GEOGRAFIA Y RELIGION

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Es evidente que toda actividad y conducta humana que se realiza sobre la faz del planeta tierra tiene un componente espacial implícito. Desde el emplazamiento de una fábrica, hasta el simple desplazamiento de una persona requieren el uso de este recurso. Hechos como los anteriores, con una clara incidencia directa sobre el espacio, suponen la apropiación y “humanización” de determinado territorio, con las posteriores consecuencias sobre el mismo. La religión no es excepción a esta regla geográfica, por el contrario, ha sido un actor importante de configuración espacial en muchos países – principalmente los de creencias árabes – de nuestro planeta.

A lo largo de la historia varios geógrafos se han interesado en estudiar la relación espacio – religión. Uno de los primeros fue Ptolomeo, quien describe no solo aspectos físicos de la tierra, sino también costumbres y formas de vida de los habitantes de determinadas regiones. Otro ejemplo lo encontramos con Vicentius y su obra “Espejo de la Naturaleza”, donde a partir de una cronología de la creación del mundo, se deja ver como el espacio responde a un orden: divino, perfecto, de servicio a Dios y al ser humano. Tal interés es muchos más evidente a principios de la edad media donde la geografía se impregna del teocentrismo reinante y parece ponerse al servicio de la religión, en este caso, católica. Las descripciones y mapas entonces tendrán un doble sentido: a) descubrir las obras maravillosas de Dios a través de la exploración de los lugares desconocidos de la tierra, y , b) servir a la causa evangelizadora de los pueblos.

Con la reforma dicha tendencia es obligada a mutar, pues desde esta perspectiva la tierra era más que una manifestación divina del poder de Dios. Al hacer pública la corrupción que vivía la iglesia Católica en ese entonces – que es el principal motivo de la reforma -, Lutero y Calvino, generan un despertar espiritual de millones de feligreses en Europa. Ese despertar implica reorientar ciertas prácticas y doctrinas religiosas contrarias a lo establecido en la Biblia, y por consiguiente, una afectación a la legitimidad e institucionalidad de la iglesia.

En este contexto, la geografía adquiere mayor independencia; con esa visión más integradora el campo de análisis antes reducido a la doctrina católica, se ensancha a comprender otras formas de fe. Ahora la geografía de las religiones responde no a los intereses de una denominación, sino a los de una sociedad con una mente abierta e interesada en conocer nuevas formas de ver el mundo. Es aquí donde la influencia de la religión sobre el uso del espacio se hace más notoria.

Una comparación entre los modelos de ocupación del espacio urbano permite comprender mejor la anterior afirmación. En el caso de los países donde la población mayoritariamente profesa el islam, el modelo de ocupación es espontaneo, es decir, que no obedece a ningún orden; con calles estrechas, tortuosas y que desaparecen de manera abrupta, casas compactas con pequeños patios y terrazas en la parte alta, cuya morfología urbana carece de la estética de la ciudad occidental. Por el contrario, el modelo de ocupación en los países católicos se caracteriza por el orden. Responde a un proceso de planificación donde cada aspecto del mobiliario tiene un espacio determinado, y la iglesia, ocupa un lugar destacado dentro de la ciudad. Si bien, el proceso de apropiación del espacio es diferente hay un tema en torno al cual existe consenso.

Respecto de sus templos y mezquitas, católicos e islámicos comparten un sentimiento que va más allá de considerar esa porción de tierra donde se afirmar la fe y la institucionalidad. Ambos saben que no es el espacio habitual lleno de elementos seculares, sino que por el contrario, en él se encuentran los elementos con los cuales se rinde culto a una o varias deidades. Aquí se deja de lado lo visible y concreto para entrar en lo semántico, en una cosmovisión del espacio donde adquiere un valor existencial, evocativo y significativo. Nace así el espacio sagrado.

Conclusión.

La religión entendida como un sistema de creencias acerca de un ser superior, implica comprender una seria de ideas doctrinales que afectan al ser humano, y por tanto, que tienen incidencia sobre el uso del territorio en el cual vive.

Por: Jairo Antonio Cerón Díaz

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