La sociedad necesita de la filosofía. Nuestra sociedad la necesita. […] tenemos que llegar a la convicción de que no sabemos y que la gente no sabe: ni siquiera sabemos qué es lo que tenemos que saber ni cómo lo tenemos que saber, por mucho que pretendan conocerlo los autores de la reforma educativa. Tenemos que llegar a la convicción de que se necesita un ingente esfuerzo por saber, pero por saber críticamente, por saber creativamente .

Para lograr la criticidad y aplicación de la enseñanza filosófica sin recurrir a las desgastadas propagandas pedagógico-didácticas tan en boga hoy en día, es necesario que se encause el estudio de la filosofía con una noción teórico-práctica que permita la unificación de las enseñanzas y las vincule con la realidad inmediata de los estudiantes, una de estas nociones, es la propuesta de Ellacuría: la realidad histórica que establece como objeto de estudio de la filosofía y como medida necesaria para superar las especulaciones sobre dimensiones y realidades ficticias impropias de la labor filosófica, que se adjudicaron a la misma y que la hicieron parecer una actividad sin conexión con este mundo.

es la realidad entera, asumida en el reino social de la libertad. Es la realidad mostrando sus más ricas virtualidades y posibilidades, aún en estado dinámico de desarrollo, pero ya alcanzado el nivel cualitativo metafísico desde el cual la realidad va a seguir dando de sí, pero ya desde el mismo subsuelo de la realidad histórica y sin dejar de ser intramundanamente realidad histórica. En efecto, la realidad histórica, ante todo, engloba todo otro tipo de realidad: no hay realidad histórica sin realidad puramente material, sin realidad biológica, sin realidad personal, y sin realidad social.

Por “realidad histórica” se entiende la totalidad de la realidad como se da unitariamente en su forma cualitativa más alta y esa forma de realidad específica es la historia, donde se nos da no sólo la forma más alta de realidad, sino el campo abierto de las máximas posibilidades de lo real. No la historia solamente, sino la realidad histórica .

El encausamiento teórico-práctico de la enseñanza y formación filosófica a través del enfrentamiento intelectual con la realidad histórica como horizonte unificador, representa una posibilidad para que la enseñanza de la filosofía en las universidades supere la permanencia en un sólo proceso de profesionalización, ante la exigencia de vincular el saber teórico con los problemas sociales más apremiantes que requieren ser pensados y analizados desde una perspectiva filosófica-fundamental, para que conjuntamente con las demás ciencias, se permita plantear esquemas de mayor consistencia para la interpretación de la vida humana, que de no proyectarse así, seguirá permitiendo que el proceso de profesionalización desplace la formación filosófica y por extensión, que la filosofía siga siendo criticada como una disciplina sin ninguna ocupación real y sí soñadora de mundos irrealizables.

Por ello se necesita también la filosofía en su dimensión constructiva y sistemática. Pero que no sea importada y repetitiva. No es bueno ni posible el aislacionismo cultural, pero tampoco es buena la mera petición de teorías importadas, que se imponen dominantemente a quienes están indefensos contra ellas. Un pensar importado que se tome como representación cabal de la propia realidad o como receta de acción política es, para el caso, una pura ideología, que puede tener ventajas inmediatas y práctica, pero que, a la larga, lleva a la propia despersonalización y a la propia deshistorización. La filosofía y la ciencia, condensadas en recetas, se convierten inmediatamente en catecismos insatisfactorios .

La importancia de abrir un proceso individualizante y particular que se compagine con el proceso de profesionalización, radica en que la filosofía no nace de un proceso de asimilación, sino por un proceso de problematización, si comprendemos que lo históricamente llamado filosofía es una respuesta racional-reflexiva a los problemas sociales, culturales y epistemológicos de un tiempo específico.

El olvido de este espíritu originante en la enseñanza de la filosofía es la causa principal de que la filosofía ingrese en un proceso de especialización atomizante, donde no se logra conectar lo aprendido con la realidad personal y social, generando las críticas que la colocan como una especulación de mundos ideales, mientras la realidad concreta se escapa de las manos, exigiendo la desaparición de la filosofía, lo que se aceptaría sin más, si en verdad no hubiese mayores formas de hacer filosofía que la simple profesionalización.

En conclusión, la formación filosófica como complemento de la profesionalización permitiría conjuntar la enseñanza histórica de la filosofía con la reflexión de los problemas acuciantes de cada una de las sociedades. Sin esta vinculación la enseñanza de la filosofía, aun con las mejores técnicas pedagógicas y didácticas, seguirá siendo una empresa estéril, que deja fuera el espíritu que diera origen a esta actividad racional: hacerse cargo de la realidad.

Referencias

Ellacuría Ignacio, Filosofía de la realidad histórica, El Salvador, Universidad Centro Americana, 1999, 606 p.
______________, Escritos universitarios, El Salvador, Universidad Centro Americana, 1999, 306 p.
______________, ¿Filosofía para qué?, El Salvador, Universidad Centro Americana, 2003, 14 p.
Rawls, John, Liberalismo político, Fondo de Cultura Económica, 2003, 404 p.

Escritor: Mtro. José Antonio Mondragón

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