LA INDETERMINACIÓN DE LA DEMOCRACIA:

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La democracia es en esencia el ámbito de la decisión preservado por la discordia; y la política acaece en el espacio de indeterminación que se apertura en lo humano. La democracia es el espacio de autoinstitución política acaecido por la participación que conlleva la apertura de lo público. En una democracia genuina el orden jurídico brota de la capacidad autónoma de quienes participan en lo público.

Cuando se cercena esta capacidad y la ley se gesta de forma extrínseca a los participantes de la colectividad la democracia perece. Si esto ocurre el ámbito de decisión colectiva se opaca y genera un orden político subsidiario del concepto de poder como dominación. Este hecho hace del poder un valor en sí mismo que deviene, en los casos más palpables, en poder dictatorial. La dictadura como término contrapuesto a democracia es el predominio del unanimismo sobre la discordia. Este ensayo vislumbra la naturaleza de la democracia como creación dinámica inmanente y toma distancia de la concepción de la democracia como valor extrínseco metafísico; y señala la precariedad democrática de la modernidad política que oculta la fuerza de la democracia del albor del pensar occidental.

Los griegos presocráticos aceptaron la dualidad de caos y cosmos, experimentaron el ser como discordia, más es Platón quien se encarga de llevar a su final el destello del mundo griego. Su asimilación entre el ser y el bien se constituye en fuente del carácter entitativo del mundo sensible. Así Platón en su diálogo El Político funda la política fuera de la asamblea de los hombres libres ya que el propio ser humano no es capaz de autogobernarse, es el dios (Cronos) que gobierna las cosas que conciernen a los hombres. La idea heterónoma de la política, por tanto, toma fuerza desde Platón y el concepto de democracia se extrapola al concepto del bien. Dado que, el bien se constituye en un principio trascendente, la ley no emana de la capacidad creadora del hombre puesto que el orden legislativo se comporta de acuerdo a la idea que reina en el plano suprasensible. La democracia se realiza, por el contrario, cuando el ser humano puede constituir por sí mismo su propia legislación al derribar todo idealismo e incluir razón y sensibilidad en su esfera jurídica. Cornelius Castoriaidis se adhiere a la concepción griega de que la democracia es el régimen de la autolimitación, el régimen de la autonomía (1988). De modo que, el pensamiento político occidental es continuación de la pólis griega (1988, 97), más Grecia es ¨germen¨ del pensamiento y no necesariamente conforma un modelo político inmutable. La historia es esencialmente creación y quien la realiza, el ser humano, es autónomo para lograr esta creación fuera de todo principio rector que conduzca su creatividad.

Empero, el principio rector, la Idea, ha conducido la actuación y la producción humana incluso en el ámbito legislativo. Por ello, ¨la historia grecooccidental puede interpretarse como la historia de la lucha entre autonomía y heteronomía¨ (102). Con todo, juzgar y decidir se crearon en el Mundo Antiguo, éste es el carácter particular de la creación de la política y de la filosofía en Grecia (112). Si el ser humano no puede crear un orden no habría política, y si el conocimiento se guiará por la certeza sería imposible la democracia ya que esta supone que todos los ciudadanos poseen su propia doxa y que ¨nadie posee la episteme de las cosas políticas¨ (116). La autonomía, sin embargo, es posible si la comunidad se reconoce a sí misma como fuente de sus normas. Esta es una demanda propia del ser humano en su acaecer histórico. Los miembros de una comunidad política deben darse su ley. Este aspecto lo carecen quienes padecen un orden político heterónomo instaurado en las democracias amparadas en el concepto del bien común y en las dictaduras apoyadas en un poder monocrático autoconferido como fuente absoluta de la voluntad popular. En los regímenes dictatoriales, la pérdida de la autonomía es fácilmente palpable.

Los súbditos del dictador reconocen en su gobernante la voluntad popular, e incluso proclaman en su autoritarismo su propia libertad y demandan de él el poder que ellos mismos no pueden generar. Aún más, la extinción de la democracia puede hacerse patente en contextos no propiamente dictatoriales. No obstante, la falencia en la instauración de la democracia no radica en quien se toma el poder y conduce arbitrariamente los destinos de un pueblo o en quien violenta la capacidad de autogobierno de los miembros de una determinada comunidad. La falencia no está en quien impone la norma sino en quien acepta el orden heterónomo. La democracia moderna a contrafase de la concepción democrática esbozada por Castoriadis defiende un principio trascendente que determina todo procedimiento ético y, por tanto, jurídico.

Nietzsche critica la democracia así entendida puesto que es una forma política comprendida como una aeterna veritas. La democracia no es algo dinámico y contingente sino estático y necesario por lo que restringe todo perspectivismo y bloquea todo ámbito de interpretación. La democracia exalta el instinto gregario que suprime todos los demás instintos (2000, 145). Por ello, es propia de la moral del rebaño. La alternativa a este ¨movimiento¨ es devenir otro en el ultrahombre en un juego de simulaciones. Pensar la democracia implica experimentar la discordia de lo contingente.

En suma, la democracia no tiene lugar sino en la asamblea de los hombres libres que gozan de capacidad de discernimiento político, nunca en un principio trascendente que instaure derecho divino, natural o racional. La democracia implica devenir en una metafísica que instaure nuevas formas de poder y piense el poder mismo como relación y ya no como dominación. Las relaciones de poder son inmanentes a todo tipo de relación (Focault 1979) De ahí que, un concepto de autoridad bajo la fuerza de un poder heterónomo no tenga ningún tipo de validez.

Si la ley no está dada por un principio absoluto, saber que es la ¨buena institución¨ se convierte en un interrogación sin fin (Castoriadis 1988, 124) La democracia es, por tanto, esta inagotable interrogación que tiene lugar en la indeterminación a partir de la cual es posible decidir aquello que constituye justamente el carácter cuestionable de la pregunta por la democracia. Ésta no es otra cosa que el preguntar mismo que preserva la asamblea de los seres libres. La democracia es la protección de la discordia esencial que fue pensada antes de Platón y que hizo posible departir en común unidad el espacio de lo público.

Escritor: Cesar Emilio Sierra Blanco

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