LA GIRA MUNDIAL

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Kenichi Ohmae es uno de los estrategas de negocios y corporativos más destacados del mundo, es autor de más de 100 libros, entre los que se cuentan The Mind of the Strategist, The Borderless World, The End of the Nation State y The Invisible Continent, entre otros. Comienza su capítulo haciendo referencia a una presentación artística denominada Riverdance y la popularidad que esta ha alcanzado en su gira por varios países. Con este ejemplo lo que hace es una metáfora para explicar lo que significa la economía global, pues como en este grupo de danza irlandés es importante la participación de varios artistas y se trata aquí de aprovechar su talento, no de sectorizar el espectáculo, así ocurre con las economías emergentes que logran tener participación y reconocimiento a nivel mundial: ofrecen por un lado, un espectáculo único, por el otro, una gama de posibilidades, atractivas y necesarias para otros mercados.

Aunque este es un grupo irlandés, su principal bailarín es australiano, incluye también artistas de Estados Unidos, España, Rusia y Kazajistán y el mayor respaldo financiero proviene de Estados Unidos. La economía mundial es igualmente un amplio escenario y para ello el autor ilustra, a través de tres ejemplos, economías independientes del Estado que surgen rebasando sus fronteras, mostrándole al mundo su capacidad tecnológica y su inventiva.

Comienza su descripción con la ciudad de Dalian en China, que por su posición cerca al mar y su clima favorable logró desarrollar el comercio como una de sus actividades. Una ciudad con un paisaje rico en colinas, valles, bosques y yacimientos de hierro y hulla, tuvo en principio un puerto que sirvió como centro de distribución al noreste de este país, pero no fue una actividad importante hasta que se combinó la producción de acero, productos químicos y partes para maquinaria con nuevas empresas de servicios y de tecnología. Además de abrir centros de estudio, capacitar personal y ofrecer servicio técnico calificado.

El segundo ejemplo tiene que ver con Irlanda. Después de haber obtenido su independencia en 1922, se convirtió en un país agrícola que por tener una posición geográfica de difícil acceso no fue llamativo para la inversión industrial. Mucho tiempo fue así y fue más la gente nativa que emigro, que el extranjero que allí se radicó. Las personas de mejor educación también se fueron. Después, regresaron los que afuera tuvieron otra perspectiva del desarrollo y comenzaron a darle un viro a su posición en Europa.

No ofrecieron una gran industria en el sentido de un cúmulo de fábricas, pero sí invirtieron en el sector de la tecnología de la información, preparando a la población y mejorando las telecomunicaciones. Vendieron servicios financieros a distintos países, lo que obligó a sus trabajadores y habitantes a hablar inglés para dialogar con extranjeros. Consecuencia de esto, el país es ahora más turístico y comercial, también vinculan a sus empresas personas extranjeras que hablen otras lenguas, necesarias en sus relaciones comerciales, convirtiendo su economía en una actividad abierta al cambio y a las oportunidades.

El tercer caso, tiene que ver con Finlandia. Ubicada en la periferia de Europa, cuenta con bosques abundantes, con suelos congelados y ríos de aguas rápidas. Su complejo paisaje la mantuvo alejada de las rutas comerciales. A pesar de esto, durante el siglo XX invirtió en investigación y desarrollo, adquiriendo un fuerte endeudamiento en la introducción de un sistema educativo de alta calidad. No obstante, la inversión dio sus frutos, cuando apareció sobre las tablas Nokia y Sonera dos multinacionales de las telecomunicaciones, sin contar con que el desarrollo de ingenierías de Software como Linux o SSH, les abrió un espacio en el escenario mundial.

Después de estos tres ejemplos de economías con pensamiento global en el que los límites son difusos, no se ve el dinero pero se manejan las transacciones; en donde la cibernética ha hecho posible una comunicación mucho más rápida y los acuerdos hacen la producción también más eficiente; en donde la innovación es un producto en el mercado que ya no corresponde a un solo país, sino que cuenta con el capital humano, material y económico de varios, el autor propone cuatro factores de negocios que no tienen fronteras: las comunicaciones, el capital, las corporaciones y los consumidores, desde los cuales critica las economías que no han logrado insertarse en el concepto de globalidad, por no entender esa lógica.

Califica de obsoleto el concepto de Estado-nación como un obstáculo que intenta regular o centralizar la economía en una misma perspectiva, en cambio de hacer posible la diversidad, la autonomía de desarrollo, no concentrado en el país solamente, sino que mire hacia afuera y en dirección a ello desestructure sus finanzas tradicionales, busque relaciones con otros países, tenga la inventiva para lograr la mirada de otros y se convierta en una actor también de la escena.

La revolución cibernética juega un papel trascendental en todo este asunto, porque al romper fronteras en las comunicaciones se han podido destruir límites físicos y hacer cada vez más frecuente las relaciones entre economías, más que entre Estados. Cierra su escrito diciendo que para aprovechar el capital de los países desarrollados debe innovarse, crearse necesidades, suplir servicios, encontrar el truco para aparecer y ser reconocido. “Por el contrario, si su lógica o sus sistemas no están en sintonía con la economía global, las 4C: comunicaciones, el capital, las corporaciones y los consumidores se evaporarán, y usted perderá la oportunidad de ser un actor en el escenario global”.

La visión que sustenta el autor, propone una mirada crítica a economías que como la nuestra no están capacitadas para entrar en el mercado global, por varias razones. Vender el capital humano a empresas extranjeras no significa aprovechar la inversión, pues no se incentiva la necesidad de quedarse o de generar intercambios de conocimiento; se explotan los recursos naturales o se publicita el paisaje, pero no se crea una fuente de ingresos permanente que mejore las condiciones de vida para los habitantes de una nación. En nuestro caso, no hemos logrado entender que una vez creado un producto autóctono, el turismo será una consecuencia, un valor agregado, no un fin de la economía, como se ha mostrado a través de los medios de comunicación.

No estamos listos para entrar en el mercado mundial y la apertura de fronteras para nosotros ha significado más pobreza e imposibilidad de competir con empresas extranjeras. El no poder ofrecer manufactura de menor costo ha socavado las empresas nacionales, sobre todo las pequeñas, depredadas por los más fuertes, que cuentan con alianzas que las favorecen. Es necesario pensar cómo retar la economía global frente a la cual no podemos cerrar los ojos, pero habría que utilizar el recurso que ha hecho poderosas a otras naciones: el conocimiento, más allá de los productos agrícolas o el turismo con los que intentamos competir y que esas mismas economías abandonaron hace tiempo.

Escritor: Ángela Patricia Domínguez E.

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