La educación, una Vía Democrática…

Vivimos en un momento complejo y acelerado, en un siglo nuevo diferente e indiferente, en un mundo conducido por el afán de acumulación económica liderado por sectores minoritarios de la sociedad, que sin ninguna consideración se aseguran todo tipo de privilegios, mientras las grandes mayorías de la humanidad se debaten en la ignorancia y la precariedad de sus posibilidades de superviviencia; estas élites en el poder, se han valido de falsas políticas que solo buscan enriquecer sus bolsillos generando todo tipo de desigualdades. Es desde esta tópica que considero impostergable emprender la edificación, desde la ética, de escuelas incluyentes, cuyos espacios posibiliten el reconocimiento del derecho, la vida comunitaria, la construcción de una cultura basada en la identidad con los otros.

Esta “Escuela incluyente” es una esperanza y una alternativa para educar los patrones de conducta desde una mirada social, cultural, humana, política y sobre todo desde la justicia y la igualdad, que se impongan a toda elaboración ideológica. Esta pedagogía ético-inclusiva, empieza enseñando a aceptar las diferencias, a disfrutar de la diversidad y promoviendo el trato equitativo de cada infante y de cada ciudadano. Este proceso debe orientarse a mitigar y/o minimizar las fronteras estereotipadas y prejuicios para que todos nuestros niños, todas nuestras niñas, jóvenes y adultos participen sin importar sus diferencias generacionales, sus tendencias sexuales, sus características físicas, mentales, estratos sociales, entre otras. Esto es proteger la diversidad para salvaguardar la “Vida Democrática”.

Hoy más que ayer se emplea el término de “Transformación”, Transformación que connota lo espiritual, lo social, lo profesional, lo contextual; desde este vocablo exuberante, semánticamente hablando, por su riqueza lingüística, me detendré en un lugar poético, alegre y sensible para pensar qué estamos haciendo de La Educación, qué queremos o esperamos de ella.

A pesar de las dudas y del escepticismo que caracterizan al hombre de hoy, cabe afirmar que es factible generar condiciones de cambio y mejoramiento para abrirse al mundo, entendiendo que los otros tienen un lugar en mi existencia en cuanto comparten un contexto que requiere de una intervención y transformación colectiva. Dicho de otro modo, donde la educación implica un camino de pertenencia y empoderamiento de la vida y por ello posibilita a todos y cada uno de los sujetos el asumirse como creadores y actores de su propia obra teatral, en donde la puesta en escena haga posible participar de manera compartida, solidaria, reflexiva, comprensiva, democrática y ética. Descubro que este último elemento, la ética, le impregna a la educación unos matices de respeto, dignidad, responsabilidad y afectividad, hasta convertirla en una herramienta de formación de seres humanos transformadores de vida.

En la historicidad humana y hoy más que nunca, la ética juega un papel crucial en nuestras vidas, por ser esta la juez de nuestra conciencia en el proceso de realización como personas. Así que en el transcurso de la historia, quienes han controlado el poder en el sistema educativo se han aprovechado de la ignorancia, de los pueblos dominados, explotando e imponiendo la moral dominante mediante unas “políticas públicas educativas” amparadas en la “igualdad, la justicia y la paz”. Estos no son más que meros sofismas articulados a la única intención de imponer y defender sus sagrados y propios intereses, despojando a sus “prójimos” de los bienes sociales y del trabajo, transformando a los seres humanos en una sociedad subyugada. Esto es muestra fehaciente de las malas acciones, de la inmoralidad de una democracia inerte y estéril.

Desde esta premisa, debemos pensar en la educación desde un enfoque transformador que nos convoque a formatear los sistemas educativos infectados por la segregación, propiciar la búsqueda y desarrollar estrategias, metodologías y espacios incluyentes que propendan por una Educación Real y Práctica para todos y todas. Esto quiere decir, que como Maestros debemos identificarnos y comprometernos con nuestra responsabilidad social, ética y moral para que los comportamientos, actitudes y conductas se vean reflejadas por La Autoridad Moral, Civil y Profesional. Y desde ahí, transmitir valores a través del ejemplo.

En mi opinión, la educación no nace, sino más bien se construye y evoluciona conforme las demandas sociales y necesidades culturales, ¿Qué piensan ustedes? ¿Creen que la educación es o no inherente a los seres humanos? ¿Es ella quien debe adecuarse a la naturaleza humana o somos los individuos quienes estamos en función de ella? En este sentido, hay que construir un escenario o ambiente propicio en el cual se pueda alcanzar la plenitud como causa de la felicidad. Es fundamental exhumar la democracia para “liberar” y rescatar todos aquellos valores éticos que se enterraron en el desvarío de las ambiciones desmedidas de riqueza, de poder y fama; es necesario retomar las conductas que contribuyan a la moralización del medio en que actúan, para aprender a vivir y convivir en sociedad y afirmando desde la acción que el asunto del otro me concierne. Accedo por esta vía a entender que a través de la responsabilidad intransferible que tengo frente a la construcción de una nueva sociedad, se me otorga el derecho a ser, puesto que no hay derecho sin deber.

Acercándome ya a la conclusión de estas reflexiones que he propuesto a la manera de un “alto en el camino”, necesario para no perder de vista la Educación en su complejidad, quiero expresar, si me lo permiten, somos partes constitutivas de la especie más desarrollada y ello nos convoca a que afloren nuevas visiones y principios fundamentales para reconfigurar el pensamiento y la condición humana. Y acudiendo a la generosidad de los lectores que me han acompañado en esta disquisición, quiero plantearles lo siguiente: ¿Es el ambiente escolar o de aprendizaje, el escenario más pertinente para configurar el pensamiento humano y construir una vida democrática?.

Escritor: Gustavo Cuesta Palacios

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